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Antonio Pérez Morte

Félix (Aloma Rodríguez)

Félix  (Aloma Rodríguez)

Félix Romeo era la alegría que llegaba en forma de helado, de brindis ruidoso, de canción desentonada pero entusiasta; de caja de bombones, de regaliz o de libro. Siempre era torrencial y vehemente, como cuando defendía la libertad, algo que ha hecho con voluntad férrea en las páginas de HERALDO. Pasaba muchas horas en piscinas, de amigos, públicas y en una pequeña balsa que construyó este verano en la casa que compartía con Lina Vila.
A Félix Romeo le gustaban muchas cosas y todas le gustaban mucho. Disfrutaba de la belleza, de las ciudades, de los paseos, de un café solo con hielo en una terraza, de los pistachos, de la risa a carcajadas y del amor en todas sus formas. Le gustaban mucho los diccionarios, ir al cine y las granadas. Señalaba todas las referencias aragonesas que aparecían en los libros que leía, que eran muchos, y tenía el don de hacer sentir especial a cada uno de sus amigos. Era un torpe pero esforzado jugador de waterpolo y un estupendo inventor de chistes.

Condensaba muchas vidas en una sola: el tío ideal, el hermano mayor, el hijo adorado, el crítico audaz, el analista político lúcido, el escritor moderno y sorprendente, el polemista con argumentos, el mejor amigo, el cómplice, el que hacía reír, el descubridor de cantantes, escritores, revistas, etc. Era una bisagra siempre engrasada y dispuesta a conectar a un traductor con un editor, o a un escritor con una editorial. Su generosidad no tenía límites. Por eso, nuestro mundo va a ser un poco más pequeño ahora que él ya no está para ensancharlo, para hacernos repensar el mundo y nuestras ideas o para recomendarnos el disco de un cantautor que acababa de escuchar, como Rafael Berrio. Félix se ha ido cuando las granadas empiezan a estar maduras, cuando el otoño llega para instalarse. Ni siquiera la fuerza del cierzo zaragozano va a poder llevarse la tristeza que invade la ciudad, de la que era un absoluto enamorado y un gran embajador. Félix usaba a menudo una cita de Salman Rushdie, de ‘Pásate de la raya’: «para demostrar que el fundamentalista se equivoca, tenemos que saber primero que se equivoca.

Tenemos que estar de acuerdo en qué es lo que importa: besarse en público, los bocadillos de jamón, la divergencia de opiniones, la última moda, la literatura, la generosidad, el agua, una distribución más justa de los recursos mundiales, las películas, la música, la libertad de pensamiento, la belleza, el amor. Esas serán nuestras armas». Félix Romeo era un auténtico defensor del placer y de la alegría, y para demostrar que no se equivocaba tenemos que besarnos, bailar, cantar, disfrutar de las cenas con los amigos y ser todo lo felices que podamos. Ese será nuestro homenaje.
 
 
*Columna publicada el domingo 16 de octubre en el suplemento “Heraldo Domingo” de Heraldo de Aragón.

La foto está tomada en 2008, durante un viaje en tren de Zaragoza a Teruel, y me gusta mucho porque está escribiendo.

Un mundo sin Félix (Daniel Gascón)

Un mundo sin Félix    (Daniel Gascón)

Las reacciones al fallecimiento de Félix Romeo (Zaragoza, 1968-Madrid, 2011) demuestran que era un personaje excepcional de la cultura española. Músicos, cineastas, escritores, editores, artistas y la ministra de Cultura han mostrado su pesar por la pérdida de una figura irrepetible y generosa. Es asombroso y emocionante ver cuánta gente tenía una relación especial con Félix Romeo. En un episodio de autismo desalmado, las instituciones aragonesas no enviaron ningún representante al funeral.

Félix Romeo publicó tres libros en vida. 'Dibujos animados' (1994) era una novela fragmentaria y perequiana que retrataba su infancia en el barrio zaragozano de las Fuentes, y que desplegaba una poética poderosa y una forma especial de mirar la niñez. 'Discothèque' (2001) era un relato polifónico que mezclaba la experiencia en la cárcel del autor –condenado por un delito de insumisión- con las alusiones literarias y un humor salvaje, y donde cabían tanto el imaginario del cine y la literatura norteamericana como el iluminado Miguel de Molinos y el futbolista del Real Zaragoza Nayim. 'Amarillo' (2008) era un mensaje a Chusé Izuel, el gran amigo que se había suicidado en Barcelona en 1992, y también el testimonio estremecedor de las heridas y la culpa que habían dejado su acción.

Poco antes de morir de forma totalmente inesperada a causa de un fallo cardiaco, Félix Romeo había entregado a su agente un nuevo libro –'Noche de los enamorados'-, una reflexión sobre el crimen, la justicia y la libertad donde investigaba el caso de su compañero de celda en la prisión de Torrero. Además, escribió miles de artículos, impartió centenares de conferencias, colaboraba en la radio, tradujo del italiano y del portugués, y estuvo durante cinco años al frente del programa 'La Mandrágora' en Televisión Española.

Publicaba reseñas desde adolescente y su trabajo como crítico literario en los últimos años, tanto en Heraldo de Aragón como en ABC, lo convirtió en uno de los mejores reseñistas de nuestra lengua: valiente, lúcido y honesto, ha cubierto como nadie la actualidad literaria y sus análisis aunaban un vastísimo conocimiento con una idea estética –la literatura como parte de la vida- y una concepción moral sobre los libros y el mundo. Esa idea moral estaba en todos sus textos, pero la expuso con especial claridad en sus colaboraciones para Letras Libres: una defensa cerrada de la libertad y la democracia, de la responsabilidad individual, y una intolerancia hacia quienes justifican la opresión con la coartada de la diferencia cultural.

Es una obra muy importante, pero la influencia de Félix Romeo no termina ahí. Si digo que era un superdotado, puede parecer una exageración, pero a quienes lo conocían les parecerá una obviedad o un 'understatement'. Era el gran curioso: uno no solo tenía la sensación de que había leído a casi cualquier autor que saliera en la conversación o de que conocía todas las revistas, sino que también le apasionaban el arte, la televisión, los tebeos, el pop, los programas de cocina, el fútbol o el urbanismo. Era un polemista nato y en muchos campos competía en erudición con los expertos. Tenía razón muchas veces, pero, incluso cuando no la tenía, su punto de vista era interesante: siempre te hacía pensar.

Es imposible sobrevalorar la influencia de Félix en la vida literaria zaragozana. Su presencia y sus consejos fueron determinantes en la editorial Xordica, en los suplementos literarios, en la obra de Ismael Grasa, Ignacio Martínez de Pisón, Eva Puyó, Cristina Grande, Octavio Gómez Milián, Aloma Rodríguez, Miguel Mena, Antón Castro, Rodolfo Notivol, José Antonio Labordeta y muchísimos más. Les sugirió títulos, leyó sus originales, les recomendó decenas de libros con una pasión contagiosa, y les convenció de que lo que ellos escribían era algo valioso y necesario.

Esa invasión generosa de Félix Romeo no se limitó a una ciudad, una estética, una generación, una editorial o una disciplina: su influencia está detrás de cuadros de su novia, Lina Vila, del cine de Jonás Trueba, de muchos proyectos editoriales y de muchas amistades. Sería imposible enumerar la cantidad de ideas regaladas, o el número de receptores. Yo sería otra persona si no me hubiera cruzado con él. Y nunca he escrito una línea, ni me he enfrentado a un tema, sin preguntarme qué opinaría Félix.

En una entrevista con dos de sus grandes amigos, Jonás Trueba y Lara López, Félix Romeo decía que detestaba la idea de la inmortalidad. La conciencia de la muerte era lo que hacía que quisiera disfrutar de la vida y del amor al máximo. Para argumentarlo, explicaba la desesperación que siente el protagonista de 'Atrapado en el tiempo' cuando descubre que no puede escapar de ese día. Pero la vida de Félix Romeo se parecía más a otro momento de la película, en el que Bill Murray va salvando a los personajes del pueblo. Félix presentaba a la gente, regalaba chucherías y viajes en la feria a los hijos de sus amigos, nos recordaba las fechas de los cumpleaños de los amigos y nos ayudaba a descubrir qué libro o qué película queríamos hacer. Le gustaba repetir el lema de la revolución francesa, y su vida se puede entender con esas tres palabras: la libertad, la igualdad (que le hacía combatir la discriminación de la mujer, desdeñar los argumentos de autoridad, y también tener una conexión especial con los niños, a quienes hablaba en su mismo idioma) y la fraternidad (con su vida, fabricó una gran familia; con su muerte, muchos hemos perdido a un hermano mayor).

A veces, en la cultura tienen prestigio la oscuridad y la originalidad aparente. Félix Romeo, un hombre rabiosamente único, reivindicaba una sencillez esencial: la de ser amigos, de contar chistes y celebrar los libros de los otros, de festejar el cariño y decir te quiero de todas las formas posibles. Era un hombre obsesionado por la felicidad, que siempre intentaba mantener a raya sus impulsos melancólicos. Una de sus grandes lecciones era la conciencia de los privilegios: de la gran suerte que es estar vivo, tener y recibir afecto, vivir en democracia, tomar un helado en el Paseo de la Independencia. Todos sus amigos nos sentimos vacíos y solos, pero somos conscientes del enorme privilegio de haberlo conocido.

Daniel Gascón. Filólogo y escritor aragonés


(EL MUNDO, 13 de Octubre de 2011)

Ayer murió Félix (Pepe Cerdá)

Félix murió ayer. Y ayer escribí un instante después de enterarme la entrada de abajo. Había pensado reescribirla, corregirla o matizarla. Quizás eliminarla. Pero no lo voy a hacer, así se va a quedar. Así salió y así es.

Félix murió ayer. Y yo ya no tengo con quien hablar, ya no tengo de quien fiarme como me fiaba de él. Félix quería mi bien y el bien de la totalidad de las personas que conocía. Nunca se sabrá la cantidad de proyectos, artísticos o no, que son consecuencia de su entusiasmo e inteligencia. Félix entusiasmaba a los demás, les hacía creer en sí mismos y les impulsaba hacia su destino. Ni más ni menos.

Félix murió ayer. Y con él el nexo entre cientos de personas que él unía para que las cosas fuesen posibles, agradables y amorosas.

Félix murió ayer. Y ya no regalará centenares de ideas y proyectos a cualquiera que le escuchase.

Texto : Pepe Cerdá

Muere Félix Romeo (Iván González)

Muere Félix Romeo     (Iván González)

Anoche paseaba los ojos por la edición digital de ABC cuando me tropecé con la noticia de la muerte, a los 43 años, de Félix Romeo. Abrí otro periódico por si era mentira, pero en El País también se lamentaba por ello Elsa Fernández-Santos. A veces asomarse a la información es atragantarse con la madalena podrida de Proust y recordar que los escritores que conociste también mueren.

Félix Romeo solía venir a Madrid. Seguramente el viaje Zaragoza-Madrid y viceversa era el que más veces había hecho en su vida. No sabía que este, en el que acudía al décimo aniversario de la revista Letras Libres, iba a ser el último por culpa de una parada cardiaca.

Romeo estaba gordo como un tonelillo. Era de buen comer y mejor beber. Pero se ha largado a una edad indecente. Me acuerdo cómo pimplaba en aquel bar de Atocha donde nos reuníamos un grupillo de escritores -hasta un premio Adonáis de poesía andaba por allí- en un curso sobre minimalismo literario, o algo así, impartido por él, al que asistimos con la excusa de estudiar esa asignatura inestudiable de la escritura pero con el motivo real de intercambiar ideas y toparnos con otros especímenes de nuestra especie.

Todavía recuerdo aquella vez que le sonó el móvil. Era Javier Cercas. Íbamos a hablar de no sé qué pero acabamos charlando del éxito mediático de Soldados de Salamina. Romeo era un improvisador, acaso por su paso cinco años por la tele como director de La Mandrágora. No era de esos escritores tímidos y atrincherados en su obra. Tenía madera de buen crítico porque sabía escuchar y hablar con ecuanimidad de voces que le resultaban disidentes. Prefería leer a escribir por eso sólo compuso -era orfebre de poca palabra y frase precisa- tres novelas escasas pero siempre llevaba algún libro grandote sobre el que hablarnos bajo el brazo. Se reía con la extroversión de un dinosaurio y parecía un hombre feliz que comprendía el dolor, o sea un escritor metido en la vida hasta las mangas y no encajonado en ella.

Gracias a Romeo, colaborador de ABC hasta su muerte, al que gustó mucho mi primer libro, Otras alas, me sacaron en el suplemento cultural de dicho periódico una crítica bastante positiva. Se lo agradezco así como que cuando le conté que, aunque iba a escribir otro libro, sentía que jamás podría dejar del todo el Periodismo, me animas asegurándome que no era tan bizarro y que hasta a escritores consagrados como Vargas Llosa les ocurría lo mismo. Ahora tengo entre mis manos, leyendo la noticia de su muerte, aquella edición de bolsillo de La verdad sobre las mentiras, prodigio de periodismo entreverado con literatura, del premio Nobel peruano, que me regaló.

Hasta meses después de acabar el curso en La Casa Encendida mantuvimos contacto por mail, luego me parece que llegó el verano y yo me fui a no sé dónde y cuando acabé otro libro y le escribí, un par de años después, él ya no me contestó y no quise ejercer del inexcusable oficio de mosca cojonera, así que le perdí el rastro aunque seguí leyendo de vez en cuando sus chispeantes críticas de libros.

Jamás he sido heavy pero sé lo que significa todo eso porque nací y crecí en los primeros ochenta en Carabanchel, aunque los años y los barrios más al norte me han ido despojando de lo que allí se me pegó, y cuando vi por primera vez a Félix con sus patillas goyescas y su acento levemente maño creí que era uno de los nuestros. Así de primeras tenía aire de motero macarra y daba un poco de miedo con esa perilla de ángel del infierno y su currículum de encarcelado por insumisión que le llevó a protagonizar un corto de Trueba. Aquel comecuras dogmático que me pareció al principio se me vino abajo en las primeras conversaciones. Tenía una vasta cultura y era un tipo que no juzgaba al parroquiano que tenía enfrente por la ropa ni por la ideología porque tenía las orejas de la curiosidad enormes. Me enseñó cosas tan inútiles como componer palíndromos o la importancia del acné en la literatura de Amis o Bukowski y algo tan útil como leer a Georges Perec y que la mayor fuerza de un narrador es la elipsis.

Si la vejez es un camino de retorno a lo surrealista de la infancia, la muerte en otoño de Félix a una edad mediana donde seguro que si hubiese intuido que iba a dejar de estar lo que más le hubiese gustado es volver a estar, es, como su último libro y las hojas de los árboles en esta estación, amarilla. La parca nos visita por razones que a menudo no comprendemos. Félix se ha muerto de repente, viniendo a la capital para una fiesta, sin enfermedad ni silencio previo a la tormenta, sin parecer jamás, como los moribundos vocacionales, demasiado serio, como para no llenar de gravedad las cosas.

Repaso Dibujos animados, su primer libro, y veo lo que siempre leí en su mirada, un acercamiento a la escritura para sublimar la melancolía de lo que no volverá, intentando, aunque las rocas de la vida le erosionen a uno con la persistencia obsesiva de la marea, cenar, aunque sea en la otra orilla, con el mantel y cubiertos impolutos. El orden cósmico es ajeno a los entresijos de nuestro sainete existencial. Pero ya voy a callarme, a ver si Félix se cabrea y me echa de clase por ponerme estupendo. Sólo espero que encuentre una buena librería abierta allí donde va.

 Iván González

Felix Romeo (David Trueba)

Felix Romeo         (David Trueba)

La pérdida de Félix Romeo es una pérdida enorme. Su envergadura intelectual le convertía en un suceso único. Aspiraba al absoluto, donde cada letra merecía ser leída y cada imagen mirada. Su cabeza era una catedral de conocimiento, que en lugar de apartarlo de la vida, lo unía más a ella, enamorado como estaba de cada detalle. Durante cinco temporadas dirigió La Mandrágora en La 2, abonado al entusiasmo por todo lo que cabía dentro de una revista cultural, desde la última novela gráfica a la más desprotegida exposición, entrevistando con mimo a una lista sagaz de invitados a los que quería escuchar con transparencia.

A lo que fue insumiso Félix Romeo, entre otras cosas, fue al abandono del conocimiento y la cultura, a la desidia por los destellos del arte y la inspiración frente a la victoria que fue cobrándose en nuestro país, en sus mejores años, el dinero y el cortejo a la zoquetería. Muchas de esas derrotas tuvieron lugar en la televisión, colocándonos a la cola de Europa en aspectos que delatan que nuestras carencias no son todas ocasionales ni históricas, sino provocadas con cálculo. Nunca cejó y si le era negado dirigir un programa o coordinar una emisión de radio, en lugar de optar por el resentimiento y la queja, siguió colaborando por poner en circulación los valores que defendía. Sus críticas literarias en el ejemplar suplemento cultural de El Heraldo de Aragón y su mirada a la televisión desde la revista Letras Libres se mantuvieron, hasta el último día, como la rima perfecta entre inteligencia y exigencia.

Félix Romeo defendía una televisión más libre, más abierta, más accesible, que pudiera enriquecer la urgencia empresarial de las concesiones estatales, una televisión que se pareciera a la edición torrencial de libros o fanzines, llena de voces diversas. No le temía al ruido ni a la pluralidad, no le parecía marginal lo marginal ni minoritario lo minoritario. Quería oír, ver y palpar todo a su alrededor, mientras él se sostenía, siempre disponible, siempre informado, como un pilar en Zaragoza para todo aquel que se perdiera en la jungla del desconcierto. Su cabeza era una cabeza que enriquecía este país. Su corazón, ah, amigos, esa es otra historia que no cabe aquí.

David Trueba,  El País, 10-10-2011

Félix (Antonio Pérez Lasheras)

Félix                            (Antonio Pérez Lasheras)

 

Félix lo llenaba todo y su ausencia dejaba un vacío inconmensurable. Sobre todo en las piscinas. Félix era una sirena en un cuerpo extraño, equivocado. Félix amaba el amor y la familia. La suya, sobre todo, pero también las de los amigos. Félix era el tío soltero que todos los niños quieren tener. Siempre venía con algún regalo. Félix sabía lo que le gustaba a cada hijo de sus amigos y sabía regalarles su cariño como si necesitara comprarlo, como un padre separado o un primo americano. A Félix le dolía el dolor ajeno y sangraba por las heridas de todos. Félix sabía pedir perdón antes de necesitarlo y creía en la amistad como otros creen en la vida eterna. Félix era un huracán de luz, un torrente de ideas, un sifón de razonamientos y, a veces, una mina de aporías. Félix buscaba la felicidad, sobre todo la ajena, porque él sabía, como Gracián. que la felicidad es una isla desaparecida en medio de un océano de tribulaciones.

Félix tenía un conocimiento intuitivo de las cosas. Llegaba antes que nadie y sobravolaba la abstracción. Por eso le costaba aterrizar en lo concreto. Cuando los demás llegábamos razonando, Félix se alejaba en su vuelo. Félix siempre estaba más allá de no se sabe dónde, más acá de ninguna parte. Félix fue el hijo que Labordeta no tuvo: le acompañó a cientos de conciertos, le reprochaba cuando algo no le había salido como él creía que debía de salir. Félix cantaba mal, peor que yo (lo que es difícil), pero lo hacía con un empeño y una contundencia similar a un Caruso a punto de estrenar.

Félix teorizaba sobre todo: sobre literatura, sobre urbanismo o sobre la morbosidad del bonito. Pero no cabe duda de que sus opiniones literarias han dejado una honda secuela en su generación y en la posterior a la suya. Félix estaba obsesionado por la literatura emanada de la vida y la vida sacudida de la literatura. Por eso le horrorizaba la literatura falsa e impostada, los cielos y las mentiras. Félix no pertenecía a la Asociación Aragonesa de Escritores. A Félix le encantaba que las novelas hablaran de su ciudad y que Zaragzoza se tuviera un imaginario literario. Félix odiaba el rencor y a quienes utilizaban el poder para lucrarse y trepar. A Félix se le quería como se quiere a un hermano, sin preguntar nunca el porqué de las cosas.

Félix aparecía y desaparecía. Félix fingía estar contento cuando sabíamos que por dentro algo le corroía; expandía alegría cuando más triste estaba. Félix sabía todo de nuestras vidas y nosotros apenas adivinábamos en su semblante qué se escondía en su interior. Felix era ciclotímico y de carácter voluble. Félix era mi amigo y se ha ido. Pero esta vez no volverá. Félix, Félix: esta vez el juego ha ido demasiado lejos. ¡Vuelve ya con una caja de bombones y di aquello de «¿Qué tal, amiguitos?», la broma ya ha durado demasiado! Nuestros hijos preguntan por ti.
 
 
Antonio Pérez Lasheras

Regalo para Félix en el último domingo

Regalo para Félix en el último domingo

F E L I X    R O M E O

Adiós a Felix

Adiós a Felix

Hoy domingo, hacia las seis de la tarde, llega el cuerpo de Félix Romeo al Velatorio Nº 22 de Torrero,  el más grande de todos. 

El entierro será el lunes diez, a las diez de la mañana. 

Voces en la noche (Antonio Pérez Morte)

Voces en la noche          (Antonio Pérez Morte)

Oigo la voz de Juan en mitad de la noche, pero Juan no me llama, así que le miro dormir relajado y le contemplo guapo e inmenso... Tomo un poco de agua y vuelvo a la cama.   ¿He dormido algo? La verdad es que no lo sé, creo que no, pero ahora, como en un segundo, el reloj me acaba de robar una hora y las cervicales todavía me duelen más. Me doy un masaje rápido con alcohol y en unos segundos descubro que no es el cuello lo que más me duele, sino las piernas: Se me han vuelto a subir los gemelos, cada vez me pasa más a menudo, y la intensidad no remite, por más que presiono fuertemente contra el suelo.  Dicen que esto pasa por falta de magnesio, pero yo tomo magnesio, así que serán los puñeteros nervios...  Mis puñeteros nervios que acaban de despertar también a Pablo y se levanta. Le escucho, pero no salgo, no quiero desvelarlo, así que vuelvo a mi cuarto con los ecos del llanto de mi madre, y ese pinchazo que me hace recordar a Salva Iborra, un poeta amigo, asesinado en su intento de recuperar a otro amigo la bicicleta robada.  Estamos en crisis y los precios bajan, las vidas ahora ya no valen nada. Nada. Ahora que, con tanto progreso, todos estaríamos de acuerdo, en regalarle una nueva vida a Félix Romeo, vemos que no es posible todavía, que no podemos.  Habrá que apechugar y seguir adelante, ponerle ilusión y fantasía como hacía, cada día Maribel Marco, al levantarse.  ¡Por la familia y todos los amigos que aún nos quedan, voy a tomarme, ahora mismo, un café solo, con un par de sonrisas! ¡Buenos días!  

Antonio Pérez Morte      

Félix Romeo In Memoriam (José Luis Piquero)

Félix Romeo In Memoriam     (José Luis Piquero)

Ha muerto una de las personas más cordiales y queribles que se podían encontrar en el mundillo literario español. Cuando ahora pienso en Félix Romeo, le recuerdo brindando, expansivo, jovial. Le echaremos de menos.

Nos veíamos de pascuas a ramos, en esas idas y venidas de la literatura, en Madrid, en Oviedo, en Zaragoza… Conversar con él era una experiencia deslumbrante. Parecía habérselo leído todo y tenía un olfato literario y una curiosidad como he visto pocas. Era también un hombre generoso, que se ocupaba de la obra de los otros más que de la propia. Y era el autor de uno de los libros más emocionantes que haya leído sobre la amistad y sobre la muerte: Amarillo. Leedlo para tener una prueba de su inmenso talento como escritor.

Siempre nos reuníamos alrededor de una mesa, comiendo y bebiendo bien. En cierta ocasión, en Oviedo, yo quería hacerle una entrevista para el periódico en el que trabajaba entonces. Él hizo un gesto que quería decir: “Déjate de entrevistas y vamos a darnos un festín”. A los postres se nos unió Xuan Bello y las horas pasaron tan alegremente que ni Xuan ni yo volvimos esa tarde a la redacción. Casi nos cuesta el empleo pero valió la pena. Estar con Félix era un placer. No querías irte: querías seguir allí, hablando interminablemente.

La última vez que le vi fue en Huelva y fuimos a cenar con Eva Vaz. Félix estaba feliz, enamorado como un loco, con muchas ilusiones. Nos hicimos confidencias como si fuéramos adolescentes. Y brindamos por todas las cosas buenas del mundo. No mostraba fácilmente su parte atormentada. No era impúdico. Él quería ser ese feliz. Ahora comprendo todo.

Un corazón se ha parado y no era un corazón cualquiera. Hoy es un día muy, muy triste. He perdido a un amigo.

José Luis Piquero.

Un poema para Félix Romeo (Antón Castro)

Un poema para Félix Romeo     (Antón Castro)

[Félix Romeo tenía muchos sueños. Muchos anhelos. Su cabeza era una fábrica incesante de ideas y de sensaciones. Durante mucho tiempo quiso alquilar un local y crear un cine en versión original; quizá tuviera también una sala de exposiciones. Recuerdo que en Barcelona le dije a Miguel Marcos si podríamos disponer de ese espacio. No se adaptaba del todo a lo que soñaba Félix. En las comidas de los martes y miércoles en el restaurante Bílbilis, con mis hijos Aloma y Daniel (Félix falleció en la casa de Aloma), hablaba mucho de una sala de cine en versión original. Preguntaba: “¿Qué habrá sido de los Buñuel? Podríamos hacer ahí muchas cosas: cine, exposiciones, conciertos, tertulias”. Un día, pensando en él y en Lina Vila, su compañera, escribí este texto que leí este mismo año en las Jornadas de Cine de La Almunia con el grupo de lectura y la Asociación Laudística de Valdejalón. Esta foto es del Colectivo Anguila: Pedro Hernández e Iván Moreno.]

  

VERSIÓN ORIGINAL

                                                           A Lina Vila y Félix Romeo

Tengo un sueño:
quiero montar un cine de versión original.
Un cine donde se escuchen todos
los idiomas del planeta.
Un cine para soñar
con todos los soñadores de la tierra.
Así lo veo: tapizado de rojo,
íntimo como la oscuridad,
con una indeleble mancha de luz al fondo.
Quiero montar un cine en versión original.
Me imagino los carteles, las películas,
los programas de mano
con su vocabulario de letras y espectros.
Imagino el público que llega
a las tres o cuatro sesiones.
La pantalla será como un oratorio pagano,
o un río de vida,
o un torbellino incesante de besos y de imágenes.
Lo estoy viendo:
cómo se besa en chino, en polaco, en francés,
cómo se cuentan los cuentos y las pesadillas.
¿Quién huye por el bosque
tras un crimen inesperado
y sale a la playa de los últimos naufragios?
Estoy oyendo las voces,
las palabras con su extraña música universal,
todas las melodías del alma.
Cuando llegue el fin de la noche,
allí estaremos tú y yo, a solas en la sala.
Tendidos sobre las butacas,
sobre el rojo oscuro de la satisfacción
y la soledad más deseada,
volveremos a poner la película.
En ese momento, vueltos desenfreno y ternura,
entretejidos en un plenilunio de sombras,
seremos los protagonistas principales.
Antes de volverme loco de amor
o de irme de esta ciudad para siempre,
quiero regalarte un cine de versión original.
Será la mejor forma de decirte “te quiero”
todos los días en cualquier lengua de la tierra.

Guinda (Félix Romeo)

Guinda     (Félix Romeo)

Ángel Guinda es una persona extraordinaria. LLeva 25 años siendo extraordinario conmigo: desde que yo tenía 14 años y quería ser Rimbaud. Me abría su casa de Zaragoza, que me fascinaba, y me prestaba los libros de su biblioteca...  Así devoré, sin entender del todo, buena parte de la poesía mundial. También devoré su poesía, ya ligada a Olifante: me ragaló "Vida ávida", dedicado con su letra picuda.

Ángel era generoso con los libros, pero sobre todo con su tiempo, capaz de gastarlo con un nadie como yo, y esa fue una gran lección, que sigo: si hay un amor o un amigo nada hay más importante.

Yo buscaba los libros que él daba por muertos. Libros como "La senda" o como "Las imploxiones".  Eran pequeños tesoros, aunque para él fueran piedras en el riñón, que había que extirpar.

Me encanta la maravillosa risa de Ángel, que es la embajadora de sus ganas de vivir, de disfrutar y de celebrar el mundo. Una vez me contó, hablándome de sus campañas políticas, que en un pueblo le reprocharon que fuera en un deportivo, y él respondió: "quiero la riqueza para todos y no la pobreza para todos".

Con el tiempo he apreciado otras virtudes de Ángel, que entonces no entendía, como el entusiasmo y el trabajo.

Sé, cansado de soportar el cinismo social, y también de contribuir a veces a él, lo difícil que resulta ser entusiasta a partir de una edad. Su entusiasmo por la poesía es maravilloso. Su entuasiasmo por la educación es admirable. Entusiasmo que le ha convertido en el gran poeta que es, capaz de escribir un libro tan hermoso como "Claro Interior".

Ángel ha trabajado sin parar en sus poemas, en sus clases, en sus traducciones, en sus editoriales y en sus revistas. Muchas veces he tenido la sensación de que sus poemas estaban tallados. A la inspiración, sin duda, la ayuda constantemente con la dedicación.

En "Claro interior" todo viene de la vida. Es un libro desnudo que me emociona y que me pone los pelos de punta. Hace unos meses, Ángel nos dio un pequeño susto, porque su salud se desplomó: afortunaddamente, no fue más que un susto.

El susto, creo, le ha venido muy bien a su poesía, escrita para agarrarse a la vida, con el corazón y con las tripas y con  una fuerza increíble. "Claro interior" es un libro bello y verdadero.

Félix Romeo (Publicado en Heraldo de Aragón, Domingo 13 de Enero de 2008)  

Félix Romeo 1968-2011 (José Ángel Barrueco)

Félix Romeo  1968-2011      (José Ángel Barrueco)

Lo conocí en persona hace exactamente dos años; lo conté en este blog. Recuerdo que me preguntó por el estado de salud de mi madre; también me preguntó por ella mediante el correo electrónico. Ahora ninguno de los dos habita este mundo. Su muerte, a los 43 años, nos deja bloqueados, absortos. Recuerdo que se ofreció para ser el maestro de ceremonias si iba a Zaragoza a presentar un libro. Ya lo haremos, creo que le dije. Pero luego la vida pasa y te destroza los planes. Ya apunté que su Amarillo perdurará como un libro de culto y lo mantengo. Gran tipo, Félix.


José Ángel Barrueco

LLorar (Un artículo de Félix Romeo para los lectores de esta página)

LLorar                                    (Un artículo de Félix Romeo para los lectores de esta página)

Llevo un tiempo llorando sin parar. Los martes y los domingos. Y también los sábados. Aunque no se me ve. Lloro delante del espejo y tumbado en la cama. Casi nunca se desbordan mis lágrimas, porque se quedan suspendidas en los ojos. A punto de saltar y agujerear el suelo. Como ácido sulfúrico.

Lloro de emoción en las bodas: en la de Anda Lydia y Óscar y en la de Ánchel e Ignacio y en la de Sole y Óscar. Lloro de tristeza en los entierros: el último, el de Boni.

Lloro cuando debo llorar y también lloro cuando no debo. Lloro de alegría. Y también, de pena, como lloraba cuando niño. Lloro por las guerras, por el hambre y por los huracanes. Lloro cuando me devora la impotencia, claro.

Llevo un tiempo llorando sin parar y de verdad. Lloro y es como si tuviera dentro una brigada de limpieza. Sin detergente. Sin espuma. Sin lavadora. Aunque con centrifugado y secado.

Lloro cuando se acaban todas las palabras. O están tan escondidas y tan alborotadas que no consigo ordenarlas. Lloro en los cumpleaños. Lloro con las canciones y en las despedidas. Lloro después de hablar por teléfono. Y a veces antes.  Lloro cuando me gusta lo que leo. Lloro en el cine. Lloro en las cenas con amigos, donde se brinda y se exalta la felicidad y el tiempo compartido.  Y el tiempo desaparecido.  Loro viendo los talkshows de la tele: esa parte de la televvisión que es ficción fabricada con sentimientos verdaderos. Lloro por lo que más quiero. Lloro por los vesos. Lloro en el verano. Y lloro cuando llueve, que es cuando mejor se llora, como de camuflaje.

Llevo un tiempo llorando sin parar y empiezo a conocer el mecanismo. Primero se me encoge el estómago. Luego se me ponen telarañas en los párpados. Más tarde se me congelan las orejas. Y aparecen las lágrimas que quedan en equilibrio, como carámbanos de sal.  Lloro cuando veo a un amigo. Lloro mirando el paisaje desde el coche.

Llevo un tiempo llorando por todo. Y no lloro como un acto de la voluntad sino obedeciendo a mi cuerpo: de manera involuntaria, incontrolada. Aunque no me atrevo a escribir que indeseada. Lloro y el llanto me parece una extraña ITV de la vida.

Félix Romeo Pescador

(Zaragoza 5 de Octubre de 2005)

No, tú no. (Para Félix Romeo)

No, tú no.                                   (Para Félix Romeo)

Félix: No, tú no...   Amiguico, amigo, quizá el más joven de mis amigos grandes: ¿Quién ha sido capaz de arrebatarte de las manos, esa bandeja de dulces,  gigante, apetitosa, que para tí era la vida?

Palabras manchadas de sangre (A la memoria de Salvador Iborra)

Palabras manchadas de sangre  (A la memoria de Salvador Iborra)


Con una hoja de metal
te sorprende la madrugada,
a tí, que sólo querías defender
las razones de la propiedad,
y buscabas, con la rabia del indefenso,
la bicicleta robada a un buen amigo,
pero, no siempre, las palabras sirven
para ganar batallas
y un encuentro de cuchilladas
dio fin a la discusión y abrió
un camino oscuro hacia la muerte.

Sobre el empedrado de la calle angosta
la sangre escribía los versos de los adioses.
Nunca imaginaste que el fin del mundo sería así
ni que la muerte vendría, de madrugada,
a cerrarte los ojos y a dejar,
en medio de las carrerillas y las urgencias,
el más largo de los silencios.

José Luís García Herrera

Traducción: Antonio Pérez Morte

Paraules tacades de sang (José Luís García Herrera)

Paraules tacades de sang  (José Luís García Herrera)

PARAULES TACADES DE SANG
 
                                                    A la memòria de Salvador Iborra

Amb una fulla de metall et sorprén la matinada.
A tu, que només volies defensar
les raons de la propietat,
que buscaves, amb la ràbia del indefens,
la bicicleta robada a un bon amic.
Però, no sempre, les paraules serveixen
per guanyar batalles,
i un aplec de ganivetades
varen donar fi a la discusió i obriren
un camí fosc cap a la mort.
Sobre les emprentes d'un carrer estret
la sang escrivia els versos dels adéus.
Mai imaginares que la fi del món seria així
ni que la mort vindria, de matinada,
a tancar-te els ulls i a deixar,
enmig de les corredisses i les urgéncies,
el més llarg dels silencis.

José Luis García Herrera

Café con Maribel (Recuerdo de Maribel Marco)

Café con Maribel    (Recuerdo de Maribel Marco)

¿Toño?  ¿Cómo tienes la agenda?  ¿Y a qué hora abres?  Anda, vente a casa después de comer.  Sí,  antes de abrir la tienda, a tomar un cafecico...    ¿Sobre la media o así?   Venga. Venga, así te cuento una historia que estoy escribiendo y debo acabar lo antes posible, si quiero publicarla en el Heraldo  del Domingo:  Me ha dicho José Luís Trasobares -que conmigo es siempre muy majo-  que me guarda un hueco junto a la Navales.  

Iba a tu casa, a tu mesa camilla o a la grande del comedor, según el tamaño del proyecto, y retirabas la labor (siempre andabas con labores entre manos) o el centro de mesa, y comenzábamos la lectura crítica, repasando el texto con una colección de sugerencias: Buscar sinónimos y antónimos, alargar las frases y quitar comas en aquellas partes del texto en las que querías transmitir cansancio, o acortar aquellas otras que pudiesen ganar en rotundidad,  repasar las tíldes...  

Una vez revisado todo decías: ¡Ahora, Toño, no me toques una coma que no hayamos consensuado! No lo hacía y sí surgía la duda hacia mitad del proceso mecanográfico, te llamaba para consultarte,  porque por entonces, tú,  tan rápida y locuaz en las sobremesas de Radio Zaragoza, que eras capaz de medir el tiempo a la vez que hacías la crónica, cuadrándola al segundo, todavía eras "analógica" y no habías comenzado tu camino de digitalización.  Escribías con dos dedos, claro que acababan de llegar a España los primeros Amstrad...

Cuando Conchita Carrillo o Lisardo de Felipe se despedían de la rueda de corresponsales, volvías a coger tu carpeta, tu bolígrafo y tus cuartillas y salías volando hacía la sede de la UAGA, de CC.OO., de U.G.T., de la Asociación de Vecinos o el Ayuntamiento, a cualquier lugar donde estuviese la noticia, para volver a transmitirla al día siguiente.   A veces había espacio para una infusión con los amigos o para algún valioso consejo como aquél de:  ¡Toño, si te dejas pisar como un gusano eres un gusano!     Lucharé por no serlo, Maribel, aunque sólo sea para mantener vivo tu recuerdo, mientras dure el intento.   Y si el esfuerzo es en vano, tú serás mi testigo: Como buen gusano anidaré en los corazones amigos.

Antonio Pérez Morte     

   

 

Una navaja (Antonio Pérez Morte)

Una navaja  (Antonio Pérez Morte)

                                              

 

                               Para Salvador Iborra

 

La existencia
se ha vuelto complicada,
muy complicada:          ¡Una navaja
se abre paso en mitad de la noche!

Huye, chorrea por las lúgubres calles
de la Barcelona más vieja.

Pedalea la muerte 
sobre tu bicicleta robada
mientras tú,
sin aliento para decir nada,
fluyes, como lo hiciste en cada verso.
Inevitablemente fluyes y te desangras
                                    y te desangras
                                    y te desangras.

 

Antonio Pérez Morte 

La rémora. (Antonio Pérez Morte)

La rémora.      (Antonio Pérez Morte)

José Ángel Biel, trata de disimular su tartamudez y a veces, en alguna frase lo consigue, pero enseguida vuelve a tropezar: Es entonces cuando vuelve a alargar la primera vocal y toma aire para seguir alimentando un discurso, ambiguo y hueco que le permita continuar desplazándose a derecha o izquierda, a conveniencia.  Biel y el Par, son, desde hace muchos años una rémora cada vez más visible, una rémora que el líder de los aragonesistas no puede escamotear cada vez que abre la boca.