antonio pérez morte |
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Ni siquiera atreverse a vivir borra el pasado. (De Huellas / poesía, por ejemplo / oráculo manual / madrid 1998) Hoy era día de ir al cementerio y comer huesos de santo: ¡Hoy era día de escarbar en el recuerdo para endulzarlo! La marca de las huellas en los espesos labios de la muerte es una cuestión de identidad / o de mala ubicuidad que divide pueblos y forma naciones de ataúdes. Era otro tiempo, un tiempo de radio y televisión en blanco y negro. Un tiempo en el que los niños andábamos disfrazados de hombres pequeños, comiendo pipas, chufas secas, regaliz de palo... Era otro tiempo y en él, casi todos los practicantes se llamaban Manolo, como Manolo Lafuente el practicante de Zuera. Cuando Manolo llegaba a casa, para inyectarnos los antibióticos, los críos salíamos pidiendo frenos, en desbandada, despavoridos, para ocultarnos debajo de cualquier cama, preferiblemente cualquiera que no fuese la nuestra. Mientras se llevaba a cabo el ceremonioso, riguroso y lento ritual de hervir agujas y las jeringuillas, escuchábamos la conversación siempre amiga de Manolo con nuestros padres. Luego y no sin esfuerzo, entre los tres conseguían sacarnos de nuestro escondrijo y convencernos para que estuviésemos quietos el tiempo justo que duraba el punchazico. Al marchar, nuestra madre nos hacía pedirle perdón a Manolo, por habernos portado mal y Manolo se reía: ¿Verdad que no os he hecho mal? ¿Verdad que no? Otras veces, acudíamos a la peluquería que Manolo regentaba junto con su hermano Julio en la calle Mayor de Zuera, y que durante muchísimos años fue lugar de encuentro y charla para multitud de zufarienses: Allí recuerdo haber visto por primera vez a Mariano Constante (siendo yo, apenas un niño), contando, pormenorizadamente las atrocidades sufridas en el campo de esterminio nazi de Mauthausen; otras veces Julio contaba las anécdotas más inverosímiles y divertidas aderezándolas con sobradas dotes histriónicas. La última inyección que Manolo me puso en el pequeño reservado de la peluquería, ya era mayor y recuerdo todavía su cara de chufla incontenible. Me dijo: Toño, voy a premiarte por haberte portado tan bien y no haber llorado. Te gusta la poesía ¿verdad? Pues escucha este poema tan precioso que me enseño mi padre... "¡A las dos de la mañana le cogieron a mi padre, le cogieron los civiles, a las dos de la mañana le soltaron a mi padre, le soltaron los civiles, le soltaron un guantazo en mitad de las narices!" Nunca había oído nada tan malo, divertido y contundente como esos versos, en la engolada voz de Manolo. Pocas veces creo haberme reído tanto y tan a gusto como entonces. Otras veces he llorado con él. Hoy, en su adiós definitivo, lo hago solo, completamente solo, porque ya soy valiente. Luna roja y en la radio la precisa melodía proyecta tus arpegios endiablados viejo Jim Morrison. Arqueas la cintura, la sensualidad de tus labios y entre filtros de peyote y vasos de aguardiente te diriges peligrosamente hacia el fin, -enciendes el cigarro, alzas la copa de vino y brindas por ti, por Blake Artaud, tus oscuros fantasmas- la mirada extraviada, el seco gemido, nadie entiende el descarnado alarido que parte el cielo en pedazos. La muerte traidora danzando sobre tu cuerpo, la soledad desnuda en medio del escenario, el baile indio, el suicidio anunciado, entregando en cada concierto tu más rotunda agonía, rey de los lagartos. El poeta peruano Leo Zelada, miembro fundador del mítico grupo Neón de poesía, volverá a España la próxima semana, para continuar la promoción de las últimas ediciones de la Editorial Lord Byron: Poéticas desde la Postmodernidad, y 10ª y 11ª Entregas de la antología Nueva Poesía Hispanoamericana. Zelada, que permanecerá por espacio de unos meses en nuestro país, tiene previsto realizar, entre otros, los actos de presentación de ambas obras en Madrid; además, coordinará, asimismo, eventos similares que tendrán lugar en ciudades europeas como París y Berlín, a comienzos del próximo año. He amado todo lo que he tocado, hasta romperme: me he posado sobre la vida de puntillas como las mariposas, hasta hacerme gusano, pero seguimos siendo monos enfermos de soledad cósmica, hambrientos de amor y de cariño. Soy un superviviente de las guerras del siglo XX. Un loco tierno, un incendiario. Yo seré tu lienzo y tú mi pincel, tu serás mi tela y yo tu aguafuerte. Me queda la energía lunar de tus abrazos. Haz de mi cariño una obra de arte. Soy un hombre que quería olvidarse cuando amaba, que amando sin orgullo se quiso comprender y gozar, gozar de la luz interior. El fuego me acompaña, y voy como Dionisos rebautizando estrellas mientras los troncos olorosos de los pinos me entregan al reposo en cualquier fonda. No estoy sólo en el mundo, la tristeza es un virus extraño y yo vivo en la casa de la necesidad. Sé que el amor se parece a la muerte. No estoy solo en el mundo. No estoy solo. (Incluido en el C.D. Amor entre las cuerdas, Coda, 2005) Retiro los ojos de la pantalla. Miro lejos, la blancura de las montañas, el azul del cielo. Cuesta regresar, pero vuelvo en un par de minutos, para leer un poema de cualquier ángel amigo, de cualquier diablo bueno, y paladeo con yerbas cada verso: Este era mi almuerzo. ¿Y si mentir no fuera vil ni tan siquiera grave, y no encerrara fatales consecuencias o no fuese irremediable ni supiese a pólvora; y si mentir no dejase marchitos los jardines ni congelara el manantial sagrado del hombre y de sus sueños; y si después de todo mentir no fuera malo sino sólo difícil? (De Métodos de la noche, Madrid, Hiperión 1998) Ella es la sacrílega. Comió carroña para poblar de desesperación el balbuceo entretejido de aquel viejo fantasma. Ahora traga trozos de espejo (pequeñas dinastías cenicientas), de un solo soplo los traga. Deberás contemplar mi casa cubierta de muecas y de almizcle, aun con estas manos. ¿Qué Genésis me balanceó en este olejae, precipitándome a la desobediente procesión del peligro? ¡Palabras en mi clausura, en mi credo inicial, en mi adagio de carne por las sombras del mundo, separando el duelo de todo porvenir con su antorcha llameante, con su trapo de sed y su reguero vampiro! En la moneda, raspas tu tajo: entonces avanzo con risa de esplendor por esta selva de águilas y me corono. (Incluido en la Séptima Edición de la Antología Nueva Poesía Hispanoamericana, Lord Byron Ediciones, Diciembre de 2004) Abel, mi primer maestro, me inculcó el amor por la poesía y marchó dejándome, bien inoculado, el germen de esta enfermedad crónica, cuyos síntomas no desaparecerán jamás. Desde entonces he buscado en vano y he descubierto que no hay tratamiento mejor que el veneno: soluciones en prosa, inyecciones de versos... Leo y releo prospectos sin caducidad de mis amigos eternos, Luciano y Guilllermo, y reabro con urgencia un libro de Leopoldo de Luis: Con los cinco sentidos. Ha llegado el sabor de las sopas de ajo en el amanecer de los presidios. Por la tristeza de las galerías hay un rumor de pies y de bocas hambrientas hacia los patios de las formaciones. De negros pozos sube el vaho fétido. El sabor de la sopa en cada lengua como una comunión sacrílega. Revuelve los estómagos sucios. A esto sabe el rencor de los otros y la sangre perdida. Es el sabor de la denuncia. Es el sabor del miedo y la derrota. No es un espejo el alba macilenta por la tierra entre llanos que aún cuartea la helada. No nos vemos el hueco de la boca hacia el sabor del odio digo el de sopas de ajo entre fusiles. (Del poemario Con los cinco sentidos, Colección Fuendetodos, Zaragoza, 1970) Lo advertí aquí, hace más de tres semanas: Había indicios. Se sabía que Daniel Gascón maquinaba en la sombra un nuevo golpe. Se sabía, también, que el comisario Usón andaba al acecho. Hoy se ha destapado el enigma: ¡Pregúntale a tu librero! Si cupiera la vida en un poema, si en pequeños pedazos me cupiera, como cupo tantas veces la tristeza en la cuadrícula menuda de una agenda, los añicos más hermosos tomaría para limar con mimo y sin pereza, sus aristas afiladas por ámbitos perdidos, nombres lejanos y olvidadas fechas. Si cupiera la vida en un poema, si en pequeños pedazos me cupiera, como cupo anteayer tanta esperanza, tomaría la tinta que eligieras, para rimar de otro color tus días grises. Si cupiera la vida en un poema, si en pequeños pedazos me cupiera, como cupo a menudo la nostalgia. Si cupiera vivir antes que nada, tomaría el amor que tú nos diste, tomaría al amor que ayer perdiste, para forjar unos versos que vivieras. ¡Si cupiera tanta vida en un poema! (Poema incluido en la undécina edición de la antología Nueva Poesía Hispanoamericana, Lord Byron Ediciones, Noviembre de 2005) Será el otoño, la caída de la hoja y de la tarde, la crecida del verso... No lo sé, pero ando desmadejado sin saber muy bien por qué. No me gusta nada este paisaje, cada vez más gris, así que, descreído de tanto médico, he pedido ayuda a mis amigos pintores: Santiago Arranz, José Luis Cano y Francisco Arroyo Ceballos, para ver si a través de sus obras me contagian energía: Caminan rebosantes de actividad y proyectos hacia el invierno, sin tregua para el desánimo, mientras yo me detengo para contemplar sus cuadros e intentar descansar. |