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Antonio Pérez Morte

Diario

Desayuno

Desayuno

 

Desayuno con el último informe de Amnistía Internacional y ceno con Jon Sistiaga y su reportaje "Presos humillados, presos olvidados" en la Cuatro.  Vuelvo a caminar con los ojos abiertos, pero no tengo tiempo ni fuerzas para más: Lo siento.

 

BUSCAR LA POESÍA...

BUSCAR LA POESÍA...

 

Buscas la poesía en las cosas cotidianas de un nuevo día como Eloy Sánchez Rosillo,  y  la encuentras al unir tus dedos a los dedos diminutos de tu hijo pequeño  para dibujar a cuatro manos;  al pasear en bicicleta durante  la tarde del sábado, a su lado; al escuchar el maravilloso nuevo trabajo del gran Pablo Guerrero, que te confiesa en la fría mañana del domingo, que es feliz, que se siente feliz, y que su felicidad se acrecienta cuando le dices que sus nuevas canciones, te están haciendo tanto bien como el tratamiento: Su voz cálida  me relaja y  me libera del estrés... 

Buscas la poesía junto a otro Pablo, tu hijo, a quien arrancas del ordenador o de la Play  para poner el árbol de Navidad y el Belén, y que parece que ultimamente disfruta más con los juegos de Fernando Alonso o de  los Sims...              

Buscas la poesía en  las páginas de  El fumador pasivo  de Daniel Gascón, pero no hace falta, porque la poesía y la lucidez brota a cada paso, por sorpresa, sin previo aviso, en la última obra del joven escritor aragonés...    

Buscas la poesía  navegando  por  la Red y la atrapas  en los nuevos enlaces de esta página para compartir: ¡Que disfrutéis de ellos! 

Las preguntas de Juan

Las preguntas de Juan

Juan, mi zurdito pequeño, es una esponja que se empapa de todo cuanto acontece a su alrededor. Anoche, sin saber muy bien por qué, tenía miedo y se pasó a nuestra cama.  Hoy al despertar me ha mirado fijamente y me ha preguntado:  Papa ¿adónde estuví yo, antes de estar, de feto, nueve meses, en la tripa de mamá?    

Juan sólo tiene cuatro años, pero su hermano Pablo de once, está estudiando La reproducción  en el colegio. 

 

Día largo

Día largo

El día ha sido largo.  Ha llovido mucho desde esta mañana:  Mi tensión arterial es casi la mitad.  Me tengo que acostar,  Ana me espera con la radio encendida.             Mi pareja de zurdicos descansa placidamente, como dos "benditos", deben planear en sueños sus próximas trastadas.

Será el otoño...

Será el otoño...

 

Será  el  otoño,  la  caída  de la hoja y  de la tarde,  la  crecida  del verso...  No lo sé,  pero  ando desmadejado  sin  saber  muy  bien por qué.  No me  gusta  nada  este paisaje, cada vez más gris, así que, descreído de tanto médico,  he  pedido  ayuda  a mis amigos pintores:  Santiago Arranz,   José Luis Cano  y  Francisco  Arroyo Ceballos,  para ver si a través de sus obras me contagian energía: Caminan rebosantes de actividad y proyectos hacia el invierno,  sin tregua para el desánimo, mientras yo  me detengo para contemplar sus cuadros e intentar descansar.     

Veneno

Veneno

Abel, mi primer maestro, me inculcó el amor por la poesía y marchó dejándome, bien inoculado, el germen de esta enfermedad crónica, cuyos síntomas no desaparecerán jamás.  Desde entonces he buscado en vano y he descubierto que no hay tratamiento mejor que el veneno: soluciones en prosa, inyecciones de versos...    

Leo y releo prospectos sin caducidad de mis amigos eternos, Luciano y Guilllermo,  y reabro con urgencia un libro de Leopoldo de Luis: Con los cinco sentidos.   

Almuerzo

Retiro los ojos de la pantalla.     Miro lejos,  la blancura de las montañas, el azul del cielo.   Cuesta regresar, pero vuelvo en        un par de minutos, para leer  un  poema  de  cualquier  ángel  amigo,     de cualquier diablo bueno,  y  paladeo  con  yerbas      cada verso:    Este era mi almuerzo.    

Manolo Lafuente...

Manolo Lafuente...

 

Era otro tiempo, un tiempo de radio y televisión en blanco y negro. Un tiempo en el que los niños andábamos disfrazados de hombres pequeños, comiendo pipas, chufas secas,  regaliz de palo...  Era  otro  tiempo y en él, casi todos los practicantes se llamaban Manolo, como Manolo Lafuente el practicante de Zuera.   

Cuando Manolo llegaba  a casa,  para inyectarnos los antibióticos,  los críos salíamos pidiendo frenos, en desbandada, despavoridos, para ocultarnos debajo de cualquier cama, preferiblemente cualquiera que no fuese la nuestra. Mientras se llevaba a cabo el ceremonioso, riguroso y lento ritual de hervir agujas y las jeringuillas, escuchábamos  la conversación siempre amiga de Manolo con nuestros padres.   Luego y no sin esfuerzo,  entre los tres conseguían sacarnos  de  nuestro  escondrijo  y  convencernos  para  que estuviésemos  quietos  el  tiempo justo que duraba  el punchazico.  Al marchar, nuestra madre nos hacía pedirle perdón a Manolo, por habernos portado mal y Manolo se reía: ¿Verdad que no os he hecho mal? ¿Verdad que no?

Otras veces, acudíamos a la peluquería que Manolo regentaba junto con su hermano Julio en la calle Mayor de Zuera,  y  que  durante  muchísimos  años  fue   lugar  de  encuentro   y  charla  para  multitud  de zufarienses:   Allí  recuerdo  haber  visto  por primera vez a Mariano Constante (siendo yo, apenas un niño), contando, pormenorizadamente las atrocidades sufridas  en  el campo de  esterminio nazi  de Mauthausen;  otras veces Julio contaba las anécdotas más inverosímiles y divertidas aderezándolas con sobradas dotes histriónicas.

La última inyección que Manolo me puso en el pequeño reservado de la peluquería, ya era mayor y recuerdo todavía su cara de chufla incontenible.  Me dijo: Toño, voy a premiarte por haberte portado tan bien y no haber llorado. Te gusta la poesía ¿verdad? Pues escucha este poema tan precioso que me enseño mi padre...  

"¡A las dos de la mañana le cogieron a mi padre,

le cogieron los civiles,

a las dos de la mañana le soltaron a mi padre,

le soltaron los civiles,

le soltaron un guantazo en mitad de las narices!" 

Nunca había oído nada tan malo, divertido y contundente como esos versos, en la engolada voz de Manolo.  Pocas veces creo haberme reído tanto y tan a gusto como entonces.  Otras veces he llorado con él.    Hoy, en su adiós definitivo, lo hago solo, completamente solo,  porque ya soy valiente.      

 

CARTA INÚTIL A JAMES OSCCO ANAMARÍA (Sólo un poeta)

CARTA INÚTIL A JAMES OSCCO ANAMARÍA   (Sólo un poeta)

 

James, he soñado contigo toda la noche.  He intentado, entre tanta oscuridad, recomponer tu rostro con la misma precisión que me recompuso tantas veces tu palabra, en los foros solidarios de Internet.   

En la red  te encontré un día,  no muy lejano,  hablando del neoliberalismo y de la justicia social, de los gobiernos corruptos, de esa esperanza para los brasileños, que se llamaba Lula.  Te has quedado para siempre atrapado en ella, como un pez solitario que intentase atravesar un banco de alimañas.

Pienso en ti en el mar negro de esta noche sin sueño y busco con urgencia y en silencio tu palabra, como busca pruebas de inocencia quien se siente culpable.            Como si yo también lo fuera, como si yo también tuviese motivos para el arrepentimiento:  No  haber guardado,   por ejemplo, una copia de cada archivo solidario que, de vez en cuando, llegaba a la bandeja de entrada de mi Outlock y donde hoy, sólo queda tu dirección en una carpeta vacía. Tu dirección que es el único Norte, señalado por tu índice.  Tu dirección como único camino posible. 

Leo, Leo Zelada, otro eterno  joven poeta, peruano como tú,  me desvelaba anoche (mientras releía a Vallejo) la noticia y su secreto, en sólo dos palabras:  Muerte y Magisterio.   Habrá que pensar, detenidamente, en ambas.  De cualquier modo, será necesario investigar para saber quienes fueron esos salvajes incautos, que quisieron acabar con esa visión más humana del mundo que para ellos representabas, partiéndote el esternón, arrancándote las uñas, cortándote la cabeza después de partirte las costillas y las piernas,  como si el espíritu de un hombre residiese en el frágil armazón de su cuerpo.    

James.  James Oscco Anamaría, repito tu nombre varias veces. Como una oración lo repito al comenzar mi jornada y le digo a Dios, a los amigos y a mi mismo, quizá para poder empezar a creerlo, que nunca jamás estuviste tan vivo. 

Amigos: BERTA Y ANTONIO.

Amigos: BERTA Y ANTONIO.


Me siento ante mi PC para hablaros de mis amigos y empiezo a escribir así, a la brava, sin ningún motivo especial, dejando que la palabra fluya por sí misma, como fluía el lenguaje a aquellos viejos-jóvenes poetas de los cincuenta, defensores de la escritura automática. Todo un reto para estos tres últimos minutos que tengo antes de marcharme a casa. Llevo aquí, en la oficina, desde las nueve de la mañana y a las tres vuelvo.

Me siento ante el PC, como os decía, y lo primero que pienso es lo poco que tiene que ver, o sí, este PC de ahora (Personal Computer)  con aquel otro PC lleno de luchadores históricos: ¡Aquél PC de mi amiga Berta, la incombustible! 

A veces creo que mi PC también tiene su corazoncito, y hasta es posible, que algun sueño inconfesable, en el  fondo secreto de mis archivos amarillos.  

Sigo pensando en Berta y Antonio, con quienes mantuve el pasado día once, en su casa con columpio de Zuera, una "charradica" que prolongamos hasta  la madrugada.  Estos días pasados han estado en Salamanca, marcharon  no sé si a recuperar el tiempo perdido o ganado entre tanta lucha: Querían ponerles las cosas claras, a esos gerifaltes mamarrachos de la cumbre, que viven tan altos que no tocan suelo.

Escribo, y recuerdo, poco a poco, alguna que otra frase, que mi amiga pronunció hace sólo unas noches: ¿Por qué no sales de ese medio, un tanto "minoritario" y "elitista" como Internet y publicas estos artículos "cojonudísimos" en los periódicos, para que los lea más gente, la gente de a pié? Pregunto yo: ¿Quién los publicaría? ¿Quién los leería?    

Miremos el aspecto positivo de la red, este de ahora mismo:  El de compartir,  en tiempo casi real, pensamientos,  cultura  y  sueños  con  amigos  y desconocidos, con cualquiera que quiera sumarse  a este espacio, bien utilizado, de libertad. ¡No me negaréis que es uno de los poquísimos aspectos positivos de esta globalización salvaje, que nos han impuesto!

¡Entrar aquí es casi una rebelión!  ¡Un acto de sabotaje a un sistema inhumano, repleto de engranajes y engranajes! ¡Es como ir cumpliendo a pedacicos, los Cantos Colectivos de José Antonio Rey del Corral! ¡Un pequeño jirón de comunismo democrático!    

A estas horas...

A estas horas...

A estas horas de la madrugada en las que hasta el presidente del gobierno descansa: yo no puedo.  Me he hecho sobre la cama los cien mil metros lisos y me he levantado con sigilo para no despertar a Ana.  He visitado a Roca, aunque para seguir manteniendo con él las relaciones fluídas, he intentando no tocar el tema del estatut.  Luego, muy despacio, me he ido aproximando al ala joven de la casa, donde duermen los jóvenes progresistas y la santa infancia. Le he apagado el transistor a Pablo, tras comprobar en la oscuridad, lo bien que siguen sonando Roxy Music después de tantos años.  He arropado a Juan y le he visto  frotarse la nariz como un monico. Me he tomado mi dosis de Spidifen 600 y de vuelta a mi cuarto, he entrado en el estudio a desordenar y elegir un puñadico de palabras para cuando amanezca.  He colocado sobre el escritorio Las confesiones de San Agustín y El manifiesto comunista de Karl Marx, los traje el miércoles de Zuera y aunque quiero releerlos todavía no he elegido el orden : ¡qué cosas me ha dado por leer, deben ser las secuelas!. Luego he entrado en "Internete Blue", como dice el benjamín de la casa y os lo cuento. Os lo cuelgo aquí en mi página, junto a un ¡Buenos días! para el primero que venga.

 

 

Sonrisas y Lágrimas (La magia de Huesca)

Sonrisas y Lágrimas (La magia de Huesca)

Escribo desde Zuera, adonde llegamos el sábado de Sabiñánigo. El viaje en ferrocarril fue una nueva e increíble aventura. Nos tocó en suerte una antigualla, un tren vetusto y sucio que nos hizo volver a votar, obligatoriamente, como hacía Franco en los viejos tiempos:  ¡Votar para nada!  El traqueteo se acentuaba en aquellos tramos del trayecto donde presumiblemete el trazado está mejor. ¡No sé si será cierto!

Al llegar a la minimalista estación de esa cinematográfica ciudad del Tercer Mundo Aragonés llamada Huesca, a la señora de enfrente le habían dado más vueltas las órbitas de los ojos, que a Marujita Díaz sus pupilas, durante toda la década de los sesenta.     Al vehículo en cuestión le faltaban más luces que al camerino de la Niña de la Puebla o a los personajillos de ese insufrible cazador de tarados llamado Rubén Cárdenas, aún así sobrevino el apagón mientras Pablo hacía apuestas sobre cómo volvería la luz: ¿Al ritmo de la Chatunga de Luis Aguilé?  Algunas veces ha sido así, ésta no. 

Mis hijos, mi pareja de tragantúas, habían engullido para entonces: Cuatro bocadillos, un Actimel, dos refrescos, dos bolsas de chucherías...  pero al menos, permanecían quietos y espectantes en sus asientos,  ante el ir y venir del maquinista que,  linterna en mano, cruzaba aceleradamente el pasillo, para realizar la eterna maniobra de salir "reculando" por la misma vía que había entrado.  El conductor debía  ser experto y consiguió sacar el catafalco marrón de esos andenes adonde van, casi a diario, las reliquias vivas de la Renfe, que nadie acepta ya en nigún sitio.

Huesca lleva años marginada. La segunda provincia de  Aragón está poblada por cuatro gatos de los que sólo votan tres. No somos electores rentables y esa es la auténtica madre del cordero. ¡Sólo somos un área de descanso a donde vienen a cargar pilas los domingueros, con su cargamento de bocatas a la espalda!.

¡Tendremos que montárnoslo por libre! ¡Tendremos que repoblar con inmigrantes si no somos siquiera capaces de garantizar nuestro propio relevo generacional! ¡Tendremos que hacer más números! Calcular cuántos hombres y mujeres, sin decimales (para no partirlos),  nos harán falta para ir cubriendo, poco a poco, todos nuestros subsidios, siempre, claro está, que  no seamos autónomos. 

Tendremos que acordarnos  de ellos, si queremos que algún día, alguien nos saque a pasear, a buscar la rayadica de sol y de alegría.  Tendrá que ser así, aunque sólo sea para que alguien sepa lo egoístas que somos.  Tendremos que quitarles las esposas y darles agua o Coca-Cola si hace falta, cerveza sin alcohol... Limpiar sus rudas manos con una partida descomunal de Betadine, masajear con Trombocid sus moratones y traérnoslos a casa sin correr riesgos,  fletando aviones, que no sean del Ministerio de Defensa.   Antes tendremos que hacerles un sitio en mitad de tanta desvergüenza y darles  lo imposible para que se sientan cómodos. Después de todo, aunque hayamos cerrado los ojos demasiado tiempo, sabemos de sobra, que han toreado la vaquilla fura de la hambruna entre cornadas y que han pasado, con  destreza la prueba del vallado de espinos y  la de la patera, en este Gran Prix de la incompetencia Internacional, de la insolidaridad individual y colectiva. Tendremos que salir, todos en masa, a recibirles, con Marcelino a la cabeza. Todos: blancos, negros, amarillos, verdes y azules, porque rojos ya no quedan. Montar una rueda de prensa y una gran fiesta en el aeropuerto chiquirrín de Monflorite, con canciones  de Carbonell y de Petisme, de Carmen París y de Sopeña,  de Bunbury  y  Juan Perro, de Especialistas y Amaral, de la Ronda de Boltaña,  Labordeta y  Vinos Chueca...  

Aguardaremos ansiosos su llegada como andamos aguardando la lluvia que no llega.   No llueve, es verdad, no nieva,  pero los campos de golf siguen creciendo como setas, mientras los hongos no se atreven a sacar la cabeza de la tierra.   De seguir así, nos quedaremos sin agua en cuatro días y tendremos que tragarnos a palo seco, a lo bestia, las castañas de mazapán de Huesca, los empanadicos de Siétamo y  las Trenzas de Almudévar.  

El desierto avanza, ya lo dijo Petisme y no le hicimos puto caso. Cualquier día la arena llegará, sin darnos cuenta, al Puente de Sardas.  Si llega, ojalá ese desastre natural no cause víctimas, arrasará esa puerta falsa al futuro que han vendido a los incautos un puñado de constructores de tierra baja y altos vuelos, gentes que han llevado hasta el límite la improvisación en el mundo de la construcción y el urbanismo, con el beneplácito de su Ayuntamiento:  Ignorando hasta la climatología de la zona,  el respeto por el entorno, y los más mínimos sentidos de la lógica y la ética. 

Hay demasiado listo,  demasiado  inepto,  firmando  cheques  en blanco a un futuro por el que dicen apostar.   Proyectos como Pirenarium o Lacuniacha,  siendo, sin duda positivos, deben formar parte de un "todo"  mucho más ambicioso,  no sólo en el terreno económico...

Cualquier día, cualquiera, el desierto de Tardienta llegará a la entrada del Lid´l, donde antaño estuvo la Fosforera y donde no queda ya nada de chispa: Se habrá llevado por delante esas construcciones horribles que parecen granjas para cerdos, paredones de fusilamiento y donde al pobre Rafael Alberti le han regalado una plaza, mutilada como su vida:  Una broma chunga y macarra del Plan General de Ordenación Urbana.

Huesca se muere, agoniza, mientras espera como siempre, el goteo miserable de algún evento de la Expo!  ¡Alguna propineta!  ¡A ver si nos cae lo que sea! ¡Mejor si no es una macrocárcel!  ¡A ver si nos cae algo y podemos lucirlo como paletos,  frunciendo el entrecejo bajo el cachirulico azulete de Belloch, ese cahirulo que parece la venganza fantasma de José Atarés!

Huesca se muere, agoniza...  ¿Cómo van a abrirnos los franceses la frontera de Canfranc?  ¿Para que les vayamos pasando vagonetas de amargura y de miseria?  ¡Son demasiado inteligentes!

Artistas plásticos, novelistas, poetas,  media docena de empresarios y algún técnico cultural, como Teresa Luesma, luchan,  denodadamente, desde  Huesca  por  construir  otra realidad  y  coger, definitivamente ese tren verdadero hacia el progreso, donde también los  ciclonudistas  (con ropa o sin ella)  cuenten  con  espacio para acomodar sus bibicletas.

EL AÑO QUE MURIÓ FRANCO

EL AÑO QUE MURIÓ FRANCO

 

                                                                     Para Julio Casto

¡EL AÑO

QUE MURIÓ FRANCO

ME "AFILIÉ" A  CÍRCULO DE LECTORES

EN LUGAR  DE  A  LA C.N.T.!

 

Vuelvo del mar

Vuelvo del mar

Esta tarde he viajado a Elche sin salir de casa: He conversado, telefónicamente, con mi buena amiga Ana María Drack, de mil cosas distintas. La he felicitado con algo de retraso (el pasado día 20 fue su cumpleaños) y he visto atardecer y caer la noche, mientras ella me acercaba su auricular a la orilla del mar, para que desde mi estudio de Sabiñánigo escuchase el relajante oleaje. El inevitable recuerdo de los viejos tiempos, nos ha llevado hasta aquel día en el que el azar me descubrió su hermosa y limpia voz llena de matices, para contar las cotidianas historias del amor y el desamor, a través de las canciones de su segunto Long Play Dime que no es verdad.

Treinta y un años más tarde, aquel adolescente es un hombre adulto, casado y padre de dos hijos; la joven cantautora ya no canta, es una "abuelita de verano" que teje poemas con el hilo fino del amor, el humor y las más entrañables vivencias. Está enamorada de sus nietos y de Francisco Martínez Pastor, su marido, un hombre bueno, un personalísmo pintor de imposibles, que puso color a sus días de tedio.

Vuelvo del mar...

UN AÑO DE BLOG

UN AÑO DE BLOG

El 25 de Septiembre de 2004 nació este blog que tienes ahora ante los ojos. El tiempo ha pasado deprisa desde entonces y hoy cumple un año. Un año con la puerta abierta, a todos cuantos quisísteis pasar a visitarme, desde que inicie esta aventura, casi diaria, de compartir "con mis amigos invisibles" un mundo propio, de imágenes y palabras, que fue nutriéndose de la savia viva de numerosos escritores y artistas.

Os quise hacer partícipes, en todo momento, de mi interés y pasión por muchos grandes nombres de la cultura, de mis "descubrimientos" en este campo, y cometí el error imperdonable de contagiaros la tristeza de mis horas más bajas. Por ello, hoy, que ando ya casi recuperado, quiero agradeceros vuestros mensajes (públicos o privados) y compartir con vosotros un trocico de esta tarta virtual, así me  evito  el  temor  de  que  se  os  "dispare"  el  colesterol.  Quien quiera probar mi pacharán casero,
que venga a Sabiñánigo. ¡Gracias amigos!

Amparito o El columpio vacío

Amparito o El columpio vacío

He soñado esta noche pasada con mi amiga Berta. Hace tiempo que no hablo con ella y llevaba varios días pensando en llamarla para conversar.

Esta mañana, mientras me afeitaba y hacía el propósito firme de no dejar pasar un día más, ha sonado el teléfono: Mi hermana Maribel me daba la noticia de la muerte de Amparito, su madre.

Amparito se trastornó mentalmente durante la guerra civíl, a causa del miedo y tuvo que pasar unos años en el psiquiátrico de Zaragoza hasta que la evolución de su enfermedad permitió a la familia sacarla de allí. Desde entonces, Berta, ha estado dedicada por completo al cuidado de sus padres.

Amparito recuperó el tiempo perdido volviendo a la niñez y Antonio, su yerno, le construyó un hermoso columpio en el corral de su casa de Zuera, allí se hizó mayor jugando con muñecas, haciendo labor, zurciendo imposibles, cantando y soñando con niños a los que admiraba con ternura infinita (¿dónde está tu Pablico? preguntaba), escondiéndose de las visitas tras una puerta de cristal, columpiándose...

Y en ese ir y venir del columpio, Amparito, mimosa y dulce, fue para la incombustible Berta, a ratos la hija que nunca tuvo, a ratos, la madre que no pudo ser.

Berta y Antonio le han dedicado gran parte de su vida. Hoy se ha marchado definitivamente, para no volver. Mañana, todo será deber cumplido y cenizas. Mi amiga, no espera nada, no hay reencuentro posible ni recompensa, es comunista y atea, por eso tendremos que seguir dándole, mientras podamos, aquello que más le gusta: buena literatura, chocolate y amor.

Cuesta

Cuesta

Cuesta asimilar la injusticia del mundo, cuando se lleva tanto tiempo en la brecha,
cuando has repartido utopías por cada esquina, desde la lejana adolescencia. Cuesta. Cuesta, porque te sublevaste hasta el límite en encarnados poemas, porque hiciste las pintadas más bellas con nocturnidad y alevosía.

Cuesta, cuando has estrechado la mano de Ibañez y Cazcarra, de Alberti y de Dolores, de Camacho y Aranguren, de Anguita... Cuesta.

Cuesta abrir el periódico y marcar distancias, pensar que son otros tiempos (¡y de qué modo lo son!). Cuesta engañarse. No somatizar tanto dolor y que la ansiedad no te pueda.

Cuesta. Cuesta resignarse, porque sabes que los derechos básicos se vulneran en los cuatro puntos cardinales del planeta.

Sigues pensando lo mismo, o por lo menos crees que lo piensas, mientras, escuchas a Víctor Jara, aquel cantautor chileno eternamente joven, al que asesinaron los pinochetistas un dieciséis de septiembre de hace treinta y dos años. Cuesta.

Ya he salido...

Ya  he salido...

Ya he salido del puzzle en que he convertido mi estudio con el paso del tiempo. Después de mover tanta pieza respiro mejor. He ordenado alfabeticamente mis pasiones y he metido recortes y recuerdos en el disco duro de mi PC. He trasladado algunos discos a la oficina porque con los instrumentales trabajo mejor, los demás siguen aquí, apiñados en estanterías como los libros, como mis manuscritos: ¡Cuánto amigo apretadico! ¡Cuánto verso por corregir!

Escribo mientras escucho a mi buen amigo, el cantautor ilicitano Roberto Segovia. Roberto y Nuria vinieron a visitarnos hace unos días, para descubrir al benjamín de la familia en su salsa: Un Juan mucho menos tímido, más desvergonzado. Pablo, por el contrario, más serio, se comportó como una persona mayor, formando parte de nuestra variada tertulia. Hablamos de literatura, de música, de pintura, de naturaleza, de vida en definitiva, hasta cerca de las seis. Entre canapés y ensaladas, picoteos, lasaña, txacolí, tarta de manzana y pacharán con palabras, nos costó levantar la velada.

¡Guardamos canciones, recetas, experiencias, para la próxima vez!

MANUEL VILAS

MANUEL VILAS

No está mal acabar una jornada de excesos con Manuel Vilas. No está mal sacar billete en La Estación Azul para viajar al cielo con la compañía de Javier Lostalé e Ignacio Elguero. No, no está mal, y menos, si la música para el viaje la pone Lou Reed.

Manolo, con voz pausada, tranquila, va descubriéndonos su personalísima visión de la poesía, mientras desgrana inéditos poemas en prosa y versos blancos, que saboreamos despacio, como la delicada crema de un Magnum.

No, no está mal, aunque hoy hayas sufrido algún que otro efecto secundario: ¡Tararear todo el día la misma canción¡ ¡O esa extraña fijación con las manos, de las cajeras de los supermercados!