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Antonio Pérez Morte

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Alzheimer (Antonio Pérez Morte)

Antonio Pérez Morte, poeta y crítico, y sobre todo lector entusiasta desde su refugio de Sabiñánigo, ha escrito este texto sobre el mal de Alzheimer, esa terrible enfermedad que borra la memoria. Lo cuelgo aquí por completo. Ha recibido elogios y conmociones por doquier. Todas las fotos son de Peter Granser.         (Antón Castro)

 

 

Antonio PÉREZ MORTE


Alza la pierna derecha, estira el pié, lo arquea, parece la protagonista de Escuela de Sirenas. Hijo mío ¿ves? Le pregunto cómo sabe que soy su hijo y me dice que es sólo una forma de hablar y así es, habla con sinceridad porque a los cinco minutos me llama papá para decirme que tiene miedo “de las sombras y de los niños-florero que saltan a la comba” allí mismo, a nuestro lado, con los cables llenos de electrodos.

El doctor Voltios, tiene un despacho aquí desde hace tiempo, está en la segunda planta del Hospital Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza, al que todo el mundo llama “el provincial”. El doctor Voltios, según mi madre, debe ser uno de los mejores médicos de geriatría y ella ya le había oído nombrar antes de venir a Zaragoza para ponerse, literalmente, en sus manos. El médico, que como ya he dicho ostenta un gran éxito profesional, por lo que realmente se ha hecho famoso ha sido por “vender zapato artesano de calidad, al peso”. 

Mi madre, que ya ha tenido un puñadico de hijos, quiere comprarle a Voltios una bolsa con kilo y medio de zapatos pequeñines, entre los que haya, al menos, alguno de cuello alto y alguna zapatilla de fresa. Me dice que tendré que ir pronto porque siempre hay mucha cola de pacientes-clientes y además si no lo hago, la enfermera se olvidará del abriguito de piel blanca que Conchita eligió para regalar a Jaime, el nietecico más pequeño de su hermana Carmencita, a la que entre sueños llama algunas noches Caperucita, Caperucita Morte, para que no haya errores o equívocos.


Un poco antes de salir de la habitación hacia la tienda-consulta, mi madre, me reta: “¡Sube ahí, a esa ventanica!” Le digo que no, y que no es una ventana sino el ojo de buey que ilumina la habitación 279. Me dice una vez más que me equivoco y que en este hospital, lleno de secretos, sólo los más viejos saben realmente lo que ocurre: En la planta de arriba, al parecer, vive un prestigioso carnicero y a partir de las cuatro y media de la madrugada, comienza a despachar sus especialidades. Debo encontrar esa escalera para entregarle la lista de la compra; espero que para entonces mi sudor haya remitido un poco y vuelva a sentirme bien, valiente, con los cojones de antes, los cojones de cuando fui mi abuelo.

A mi abuelo yo no le conocí. Sólo sé que Víctor volvió enfermo de África tras la guerra civil y la tuberculosis obligó a las tres hermanas a separarse entre sí… alejándose de él. Si no fuese por aquella extraña fotografía en blanco y negro –enmarcada en portafotos rojo de piel-, que mi abuela Petra tuvo siempre en el cuarto de labor, yo nunca le hubiese imaginado así, con esas gafas pequeñitas, negras y redondas y con esa eterna tristeza que ella recogió para sí, casi como única herencia.

¡Antonio! ¡Marido! ¡Jorja! ¡Petra! ¡Maribel! ¡Víctor! ¡Carmencita! ¡Consuelito! ¡Luisito! ¡Paula! ¡Marta! …


Cuando ella se desespera, no hay nada ni nadie que la calme. Cuando ella se siente sola, está sola aunque no lo esté:

¡Angelita! ¡Carmen! ¡Maribel! ¡Toñín! ¡Petra! ¡Mamá! ¡Yaya! ¡Bebola! ¡Marta! ¡Antonio! ¡Marido! …

Mi madre me pide unos zapatos que ya no me valgan. Unos zapatos viejos para una calor vieja, “porque hace mucha mucha calor aquí, como si hubieran nacido seguidos siete hijos menudos. Siete muñequines sin padres. No sé cómo decirlo. Se rompió el pantalón del tiempo y llamamos para reclamar unas sábanas decoradas, unos platos en los que cene la novia de Napoleón, Napoleón que vivió aquí al lado, en la Carrerilla de Ambirteles. Venga, venga. Vamos, vamos, que están muy frías las sombras de los árboles y el sótano para hombres donde nacen los hijos. Hijos limpios como la luz de esa nube que nos llama al salir de un cine donde los gitanos comían pasteles de merengue y un sarampión negro como los días de la guerra, rompía los bordados de las cuadras más amables. Una calle donde nadie se ahoga ni se limpia la saliva que fue un tesoro para los abuelos, que llamas después de muertos: 

“¡Yayo, yayo, soy la Conchita! ¡Tu Conchita, yayo! ¡Yaya! ¡Yaya Jorja! ¡Yayo! ¡Yayo Pepe!”

Dios mío, ahora tengo que preparar la reunión de las fiambreras y no se aún si enfrían tanto como dice la madre de tu hermana. ¡A mi no me gusta esa mujer, pero claro, como se comían en su casa los nombres de todos los perros, ahora, que acabo de volver de Villanueva me dicen que si mire usted, que si tal, que si cual y yo no encuentro las cuatro pastillas que dejé en el colgador cuando volvió la Caballé del fútbol…!”

"Todos los jueves dijo que vendría tu hermana Maribel, pero ya ves, aquí nadie trae más mandarinas ni la plástica del dinero. Y la chica de Madrid mira si se peina los largos hacia abajo. El otro, que os llaman siempre igual, es tan grande y tan cariñoso que tengo miedo hasta de que me toque. Los demás días viene la familia de las blancas, las del bar de ahí fuera, a pasar y a pasar para traerme lapiceros, bolicas y pastillas, nada que no se sepa, pero que les quiero agradecer si me encuentras la tarjeta... Y tú, hijo mío ¿eres mi hijo, verdad? lo que quieras, por si tienes que volver a tu país con el hermano aquél, que salía en las revistas y me mandaba sus libros y llamaba para decirme que era tu padre…”
Mi madre busca ahora al padre y al hijo ¿Tú sabes dónde están? ¿el padre y el hijo?¿Sabes que ya no vienen a verme desde más allá del juicio? Si no fuera por la luz y este frío de sudores estamos tan contentos a ratos de este hotel.

¿Comen bien tus hijicos? ¿Comen solos? ¿Aún puedes darles de comer? Yo ahora, ya no quiero nada. ¡Dile que apague la lengua esa mujer!

100, 99, 98, 97, 96 95, 94, 93, 92, 91, 90, 89, 88, 87, 86, 85, 84, 83, 82, 81, 80, 79, 78, 77, 76, 75, 74, 73, 72, 71, 70, 69, 68, 67, 66, 65, 64, 63, 62, 61, 60…

¿Te acuerdas? Me acuerdo también de ellos todo el tiempo. Mejor no verte así. Caricatura cruel del deterioro, de un amor convertido en miedo y desconfianza.

59, 58, 57, 56, 55, 54, 53, 52, 51, 50, 49, 48, 47, 46, 45, 44, 43, 42, 41, 40, 39, 38, 37, 36, 36, 35, 34, 33, 32, 31, 30, 29… 

Creo que le has dado una bofetada al enfermero, pero no lo sabes. El enfermero un chico joven y cariñoso, que unos días es lo más bonito del mundo y otros tu enemigo. Hoy hace pucheros, en broma, y te dice que no vas a volver a verle (mañana tiene fiesta).

¡Antonio! ¡Antonio! Dile a la del carro que no pienso merendar y que hagan lo que quieran, porque yo no me lo creo... ¿Oís? No me hagáis hablar. Sólo quiero encontrarles la carica a las catervas y ya son menos cuarto, por eso cuando llegué ahora mismo les dije adiós a las pispajeras que venían conmigo en el coche de línea y que el pan lo pondríamos nosotros como cuando tu tía Blasa repetía los rezos mientras cosía. ¿Vive la tía Blasa? Me acuerdo que era una cuñada de las mías y de las otras no sé.

La tía Blasa era la hermana mayor de mi padre, dieciséis años mayor que él… y vivía con Elisa, otra hermana viuda y con tres hijas, en la calle Santa Isabel de Zaragoza…



“La Blasa tenía una hermana negra y más ancha. Ella tenía la cara menuda y las dos eran muy buenas... Una hija era monja –también como tu tía- y las otras dos eran normales. La que más fumaba era la gorda. La otra trae pasteles ” 

28, 27, 26, 25, 24, 23, 22, 21, 20, 19, 18, 17, 16, 15, 14, 13, 12, 11, 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2 , 1… 

¿Por qué me miras así? ¿Por qué me miras así? ¿Te doy mucha pena o es que me quieres? ¿Sabes que me han robado las gasas que me regaló la monja?

Ayer tuvo muchas visitas y hasta creyó ver a Carmelo Zubieta -por la tarde- sabía que se había muerto y me lo dijo: “Fíjate, ha estado Carmelo a verme y yo que creía que se había muerto, no sabes lo que me alegré de ver que no”. Hacía tantos años que no le había visto, ni a las que subían a cantar al coro, cuando se cayó Conejico de la torre y se salvó. Yo no sé si fue milagro.

¡Constantino! ¡Constantino! ¡No tenías que haberte ido con la moto! ¡La moto es un peligro! ¡Mi hermana entró con ella hasta el casino! 

50,49, 48, 47, 46, 45, 44, 43, 42, 41, 40, 39, 39, 37, 36, 35, 34, 33…

La gente dice y dice pero no se molesta y ahora se les van a caer encima todas las persianas de palabras repetidas y repetidas hacia fuera y tendremos que acordarnos de como colocábamos la vida antes de irnos a dormir.

¿Son tus padres buena gente? Igual les conozco si son de Zuera, allí tengo yo mucha familia y una casa con escaleras en la acequia de Villanueva... ¿Sabes dónde está Villanueva? Como ahora cambian tanto las cosas, vendrá la Chon del paralítico y nos traerá las cremalleras hasta casa de Sorrosal. ¿Sabes que me tengo que mover despacio, despacio? ¿Por qué me miras así?

A mi marido le gustaban unas películas horrorosas, jeje, pero yo no decía nada y me iba a verlas con él. Le daba tanta risa que hasta alguna vez se despeinaba, con lo repeinado que le gustaba ir... La Antonina ponía cara de chufla cuando nos veía en la puerta de su cine, porque sabía el tostón que me iba a tragar sólo por ver reír a Antonio así. Antonio que ya no está, ni el cine que lo tiraron, ni la Antonina, pobre Antonina, que se murió.

¿Aquí estás? ¿Cuándo has venido yayo? La Dolores del moño me ha traído el termómetro, pero no me ha querido contar lo que decía, ni cantarme ninguna canción, para que las otras no lo sepan y no molestar a la mujer sorda de delante del balcón. ¡Dios mío! ¡Qué calor hace en el convento! Será por sellar los pañales. Las prevaricias no podrían vivir en un sitio así si lo supieran y los chicos de las motos retoñan como culebreras de los árboles de alberges para beberse las canastas por la pluma en el jardín de las flores.

Al patio al que nos lleva la sobrina de las hambrunas le han crecido los peces del mantenimiento por eso mi madre quiere que vayamos a verlos, con el cura de la habitación de enfrente, sentada en su silla de ruedas, y que la hija grande no tire la leche de aquel susto.

No, no me traigas el orinal. ¡A ver si me levantan cuando vuelva y se cubra todo de despuntes y una bolsa de basura llena de nubes rojas, blandas y sucias. Araceli dice que leía El Caso, que se lo vendía yo en la tienda ¿En qué tienda?

Tiene el pelo amarillo la mujer del mono, las piernas largas largas que le suben hasta arriba y se rie y le da besos al mono que le quiere robar los estropendos que lleva por encima y salta y salta. Ahora, enseguida, me peinarás y nos iremos a ver a la tía Conchita, que no aparece por el hotel desde el día que se fue la Milagritos a Zuera. Venga, dime cuántos pañuelicos, de los mojados, nos quedan y así se lo digo a la repartidora cuando me toque la oreja o me abra la tripa. Corre, corre. Vamos, vamos. Venga, venga. Que vengan mis nietos sí. Podían venir mis nietos hoy, para verlos de dos en dos y decirle a Eloy que no es mal chico, pero que lo que pasa es que cada uno dice lo que tiene que decir por las cosas de la vida. No le hago caso y se enfada, cuando él dice cosas del médico también, pero no quiero, así que hagan ellos lo que quieran y me dejen vivir o morirme que soy ya muy mayor y son buenos estos zumos, cariñico.

120,119,118,117,.116,115,114,113,112,111,110,109,108,107,106,105,104,
103,102,101,100,99,98,97,96,95,94,93,92,91,90,89,88,87,86,85,84,83,82…

Ahora tengo ganas de orinar y dicen que haga aquí, que ya está todo bien para yo hacer, pero yo no hago marranadas y quiero ir y salir sin baladeras a hacer el pis de todos, como yo quiera, que lo hagan ellos así y me traigan a cantar a la del moño, que acaba de cantar en un pueblo aquí cerca. La del moño que siempre nos gu la playa cuando ninguno de todos los míos, tenía ningún hijo y se bañaban.

Dolores, la del moño ya le cantaba a tu abuela, aquella canción en la que sacaba flores de la cesta y fíjate, ahora de enfermera, aquí, tan cariñosa, seguro que las otras no saben quien es. En todos los días que estoy aquí la he oído cantar: Me trae papeles y amarillicos blandas, agua me trae y me trae todas las ropas de las heridas que se me caen, cuando se nos mueven los paticos. Te acuerdas de ellos y paseas por los “come y calla” en tardes de tormenta, que nos dijeron con tanto miedo que vendrían. Estoy así, así así, como el mirimarloque de los años que nos han ido robando para que tú y tú no lo sepáis de ninguna manera elegante en los demás jueves que nos queden por venir.

¡Vamos pues hijo mío! ¡Vamos, vamos! ¡Corre, corre! ¡Venga, venga! Acércate las zapatillas y ponérmelas una y una en los dos pies y le dices a Toñín, que nos vamos a ver a la Gloria otros seis viernes y volveré para hervir el agua y recoger la ropa que haya secado después de una misa para pobres…

¡Papá ven, dame la mano!



Mi abuelo se murió sólo un día –mi madre me lo dijo-, pero otros cantaba y cantaba canciones de Fleta y jotas de José Oto y aquella otra de "La paloma vendrá", que conocí muchos años después en la voz de Mireille Mathieu. Luego fue mi abuelo, su padre quien se fue como una paloma y… “ nosotras las que nos quedamos para siempre solas, porque siempre se queda ahí ese hueco como un vacío en el centro del vientre y se te van las ganas de tantas tontadas y por eso no quiero que me hagan tantas cosas, que me dejen ya de relujir, de pincharme las concordas y los almeñiques que luego se les sale todo y otra vez verdura y marranadas. 

895,894,893,892,891,890,889,888,887,886,885,884,883,882,881, 880,879,878,877,876,875,8754,873,872,871,870,869,868,867…

Díselo a la Marta, a la Martica buena que se volvió una mujer hace ya mucho. Otras no, otra se llamaba como la hija de la Carmen, pero con más sabor y yo me la llevaba a misa de la mano, por las plazas en la radio de Ángel Soler, en la Posada de los Reyes. Ángel Soler, aquel locutor de tantas vocerinas y teatros, que se ponía el cuello para arriba del abrigo y decía cosas importantes para que yo supiera que sólo yo era la muñeca más pequeña, y luego, con las ocas, en casa de la comadrona... ¡Qué embarazo Dios mío! Tu ya no te acordarás, pero nosotras estuvimos muchos años allí y allí nos paramos de crecer muchas tantas tardes entre el casino y la carnecería de la tía Milagros...

¡Si me sigues dando agua voy a apretarte el cuello!”

¿Aquí estás? ¡Anda! ¿Cuándo has venido?

Tengo como una peluca rara y a veces se me baja y no me doy cuenta de las cosas que se me rebullonan por aquí, a los lados del trapo tan bonito que me han puesto. ¡Qué risa! Les debe parecer bonito vestirnos así, a estos idiotas tan elegantes. No me gustan nada estas tragancias que me traen, pintujureadas con letras y números que no se sabe nadie.

¿Había muchos árboles en la calle? En la puerta de abajo, hay uno muy grande para guardar las bicicletas de todos los que se pasean por estos pasillos: Un hombre loco con una botella hablando del gobierno y de la crisis, pero lo demás ya es agua y me la dan con una cucharilla para que se abra la voz tragada de decir las tantas cosas por los bancos. ¡Qué lo sepa el presidente! No quiero más yogures... 

Un rosquillo bonito como la rueda de una noria, y el jugo de una fruta que nació entre dos libros. Una fruta que no andaba hasta que aprendió equilibrismo y nació al color de las plantas castañas. 

¿Anda, estás ahí? Yo acabo de llegar en el coche de línea con la prima de riesgo, sin tocarme el pañal. Tanto que dicen, se columpian. Sólo pienso comprar un colanderico para tu hermana Maribel, para ella sola, con cordón que le ajuste a las corbatas y así se pueda ir a las carreras de caballos a jugar al 19… y a los mercaditos de barrio y entredichos.

¡Papá dame la mano! me vuelve a pedir de nuevo Conchita y se la doy: ¡Papá, ahora tengo calor! Son las sombras otra vez y no quiero ni pensarlo, porque ello se llama manos prietas como tu padre y quién sabría abrir la cafetera y los trozos de pan que se escondía y las gafas para ciegos, llenas siempre de tornillos gigantes. ¡Dame un beso hijo mío! ¿Cuánto me quieres?

¡Sepárame las piernas! ¡Quítame esa almohada! ¡Tápame los pies! ¡Tápame los pies, que se nos rompe España!

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¿Qué soy yo? Joaquín Carbonell

¿Qué soy yo?                   Joaquín Carbonell

Celebramos ayer la Fiesta Nacional. También de Zaragoza. Pero se escogió el día del Pilar para englobar a martillazos una festividad que no es elogiada en todos los países latinoamericanos. A poco que conozcan esas tierras o simplemente esas gentes, se encontrarán con ciudadanos que les reprocharán que aquel viaje deColón fue algo más que una visita cordial.

Cuando nos preguntamos algunos qué somos, y sobre todo, de dónde somos, lo mejor es responder con cierta naturalidad: somos de donde somos. La madre de Serrat dijo un día que mis hijos son de la tierra que les da de comer. Es bien cierto. Los patriotas inventaron palabras para apropiarse de los sentimientos y sobre todo, para descalificar a los que no sentían como ellos. Palabras como patria, bandera, virgen, te las arrojaban (y siguen haciéndolo) al rostro para calificar tu calidad como ciudadano. Poco patriota, poco español, aragonés de pura cepa, son latiguillos y látigos, que algunos hemos recibido. Desde el confín de sentirte hombre del mundo, yo también me siento español. Y aragonés. Pero nunca nacionalista, un profesional de los sentimientos. Soy de aquí porque no puedo ser otra cosa. Con cierto orgullo por compartir territorio con Picasso, Goya, Buñuel, Quevedo. Y bajo ningún concepto tolero que otros vecinos utilicen el "españoles" como insulto. Compartiendo con Labordeta, esos versos de Somos: "Tiempos que traigan en su entraña/ esa gran utopía que es la fraternidad". Esa es la única patria de algunos.

Joaquín Carbonell

13 de Octubre de 2012

Aragón (Ángela Labordeta)

Aragón                                                    (Ángela Labordeta)

Los países son colores, recuerdos, sabores, futuro, calles, nombres, amigos, canciones. Los países son lo que recuerdas y lo que deseas, son lo que amas y lo que odias. Son sus días y sus atardeceres. Son sus carreteras, sus rincones, sus montañas y las noches en vela. Mi país es Teruel, donde con cuatro años me dispongo a dejar que se empañe mi percepción de que la vida está ausente de dolor: todavía recuerdo mis lágrimas cuando vi cómo se despeñaba acueducto abajo aquel primer regalo importante que mis padres acababan de hacerme. Mi país es Teruel, sus atardeceres rojos y los amigos que todavía no tengo. Son los pájaros de fieltro que recorta mi abuela en las tardes de invierno y las palabras que escucho sobre ese Aragón que todavía no existe. Mi país es Zaragoza, donde aterrizo con seis años, y donde al cabo del tiempo aprendo a vivir dos vidas, quizá más. Mi país es feminismo, gritos en la calle, cine club, canción protesta, noches, y al grito de "Aragón ye nazion" pensar que hay un futuro capaz de anestesiar un pasado feo y demasiado oscuro. Mi país es Villanúa y Canfranc: su estación, las verbenas y los primeros amores en aquellas noches heladas de julio. Mi país vuelve a ser Canfranc: su estación, ahora vacía y cada día más abandonada, y las noches en Hecho, donde alguien nos canta en aragonés y nosotras, mis hermanas y yo, soñamos con un Aragón que es inmenso, como un padre increíble, que cada noche nos roza las mejillas para ayudarnos a dormir. Mi país es Peña Forca y los Mallos de Riglos y San Juan de la Peña y todos los sueños que imaginé mientras atravesaba Los Monegros en busca de un dios inexistente. Mi país es mi madre y también son las tardes de invierno y las castañas a la vuelta de la esquina y los conciertos en las plazas de los pueblos: interminables tardes donde Carbonell, La Bullonera y mi padre nos enseñaron palabras y sentimientos que de verdad valían la pena. Y son los gritos de libertad que se filtraban por todas las esquinas en aquella mañana de abril, en la que miles y miles reclamaban un anhelo, el de la autonomía y el autogobierno para Aragón. Y mi desencanto hacia aquellos que no supieron amar Aragón, porque unas siglas políticas eran mucho más que el sueño de ser Aragón. Y seguimos creciendo, inevitablemente, y lo hicimos con la niebla y el cierzo y con el Ebro pegado a nuestros pies. También con el Pilar y con su túnel de los deseos, donde deseé todo lo que no se puede desear. Mi país, poco a poco, se fue convirtiendo en mi vida e inundó las páginas de los libros, los que escribí, y los que otros escribieron por mí. Mi país son las noches en Casa Emilio y es el fuerte de Rapitán, donde nos creímos libres y felices, y aquella tarde noche de un 20 de septiembre de 2010 en la que, ante la entrada del Palacio de la Aljafería, fui una voz más entre una multitud que sin quererlo me llevó hasta mis mejores recuerdos. Mi país son muchas cosas bellas y otras que no lo son tanto, más bien nada. Mi país es política, es CHA y un miedo infinito a que las palabras nos excedan y se desvanezcan. Y ganas de gritarle al viento que fuimos y seremos, pero que sobre todo somos. Mi país no está en venta, porque los que ya no están a mi lado me enseñaron que aquello que se ama no tiene precio. Mi país es verdad y el deseo de sentirnos vivos, a pesar de que a veces falten las ganas y sobren los motivos para huir. Mi país eres tú.

 

En recuerdo a mi padre.

Labordeta, casi un retrato. (Antón Castro)

Labordeta, casi un retrato.   (Antón Castro)

José Antonio Labordeta ha sido probablemente el aragonés más popular y más querido del último medio siglo. Falleció hace dos años y más de 50.000 personas desfilaron ante su féretro en el Palacio de la Aljafería, la nueva Casa del Pueblo. Labordeta se sentía un ciudadano del mundo y un aragonés de las tres provincias: de Zaragoza, donde nació y donde vivió, donde paseó con el fantasma de San Lamberto y donde compuso sus canciones, sus poemas, y conversó con sus amigos. Era un aragonés de Huesca: solía refugiarse en Villanúa y en Canfranc, lugares en los que buscaba la belleza deslumbrante del paisaje. Labordeta se sintió un aragonés de Teruel: allí vivió años inolvidables. Los vivió en la capital mudéjar, pero también en el Maestrazgo, en el Javalambre o en Albarracín. Y contemplando la serranía y la soledad de las masadas dio con la vieja, con los leñeros o los masoveros que le inspiraron poemas y canciones.

Labordeta llegó a ser un aragonés universal casi sin proponérselo. Poseía el código secreto de la empatía y la comunicación. Era llano y rudo a la vez, humanísimo y tierno, visceral y levantisco. Solía decir que, en el fondo, más que escritor, periodista, cantante, historiador, político de izquierdas o compañero de viaje de industrias culturales, era un ser que dudaba. Aquellas 50.000 personas y tantas y tantas otras sintieron su adiós y le rindieron homenaje a él y a su legado infinito.

Fue, sin pretenderlo, un Costa de nuestro tiempo que nos llegó al corazón de múltiples formas: por su actitud y su rebeldía, por su nobleza y sus contradicciones, por su sencillez y por su constante batallar con la música, con la literatura o en el Congreso de los Diputados. Era fácil percibir: “Labordeta es como nosotros y uno de los nuestros”.

Labordeta compuso ‘Somos’, ‘Aragón’, ‘Regresaré a la casa de mi padre’, ‘La albada’ o ‘Mar de amor’. Y dejó temblando en el aire y en las sienes su grito que nunca deja de ser utópico: ‘El Canto a la libertad’. El himno sentimental de su país de polvo, viento, niebla y sol. Hay seres tocados por el cariño unánime: Labordeta fue uno de ellos. Dio y recibió afecto. Cantó con todos y para todos, incluso para aquellos que quisieron desoír su canción.

 

*Labordeta en un retrato de Cano.

MI QUERIDO LABORDETA (Joaquín Carbonell)

MI QUERIDO LABORDETA   (Joaquín Carbonell)

 

 

 

 

Al presentar “Pongamos que hablo de Joaquín”, mi mirada personal sobre la vida y obra de Joaquín Sabina, me hice la pregunta que me hago siempre. Había dedicado tres años de trabajo a encauzar esa biografía. ¿Y ahora? Lo supe de inmediato: ahora toca Labordeta.

 

Le había pedido a José Antonio que me escribiese una introducción para el libro de Sabina, y no le quise comentar que un día tendría que afrontar su propia biografía. En otro tono, y con otra fórmula, ya lo había hecho: con José Miguel Iranzo le propusimos grabar una película de una hora, donde el propio cantautor va desgranando los episodios más destacados de su vida ante la cámara. Labordeta se muestra brillante como siempre fue, tan habituado a los focos y las miradas. Se muestra ingenioso, divertido, ocurrente, pero también profundo y asolado por esa tristeza que de ninguna manera se podía quitar de encima. También ese día supe que tenía que escribir los momentos únicos que pasamos a lo largo de 40 años.

Todo eso lo supe, pero no se lo dije nunca. La enfermedad le castigó con tal crueldad que al poco de escribir la biografía de Sabina, falleció. No pudo asistir a la presentación que hicimos en tantas ciudades y pueblos.

 

Alguna vez le he comentado a Juana, su viuda, que después de ella soy la persona que más tiempo ha frecuentado su existencia. Desde aquella mañana de 1967, cuando lo descubrí en el escenario del teatro del Instituto Ibáñez Martín, de Teruel, se puede decir que ya nunca dejamos de vernos con mayor o menor frecuencia. Son muchos años, son 43, que se cerraron la madrugada del 19 de septiembre de 2010, cuando falleció en una habitación del Miguel Server de Zaragoza, a la una y media del domingo.

Tenía necesidad urgente de poner eso por escrito, de contar a quien quisiera leerlo, que mi vida cambió de eje a partir de ese momento en que le vi dirigir a unos chicos tímidos e inexpertos, nada menos que una cumbre como “El mercader de Venecia”.

Tenía ganas de contar todo eso. En realidad lo he hecho desde pequeñas colaboraciones que a menudo me han pedido. Pero la mies era tanta, el agua de esa vida era tan caudalosa, que exigía todo un libro. Una biografía que no alcanza las 500 páginas por 1, qué pena...

Piensen si pueden, qué significa para unos chicos de aquella España gris y amodorrada, de un Teruel devastado y acobardado, acudir por vez primera a un instituto alejado de tu miserable pueblo. Llegábamos con timidez que casi era miedo, para enfrentarnos a una nueva forma de aprender y enseñar. Calculen qué les hubiera parecido cambiar aquellos maestros que solían encauzar a sus alumnos, con una vara de nogal o avellano, por un señor profesor que al saludar a sus chicos el primer día de clase les anunció: “Ya sé que tenéis mucho interés en aprobar, que vuestras becas dependen de sacar buena nota. No os preocupéis: estáis todos aprobados ya. Y el que no quiera venir a clase que no venga”. Fue nuestro primer choque con la modernidad, con un mundo desconocido, donde por vez primera se nos trataba como adultos. Por supuesto, nunca faltábamos a sus clases.

He tenido la fortuna de compartir a este maestro toda mi vida. Por eso este libro ha sido sencillo de redactar; solo tenía que poner a trabajar mi memoria para extraer pasajes de cada una de las etapas de su vida, que en gran medida, ha sido la mía. No me dejo vencer por la nostalgia ni por la ternura que nos suele deparar el recuerdo de la juventud, para endulzar aquellos años. Por fortuna hay otros testigos que también coinciden en la trascendencia de aquellos maestros como Labordeta, que quizás sin saberlo, hicieron de nosotros lo que hoy somos. Recuerdo que mi compañero de pupitre Federico Jiménez Losantos destacó sobre aquella etapa escolar una sentencia luminosa: “En aquella época de Teruel éramos los más modernos de España. Lo que pasa es que España no lo sabía y Teruel tampoco”.

En gran medida, José Antonio Labordeta fue uno de los responsables de que aquellos chicos crecieran hacia un futuro, donde la ética y la responsabilidad fueran agujas de nuestra brújula. Se lo conté a José Antonio una mañana, en esas visitas cuando ya la enfermedad le impedía pisar la calle. Se lo solté con cierta solemnidad, esperando que captase mi ironía gruesa. Le dije: “Labordeta, gracias a ti hoy día puedo decir que soy un desgraciado”. Labordeta me miró sospechando que detrás de esa sentencia venía el chascarrillo. Nos conocíamos tanto que a menudo el simple tono de nuestras voces anunciaba si aquello iba en serio o en broma. Pero la contundencia de mi afirmación lo desconcertó: “¿Un desgraciado?”, preguntó. “Eso es. Mira, yo a los quince años me fui a la Costa a trabajar de botones, luego de camarero, luego de somelier… A estas alturas yo podría ser un empresario hotelero de gran fortuna. Pero fui a Teruel a estudiar, apareciste tú y gentes como Eloy Fernández o Pepe Sanchis Sinisterra, me inyectastéis en vena libros y músicas y aquí me tienes: hecho un desgraciao”. Labordeta descubrió ya que mi relato traía buena carga de somardería, esa veta del humor que crece en Aragón. Me miró con la misma desgana y me sentenció: “No Joaquín, tú no eres un desgraciao. Eres un pringao, como yo”.

Tenía ganas de poner todo eso por escrito porque sé que el personaje lo merece. No abundan tipos como este Labordeta que fue capaz de mandar al carajo a un grupo de señores diputados sentados en las poltronas de todo un Parlamento nacional. Eso no suele suceder. Por eso, la noche en que soltó aquella agreste frase, media España supo que todos los políticos no son iguales, media España confirmó lo que ya sospechaba: que Labordeta era uno de los suyos. Un tipo así merece que su vida sea contada. No andamos sobrados de personajes tan auténticos, nobles, valientes, audaces y rebeldes. En realidad, una vez ausente Labordeta, yo no conozco a ningún otro.

 

Recorrer la vida de José Antonio Labordeta es pasear de la mano por la historia de los últimos 50 años de Aragón y por supuesto de España. En Aragón su huella es abrumadora: creador de la Nueva Canción Aragonesa (que él con su humor socarrón definió como “Nova Cançó Baturra, recogiendo el soniquete de la Nova Cançó). Cofundador de “Andalán”, esa revista cultural de izquierdas, que trató de quitar la costra baturra a un Aragón soñador de nubes. Siempre contracorriente, siempre fuera de la parva, siempre peleando contra una tierra que pretende regresar a un futuro de opacas miserias. Labordeta se convirtió de inmediato en la diana de una burguesía (¡) local que odiaba que alguien leyese novela americana… Ahí estaba reluciente la figura de su hermano Miguel, añorada toda la vida por José Antonio, como alocado tocapelotas de esos mediocres funcionarios zaragozanos.

Y la televisión. Y la cultura. Y la orientación a los más jóvenes. Y las canciones. Y el Parlamento nacional. Son muchas cosas. Tantas que ahora me doy cuenta de que he redactado la biografía del último español añorado con sinceridad innegociable por un pueblo necesitado de referencias. De gestos nobles y de experiencia doctoral. Ya no hay locos, gritaba el poeta, después de enterrar a Don Quijote. Labordeta es de momento el último taciturno, el eterno mosqueado, el fundador de la IDA, la Izquierda Depresiva Aragonesa, un reflejo de estos seres iluminados, de los que entran cuatro en ocho docenas. Y él fue el primero.

Joaquín Carbonell

Joan Gonper escribe sobre Escombros

Joan Gonper escribe sobre Escombros

MOLINOS EN LA CABEZA

Escombros

JOAN GONPER. ED. CELYA

He tomado vermouth con Antonio Pérez Morte bajo el cielo mismísimo de Toledo: entre correrías de hormigas, por el laberinto. Subimos y bajamos por donde las formas femeninas del Tajo, haciéndose remolón él por su atajo de Sabiñánigo. Vinimos en dar donde un cementerio de animales para pasar pronto hasta el barrio de Covachuelas, pues deseaba mostrarle donde naciese el escultor Alberto Sánchez en la calle de la Retama.  Llegó porque, ahora, después de la trashumancia dimos en leer su última obra “Escombros” en la tranquilidad, junto a él y sin distancia y a pesar de ella, contagiándonos por los sarpullidos de la amistad, soñándole como desde hace miles de siglos, mientras le encuentro entre aljibes de memoria donde las palabras, donde los versos, siempre cual jaculatoria de oración menuda musitada en mitad de una de estas noches infinitas, como dijo J.A. Labordeta en su jardín de la memoria.   Todo esto cuando los políticos se llegaron de vacaciones para tocar el badajo de la Campana Gorda. Fue cuando me vino aquí el poeta de Sabiñánigo.

Sólo desilusión nos queda a estas alturas de la vida, musita. Y añade: el recuerdo obsesivo del continuo sangrar de la utopía, del hombre en cenizas que agoniza. Buen libro, buen poeta, y grande el poeta. Se anticipa a los momentos del vendimiario y a su después. Es premonitorio. Tan solo desilusión, escombros, ruina. Tan solo soledad y una verdad; hemos paseado en Toledo. Vinimos por el claustro de la catedral, donde el horno milenario, un carro viejo, un microondas laboral, restos de andamios y las imágenes sacramentales del suegro de Goya tintándose reblanqueadas en la pared del claustro, bajo balconadas de piedra escritas por grafito escolar.  Junto a Antonio Pérez Morte fue un espejismo.

Es preciso destruir un error acerca del alimento de los presos. Y le digo de estos nuestros políticos presos al cargo, abocados a la rutina de separarse cada día, y cada vez más, del pueblo que los eligió en la urna para esa prisión de la que no desean escapar. Deberíamos alimentarlos según la medida de su apetito. Sí, pero su apetito es desmedido. Pues quítenles la barra libre de sus perennes bodas de Camacho y pónganles a yantar media ración de carcamusas dos días por semana para que a través de su apetito creciente estimulen la necesidad de ganarse el pan con el sudor de su frente como hacen las clases laborales más laboriosas. Y no tanta gratificación contractual. Y erradiquen los licores fermentados al que se dan sin moderación, que han de entrar en razón una vez que han perdido la sensibilidad social y se alejan hacia el precipicio de lo dictatorial a través de las urnas.

Volvemos al paseo toledano; a los detalles por las calles para ocultarnos del calor. De la Plaza Mayor de Salamanca siempre se dijo que una guadaña cortaba la cabeza a todo aquel que osaba levantar la testuz. Aquí, todavía no lo sé. Quizás es un péndulo demoníaco que se suelte libre en cada noche desde donde los cobertizos. Pierde el bozal y se da a la dentellada. ¿Se come a los políticos? No hay un orden. En la conversación pasamos del asesinato de Facundo Cabral a las imágenes quijotescas del quijote Javier Sánchez Rubio, el pintor de Mazarambroz y Cobisa, mientras el arqueólogo Javier Marañón López continua con las explicaciones catedralicias, los hallazgos, las humedades, portones desvencijados, ¿quizás un cortometraje con Cayetana Guillén Cuervo donde Tristana?

Antes de irse Antonio, aquí y allá miramos los entresijos de Pérez Galdós, aforismos escritos sobre la cárcel de la piedra; y vimos. Y al irse, la cicatriz en sus palabras: Solo queda esperar el milagro de perder la razón y volverse masoquista para gozar el dolor que cada día nos brinda. Y porque si el mundo es redondo, no sabemos qué es ir adelante.    

 

Joan Gonper, Editor de Celya  

(La Tribuna de Toledo, Toledo, 9 de Septiembre de 2011)

Luis Eduardo Aute escribe sobre Escombros

Luis Eduardo Aute escribe sobre Escombros

He leído los poemas de "Escombros" : definitivos, implacables, terribles, bellísimos. Excelente el repertorio de aforismos. "Vivir me matará", genial. 

Iván Humanes escribe sobre Escombros

Escombros


Antonio Pérez Morte (Zuera, 1960) publica Escombros en la Editorial Origami. Una recopilación de inéditos y aparecidos en diversos medios desde el 1978 al 2008. Como bien dice José Ángel Barrueco en el prólogo, los versos "Sólo queda el recuerdo / Es decir, la cicatriz transparente" del último poema del libro con título La cicatriz transparente, encierran el significado de esta compilación poética: "El sentido último de este poemario que abre pasadizos en el recuerdo con la misma intensidad de quien escarba en la piedra en busca de algún mineral precioso". Significativos son los poemas que bajo la forma de prosa hacen memoria del niño, del murciélago llameante y del azar de las manchas de la infancia, que son como un paréntesis donde el recuerdo, el destino, y por qué no, la confusión, aparecen como si el poeta sacara la cabeza, tras su buceo por el lago, en esa época pasada que labra el presente. Atentos a su Cementerio de animales: "Riendo a carcajadas / me dijeron: El perro ha muerto. / Llorando abandoné el cementerio. / Y ladré por ti, / interrumpiendo aquel padrenuestro." El dolor que es un instante onírico, algo cómico pero que golpea al mismo tiempo. La vida es el borrador de un poema, nos dice Antonio. Y así lo parece. Tras la lectura de Escombros uno puede complementar el poso de su pensamiento con Swans, un grupo que en su etapa experimental, en concreto con su The Beautiful Days, atrapa la memoria, lo bello y el dolor, ¿también la angustia? Creo que es el complemento ideal para una lectura de este tipo. En mi cabeza una pregunta del poemario: "¿La loca del ático vivía sola?".
Iván Humanes

David González escribe sobre Escombros

 

Este poemario, Escombros, tiene para mí varios motivos de satisfacción.
Uno: lo ha escrito Antonio Pérez Morte, amigo y poeta al que admiro y respeto.
Dos: el prólogo lo ha escrito mi hermano José Ángel Barrueco.
Tres: lo publica la Editorial Origami, o lo que es lo mismo: Ana Patricia Moya & Antonio Huerta, dos personas a las que debo mucho y ellas saben por qué.
Cuatro: Antonio me cita en las Dedicatorias.
Cinco: se trata de un gran poemario.






Manu Guerrero escribe sobre Escombros

Manu Guerrero escribe sobre Escombros

Escombros es uno de los acontecimientos de mi verano: El poemario que  acaba de publicar mi buen amigo Antonio Pérez Morte.   Una edición cuidada y bella de Origami, con versos escritos entre 1978 y 2008. Unos poemas íntimamente manchados de zozobra y tristeza, que nos devuelven a la irremediable esencia de lo que somos y sentimos. “Sólo desilusión nos queda a estas alturas de la vida”, empieza Antonio escribiendo en la primera página. Un recorrido que va desde la decepción a la desesperanza, con La cicatriz transparente, el último poema, donde “Sólo queda el recuerdo, / es decir, la cicatriz transparente. / Vivir amnésico el resto de la muerte, / y paladear cada renuncia. / Sólo queda / esperar el milagro / de perder la razón / y volverse masoquista, / para gozar el dolor / que cada día nos brinda.” 

Antonio se encarga, con esta nueva entrega de literatura brillante y útil, de hacernos -igual sin saberlo- un gran favor: Nos recuerda el muerto que todos llevamos dentro, la fría condena que nos aguarda. Nos hace ver, de nuevo, que también en la muerte -como en la memoria y la salud- el reparto es injusto. Y que los que fueron, son, y los que somos, dejaremos de ser algún día. Ahí es donde siento el escalofrío que me hace escribir en los margenes de sus poemas, replicar con emociones las cuchilladas de sus palabras. Y ese es el inmenso canto a la vida que le agradezco. Porque solo quien tiene la certeza de que pronto va a morir sabe apreciar el lujo de estar vivo, sano y libre.

Octavio Gómez Milián escribe sobre Escombros

Octavio Gómez Milián escribe sobre Escombros

Leo Escombros de Antonio Pérez Morte y leo a un poeta que maneja las palabras con la sencillez de los años, un poeta de la generación penúltima, un enfant terrible que se abrió paso a dentelladas en los ochenta y que, tras un tiempo, vuelve con la misma intensidad, sin sofocar el discurso. Las páginas de Escombros son un lugar de encuentro, de voces y recuerdos, una amalgama de estilos que recogen una vida. Sostener un libro como Escombros en las manos es como acariciar el diario lírico de una voz fundamental en la literatura aragonesa de los últimos treinta años. Celebremos su vuelta con nuestro mejor vino especiado.

Texto: Octavio Gómez Milián

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Ángel Guinda escribe sobre Escombros

Ángel Guinda escribe sobre Escombros

Poesía auténtica e imprescindible: llena de verdad, resistente frente a la difícil existencia, solidaria frente a la soledad agobiante de la condición humana, ejemplar por su belleza y su moral insobornable, comprometida siempre con la causa del amor y el sufrimiento, generosa con todo y hacia todos... 

Ángel Guinda

 

Yo no soy malo (LUIS GARCÍA MONTERO)

Yo no soy malo        (LUIS GARCÍA MONTERO)

Yo, señor, no soy malo, aunque no me falten motivos para serlo. A lo largo de estos días, he recordado muchas veces el célebre comienzo de La familia de Pascual Duarte, la narración de Camilo José Cela. En los debates públicos, parece que los ciudadanos tenemos la culpa de todo. La crisis no se debe al fracaso de la economía neoliberal, sino a la desmesura de unos ciudadanos que han vivido por encima de sus posibilidades. El respeto a la libertad sexual vuelve a convertirse en un problema para los que aspiran a regular la naturaleza según la lógica del infierno y el pecado. Y la degradación de los servicios públicos está relacionada con el deseo de los funcionarios de no cumplir con su trabajo. Cargamos todos con toda la culpa de todo.

El escepticismo prudente tiene su justificación y su virtud. Después de tantas decepciones graves, es mejor no dejarse arrastrar por quimeras y sostener una sensata conciencia crítica. Pero cuando el escepticismo se transforma en un descrédito fundamentalista de los ámbitos públicos y las ilusiones colectivas, acaba rebotando en el espejo del Estado y cayendo sobre los hombros de los ciudadanos. De ese modo las decepciones se resuelven con una sistemática criminalización de los individuos. Sí, la economía neoliberal, que con tanta insistencia defiende los ámbitos privados y la desregulación, conduce también, como los totalitarismos, a la criminalización de los individuos.

Este proceso lo ha hecho evidente el Ministerio del Interior al pretender penalizar la resistencia pasiva y pedir dos años de cárcel para los convocantes por Internet de concentraciones que desemboquen en actos violentos. Es difícil pisar un charco tan fangoso a la hora ofender la libertad. ¿Cómo se puede confundir la responsabilidad de una convocatoria y el comportamiento posterior de algunos participantes? En esa confusión corre un peligro muy serio la democracia.

Pues yo no quiero que me criminalicen. Yo no soy un extremista, ni un populista antisistema. Yo no soy malo.

Yo soy el estudiante que intenta defender la educación pública, con calefacción en las aulas del invierno y con profesores en los colegios y los institutos. Salgo a la calle y protesto.

Yo soy la mujer que se niega a ser tratada como asesina de niños por defender una ley digna de interrupción del embarazo. Soy la mujer que no está dispuesta a que desaparezcan las inversiones contra la violencia de género. Salgo a la calle y protesto.

Yo soy el homosexual que no comprende cómo se permite que un obispo, en la televisión pública de un Estado laico, pierda los papeles y se gaste mis impuestos en pregonar barbaridades contra la dignidad humana. Salgo a la calle y protesto.

Yo soy el ciudadano que quiere una democracia real, no un ámbito oficial manipulador de los programas electorales y los votos. Salgo a la calle y protesto.

Yo soy el funcionario que no resiste más desprecios y que no permite que se le falte el respeto a su trabajo con chistes sobre la hora del café, la lectura del periódico y la holgazanería. Salgo a la calle y protesto.

Yo soy el trabajador con derecho a organizar una huelga general y un piquete, cansado de que los gobernantes legislen al servicio de la economía especulativa. Yo soy incluso el pequeño y mediano empresario que defiende la economía productiva, porque la mayor parte de nosotros no son líderes del IBEX 35 o de la banca alemana, sino gente angustiada que necesita animar las ciudades, abrir sus tiendas, mantener sus negocios, y para eso hace falta que los individuos tengan un euro de más en el bolsillo y una culpa de menos en la cabeza.

Si el escepticismo se convierte en el descrédito perpetuo de los ciudadanos, el necesario sentido de la responsabilidad acaba diluido en el sumidero de la culpa. La desconfianza generalizada impide cualquier instinto de compasión y solidaridad. Y esa criminalización del individuo consigue enviar dos mensajes muy reaccionarios: cada cual es responsable de su pobreza y todo pensamiento crítico es un anticipo de la violencia. Esta mentalidad reaccionaria se ha hecho inevitable para mantener un orden desequilibrado e injusto. Todo acto de ilusión, de protesta colectiva, de defensa de derechos, puede caracterizarse así como un problema de orden público.

La pretensión de solucionar los desarreglos sociales endureciendo el derecho penal participa de esta lógica. El populismo interioriza con facilidad la desconfianza, la indignación contra el otro y contra uno mismo. El Estado injusto necesita hacernos culpables personales de sus injusticias. Pues no, yo no soy malo, aunque cada vez tenga más motivos para serlo.

 

Luís García Montero

Justicia Poética

Justicia Poética

Félix Romeo visto por Lina Vila (Antón Castro)

Félix Romeo visto por Lina Vila    (Antón Castro)

"FÉLIX ROMEO QUERÍA VIVIR EN ABSOLUTA LIBERTAD"

-“Quería entenderlo todo en la vida. Tenía un ansia incansable por saber”

-“Lo que da rabia es que un extasiado constante como él haya tenido tan poca vida”

 

La pintora Lina Vila, seis meses después de la muerte del escritor, recuerda sus cuatro años de convivencia, su personalidad y su pasión por Zaragoza y por el mundo, y cuenta cómo se gestó ‘Noche de los enamorados’ (Mondadori), su novela póstuma.

 

Lina Vila trabaja en su estudio de San Mateo de Gállego entre arbustos y flores, el canto de los pájaros y los canales de riego. Allí vivió los últimos cuatro años con el escritor Félix Romeo Pescador (Zaragoza, 1968-Madrid, 2011). Es la primera vez que habla de él, de su carácter, de sus años de convivencia y de la vitalidad de un hombre incansable que, en su finca, se convirtió en un pequeño alquimista de las pequeñas cosas: cocinaba, hacía pan, improvisaba menús, observaba los almendros, las higueras o las distintas luces del cielo. Lina Vila también vivió muy de cerca la redacción de su novela ‘Noche de los enamorados’ (Mondadori), que se presenta mañana en el Teatro Principal. “Félix y yo ya nos conocíamos. Yo admiraba su faceta de discutidor: aquella facilidad y vehemencia que tenía para defender sus ideas. Me fascinaba no el hecho de que discutiera, sino que defendiera con valentía lo que pensaba, sin miedo al qué dirán, con libertad, con pasión y lejos de pudores. Félix siempre estaba aprendiendo. Poseía una gran curiosidad. Le interesaba todo: libros, arte, política cultural, hasta la inseminación de cerdos. Tenemos un gran amigo en Ejea que se dedica a eso, y Félix siempre le preguntaba cosas”.

¿Era fácil asumir su papel de discutidor o no?

Félix podía discutir por todo. Y en ocasiones, cuando las cosas llegaban a un extremo tenso, podía levantarse de la mesa. Lo hizo alguna vez; luego mandaba un correo o un sms de cariño y de cierto sentido de culpa. Fue siempre un ser que defendía con entusiasmo y convicción lo que creía. Él siempre decía que lo más difícil es ser libre y él quería vivir en absoluta libertad. Félix era muy inteligente y eso también le hacía ser exigente con los demás. No siempre estaba dispuesto a hacer concesiones a la estupidez, pero en el fondo, incluso en esos instantes, era un rudo tierno.

Sin embargo, en muchas ocasiones, en él también aparecía la trastienda: el miedo, la inseguridad...

Es cierto. Por ejemplo, Félix tenía pánico a los hospitales, a la enfermedad, a los médicos. No era miedo a la muerte, exactamente. Su madre tuvo que pasar por el hospital, y eso le inquietaba mucho. Tenía pesadillas con los hospitales.

¿Qué le enseñó?

Era una de esas personas que te descubren mil mundos. Aprendías a tirarte a la piscina. Era como un buzo que se zambulle en el agua un poco a ciegas y encuentra tesoros todo el rato. Su teoría era que todo te puede enseñar y abrirte caminos. Un libro le llevaba a muchos libros, un pintor a muchos cuadros y pintores. Ibas con él por cualquier sitio, y te decía, mira ese cielo, mira esa torre iluminaba, fíjate en los árboles, contempla el vuelo de ese pájaro. Y te animaba siempre: a mí y a muchos. Creía en el talento. Desde que empezó a venir a San Mateo de Gállego, le interesaban hasta las nueces. Se aprovechaba del silencio, le gustaba estar ahí solo, cerca del avellano y del almendro.

¿Era un vitalista, entonces?

Sin duda. Últimamente he conocido mejor a su padre, Félix Romeo, también. Y tengo la sensación de que son idénticos: personas con una gran entereza y sensibilidad muy preocupadas por los demás. Ves a su padre y entiendes mejor a Félix: tienen fortaleza, decisión y voluntad. Y hay algo más que les une: casi nunca hablan de sí mismos.

Félix usaba un término para explicar sus bajones: “estoy melancólico”. ¿Qué quería decir exactamente?

Se daba tanto a los demás, generaba tantas ideas y proyectos, ponía tanta pasión en cosas que eran para todos que cuando no salían o caían en un saco roto se ponía melancólico. A veces le costaba entender por qué algunas cosas que desarrollaba no salían. Pero no era quejoso en absoluto, ni triste. Creo que la tristeza y Félix eran incompatibles.

¿Qué le disgustaba?

La cerrazón de algunos responsables políticos. Y la queja. Incluso cuando había una cosa mala, algo que no funcionaba, te daba diez cosas buenas. A él le gustaba mucho este mundo en libertad: decía que no podemos menospreciar nuestras conquistas y privilegios. Aquí podemos hablar, manifestarnos, podemos besarnos por las calles, incluso las mujeres, decía con humor, ja, ja. Siempre encontraba razones que contrarrestasen los malos momentos, y al final casi no te fijabas en ellos.

 

Uno de los descubrimientos de Félix en sus últimos años fue su padre: Pedro Vila.

Cuando Félix vino a casa y vio los materiales de mi padre, que falleció de cáncer, se quedó fascinado. Hizo como solía hacer cuando iba a la casa de alguien: miraba los libros, los cuadros, escudriñaba los rincones, etc. Aquí descubrió sus escritos, sus poemas, su pasión por Aragón y la cerámica, proyectos que había apoyado, como el vídeo ‘La sabina’. Le gustó mucho una idea que tuvo mi padre de plantar sabinas en Villamayor. Félix tenía un ansia incansable por saber y tocarlo todo y tenía una memoria de elefante. No he conocido nada igual.

Hablemos de otra pasión suya que compartieron: los viajes.

Siempre he sido muy viajera. Eso se lo debo a mis padres, que nos llevaban de aquí para allá siempre para conocer mejor Aragón. Félix no conducía y me llamaba “mi choferesa”. Lo que más le gustaba era salir de España: estaba un poco agotado de nuestro país. Le aburría la queja y el victimismo, le aburrían la bipolaridad política, el terrorismo... Le encantaba ir a Francia.

¿Dónde?

A muchas ciudades. Lyon le encantaba, una ciudad europea, burguesa, con un gran poso cultural y mucho dinero. Le encantaba ir de librerías y de galerías, y ver el cine en versión original. Y Niza, que era una ciudad llena de evocaciones literarias y artísticas, porque allí habían vivido Picasso, Matisse y Chagall. Marsella no le gustó tanto. Y también le gustaron Burdeos y París, claro. Recuerdo que en París fuimos a ver una exposición de Louise Bourgeois...

¿Y qué pasó?

Era curioso: siempre me había dicho que no entendía su arte. Félix no era feminista, pero sí era un gran defensor de la mujer: en los últimos años, quizá por un poco de contagio (a mí me interesa mucho el arte de mujer), se apasionó por la creación de las mujeres. Recuerdo que más de una vez me leyó en la cama ‘La ciudad de las mujeres’ de Cristina Pizán. Al final, Bourgeois le interesó mucho y me propuso que fuéramos a verla a Nueva York. Falleció poco antes, en 2010. También hemos ido a Milán, a Roma y a Venecia. Y a Lisboa...

¿No era Lisboa una de sus ciudades favoritas?

Sin duda. Yo tengo allí una prima y hemos ido mucho. A él le encantaba ir de pequeñas galerías, que a veces no tenían más de cuatro metros cuadrados. Con lo que veía, hacía proyectos, pero luego se topaba con las exigencias, en Zaragoza, de una legislación que no trabajaba a favor de los ciudadanos. Su teoría era que no eran necesarios grandes espacios para el arte, sino cosas pequeñas bien cuidadas.

¿Cómo vivía Félix esta ciudad?

Era una de las razones de su vida. Siempre pensaba en proyectos para ella: ahí están La Harinera de San José, el proyecto Noreste, un desarrollo que había hecho para cambiar el MICAZ de Ibercaja y su política e artes plásticas, que pasaba por exponer de otro modo a Goya, invitar grandes artistas e impartir talleres didácticos. Entre los libros en los que trabajaba hay cuentos de animales y de brujas, dos novelas empezadas, un diccionario de Zaragoza, quería crear un cine de versión original. Siempre pensaba cosas para mejorar la cultura de la ciudad.

¿Cómo se gestó su novela póstuma ‘Noche de los enamorados’?

A mí me parece que aquí está el escritor más sólido y más cuajado. El escritor que Félix quería ser. Este libro lo trabajó muchísimo: se documentó, recuerdo que tanto en San Mateo como en su casa de Conde de Aranda recreamos el crimen: yo hacía de María Isabel y él de Dulong. Quería entenderlo todo en la vida.

¿Estaba Félix obsesionado por el crimen?

Le daba pánico la violencia. Había escrito de escritores asesinos y delincuentes, tenía un proyecto de autores suicidas, pero a él le horrorizaba la violencia, y en particular la violencia de género. En ‘Noche de los enamorados’ lo que hace, entre otras cosas, es una investigación policial y se pregunta cómo un crimen tan espantoso había podido tener ese castigo.

¿Cómo han sido estos seis meses de ausencia para usted?

Durísimos. Tengo la sensación de que estoy viviendo una pesadilla y que no salgo de ella, pero eso es la vida: la vida es una pesadilla que hay que ver despierta. ¡Félix tenía tantas cosas por hacer! Lo que da rabia es que un extasiado constante como él haya tenido tan poca vida.

 

 

LA COCINA DE LA CREACIÓN

 

A CUATRO MANOS

 

Lina Vila dice que su pintura es esencialmente autobiográfica, que es una pintora intuitiva, que pinta lo que “le sale de sus tripas”, sus obsesiones, sus animales. Desde la inesperada partida de Félix Romeo –además de ‘Noche de los enamorados’, Mondadori publica el libro de artículo ‘¡Viva Félix Romeo!’ y Anagrama rescata en bolsillo sus dos primeras novelas: ‘Dibujos animados’ y ‘Discothèque’- apenas ha podido pintar: se siente agarrotada, insegura.

Recuerda que Félix no creía en la vida interior; a él le gustaban las personas, los amigos, salir, las tertulias nocturnas, y eso también era el alimento de su trabajo. “Escribía mucho. Demasiadas reseñas. Trabajaba de noche. Impartía muchos talleres y deja muchos proyectos en sus cuadernos de notas. Había barajado una revista de arte, con sus corresponsales en Madrid, Barcelona, Huesca. Y todo está anotado. En los últimos tiempos, además de dos novelas, una inspirada en la torre familiar y una historia de amor, habíamos empezado a trabajar en un proyecto muy bonito: se llama ‘La cocina de los escritores’. Leía libros de distintos escritores, de Colette, de Andrea Camilleri o de Donna Leon, entre otros muchos, buscaba escenas de comida y preparaba él mismo la receta y los platos; cuando los había preparado me pedía que los fotografiara. También quería hacer un libro de viajes por Aragón: íbamos por aquí y por allá, y me pedía que tirase fotos”.

Félix le dejó otro vívido recuerdo: defendía las cosas hechas, los proyectos que se culminaban. Y siempre “estaba animando. Animando. Animando. Decía que un artista debe dar siempre lo mejor de sí mismo: exponga en el Reina Sofía o en un bar de su ciudad. Y él era muy exigente con lo que escribía. Y decía que le habría gustado ser como Fernando Beltrán: nombrar las cosas, suministrar ideas, inventar sueños. Como escritor admiraba especialmente el oficio, el talento y la carrera de Pisón”.

 

Verano del 75 (Félix Romeo)

Verano del 75     (Félix Romeo)

Era el siglo pasado. El verano de 1975. El último julio de Francisco Franco y su último agosto. Yo tenía siete años. Dormía en un colchón, extendido en el suelo, en una de las habitaciones del piso de Castellón que mis padres y mis tíos habían alquilado para pasar juntos treinta días de vacaciones, en un edificio alto de un ensanche reciente. Era la primera vez que lo hacíamos y sería la última vez que lo haríamos. Castellón era un lugar extraño para veranear, no era como hacerlo en Salou o en Benidorm o en Sitges o en las Islas Canarias o en un pueblo del interior, en un país lleno de pueblos que habían ido quedándose vacíos. Éramos muchos en el piso, que era más grande que el piso en el que vivíamos en Zaragoza y que el piso en el que vivían mis tíos y mis primos en Aranda de Duero, y no había un lugar en el que se pudiera estar verdaderamente solo, ni siquiera en el baño, pero yo me sentía completamente solo entre tantos padres, madres, primos, hermanos, cuñados, sobrinos, hijos. El piso estaba lejos de la playa, junto a una plaza parque rodeada por unas palmeras muy altas y en la que por la noche, cuando huíamos a buscar la brisa, que a menudo no llegaba, atrapada en el laberinto de edificios, había vendedoras de altramuces, cuyo sabor, agua con sal, me gustaba. Las ventanas había que tenerlas cerradas para que no se llenara todo de arena y de moscas. Las persianas tenían que estar siempre bajadas para evitar que entrara el calor en el piso.

Plaza de toros de Castellón

Era de noche. Hacía calor. Los focos que iluminaban el ruedo añadían calor seco al calor húmedo de Castellón. El olor de los animales era muy intenso y sólido: se quedaba en el cerebro, agarrado con ganchos. Los tendidos estaban casi vacíos. Solo en la zona en la que estábamos sentados había algo más de público, pero disperso, sin forma. Se podía oír con claridad la respiración de los enanos cuando estiraban con fuerza la cola de un toro, que se movía con fatiga. Era un toro negro y flaco y viejo. Otro toro corneó al Bombero Torero, que empezó a sangrar abundantemente. Mi padre me dijo que no era sangre de verdad, que era una broma que formaba parte del espectáculo. Luego el Bombero Torero volvió a entrar en la arena, con un aparatoso vendaje en la mano, manchado de rojo, que no le impedía seguir dando pases con la muleta a otro toro igual de negro e igual de flaco que embestía cabeceando al aire. Eran los mismos lances taurinos que había dibujado Goya. Eran los mismos enanos que había pintado Velázquez, y seguían ahí, como entonces, y es posible que fueran descendientes de aquellos bufones, Sebastián de Morra, el de la perilla, Juan Calabazas, apodado Calabacillas, el de la mirada estrábica, moviéndose para hacer reír a sus espectadores: ya no hacían reír a los reyes y a la corte española, porque ya no había reyes ni corte, pero seguían intentando hacer reír a una clase media que estaba de estreno, asombrada de la distancia que habían logrado poner entre sus padres y ellos, entre los terrones y los trajes. Dos enanos se subieron encima de un toro y caminaron por su lomo, imitando los gestos de un equilibrista sobre el alambre. El toro no se movió en ningún momento, como si estuviera disecado, pero volvió a los corrales trotando, con un paso distinguido, diferente al de los otros animales. Mi padre y mi madre se reían con el Bombero Torero y con sus enanos, pero yo no conseguía reírme con las volteretas y con los revolcones. No me sentía bien por ello, me molestaba no entender el espectáculo y me parecía que esa incomprensión estaba empezando a fabricar un camino que me alejaba de la vida de los otros. Los enanos iban vestidos con minúsculos trajes de torear, cuyos dorados brillaban cuando los focos les iluminaban. Años después, vi en casa de mi amigo Ángel Golet Peg docenas de maniquíes con trajes de torear: su padre era mozo de espadas y ganaba un dinero extra alquilando trajes de torear a los chavales que soñaban con ser toreros, y que escasísimas veces llegaban a tomar la alternativa. Al acercarme a los maniquíes, vi los costurones zurcidos y las abundantes manchas de sangre, ya desleídas, sobre las chaquetillas rosas y azules. La sangre se resiste al agua y al jabón. Los enanos se inclinaban hacia adelante y se quitaban las monteras y las lanzaban al aire y las recogían con cabriolas. El olor de los animales, más caliente y más sólido conforme la noche avanzaba, se enganchaba cada vez con más fuerza en mi cerebro y no sabía cómo sacarlo de allí. Los animales formaban parte de la compañía del Bombero Torero, y aquí me gustaría ahora anotar sus nombres, como si hubiera llegado a saberlos alguna vez. Los enanos se marcharon del ruedo en un camión de bomberos de miniatura, mientras hacían sonar con fuerza unas campanas. Aplaudimos. Las luces que iluminaban la arena se apagaron.

Avenida del Mar de Castellón

Entre nuestro piso y la playa del Grao había varios kilómetros de separación, pero algunas mañanas los recorríamos caminando, siguiendo la Avenida del Mar durante más de una hora. Atravesábamos el centro de Castellón y luego avanzábamos por zonas industriales, con talleres mecánicos y naves industriales, y aun pequeñas zonas agrarias, que habían quedado encerradas, sembradas de verduras sucias, y antes de llegar a la arena entrábamos en el barrio de pescadores del Grao, construido con casas pequeñas y apiñadas, que tenían sillas bajas de enea en las puertas.

Museo de Ciencias Naturales el Carmen de Onda

Era una construcción anexa a un convento, donde todavía vivían unos monjes, aunque no se notaba su presencia. Había varias salas en las que se amontonaban vitrinas acristaladas: con fósiles, con mariposas, cientos de mariposas, con serpientes, con insectos, con huesos que componían esqueletos incompletos, con animales disecados, como los de los escaparates de las tiendas de taxidermia, pero las salas del Museo de Ciencias Naturales el Carmen no tenían el olor químico que salía de las tiendas de taxidermia, con animales hechos de papel maché o de algún otro material ligero y que no guardaban ninguna proporcionalidad con su verdadero tamaño. Algunas de las vitrinas eran grandes diaporamas y representaban a los animales en su hábitat: reproducían una escena apacible de su vida en la naturaleza. Me quedé fascinado por uno de los animales, que no estaba en una vitrina sino en una campana de cristal, quizá porque era imposible recrear en un diaporama una escena pastoril que nunca se había producido, situada en una estantería muy alta que resultaba difícil de ver: un cordero completamente blanco, de una lana rígida, que tenía dos cabezas, las dos con cuello. Además de disecado, el animal, o los animales, porque no compartían el cerebro, parecía haber sido reducido con la técnica que los jíbaros utilizan para reducir cabezas humanas. Una de las cabezas del cordero miraba hacia la derecha y otra de las cabezas miraba hacia la izquierda, pero esa simetría, que quitaba realismo a la anomalía cierta de la mutación natural, parecía habérsela dado el taxidermista jíbaro. ¿Habrían nacido también niños con dos cabezas? ¿Se dejaba que vivieran? ¿Lograban vivir durante mucho tiempo? ¿Necesitaban comer las dos cabezas? ¿Sería una cabeza la de una hembra y la otra cabeza la de un macho?

Manicomio de Jesús de Valencia

Mi padre y mi madre iban a Valencia a ver a una prima de mi padre, Marieta, que estaba ingresada en un centro psiquiátrico, desde poco después de la Guerra Civil, que era la medida del tiempo todavía entonces. Mi madre había nacido durante la guerra y su primera fotografía fue tomada en el frente, probablemente en Guadalajara, donde mi abuelo luchaba en el ejército de los sublevados. Mi madre decía “como llegue una guerra sabrás lo que es bueno”. Mi madre hablaba del miedo que causaban los maquis y de los secuestros exprés que realizaban. No sabía nada de Marieta, pero les propuse sumarme a la visita, y mis padres accedieron a que fuera con ellos. ¿Van hoy los niños de siete años a los manicomios? ¿Hay todavía manicomios? ¿Hay locos que ingresen en un manicomio y ya no vuelvan a salir jamás? En el asiento trasero del coche, un Renault 6 blanco, me pegué a la ventanilla, que estaba subida para evitar que entrara el calor, y miré el paisaje durante todo el trayecto. Los árboles y los pueblos que cruzábamos y las lomas y el cielo y los coches descapotables, dos, uno, con matrícula extranjera, conducido por una mujer, y, a veces, algún pájaro que se movía rápidamente para tratar de espantar el hambre. Marieta se alegró mucho de vernos. Su sonrisa era enorme y no guardaba en ella nada oscuro. Mis padres habían hecho su viaje de bodas a Valencia en 1958, y desde entonces, diecisiete años antes, no se habían vuelto a ver, pero para ella el tiempo no seguía la misma dirección que para nosotros. Estábamos en el jardín del manicomio, que se llamaba de Jesús, sentados ellos tres en un banco de piedra, junto a un seto verde, y yo de pie, y hablábamos como si no hubiera una frontera entre Marieta y nosotros. Marieta, lo supe muchos años más tarde, había tenido una vida en este lado en el que ella ahora ya no estaba y en el que ella no volvería a estar jamás, y había viajado y se había enamorado y se había casado y en un grave problema económico, quizá relacionado con el almacenamiento ilícito de productos en la posguerra o con el estraperlo que había terminado en juicios y cárcel, y es posible que todavía estuviera cumpliendo su condena en ese manicomio de Valencia, había estado en el origen de su enajenación. No vi a otros locos en el manicomio de Jesús, ni en el jardín ni asomados a las ventanas. No vi locos hasta veinte años después, todavía en el siglo pasado, en el manicomio de Mondragón, adonde fuimos con un equipo de televisión para grabar una entrevista a Leopoldo María Panero: cientos de locos que caminaban por un patio no muy grande y atestado, locos con la mirada perdida, desaseados, todos hombres, alcohólicos, solteros, según me dijeron, vestidos con trajes oscuros y que se acercaban a tocarme para comprobar que no era una imagen que existiera solamente en su cabeza y que al comprobarlo se quedaban durante un instante a mi lado esperando algo que yo ignoraba y al no obtenerlo volvían a caminar recuperando la dirección trazada con anterioridad. También nos sentamos en un banco con Leopoldo María Panero, que solo quería fumar, un cigarrillo tras otro, y beber Pepsi-Colas, como el loco investigador de las novelas policiacas de Eduardo Mendoza, y no quería responder preguntas, si acaso recitar sus poemas llenos de sapos: “Tengo cinco poemas / escritos contra mí mismo / contra mi máscara y deseo / de ser verdad, como la muerte, / como el sapo obsceno de la muerte / que escupe aún un tardío poema / un poema ya para nadie / la imagen del lector contra / treinta monedas”. Marieta preguntaba a mi padre y a mi madre por personas que habían muerto mucho tiempo atrás. Mi padre y mi madre le respondían diciendo que esos muertos estaban muy bien, e inventaban la prolongación de sus vidas fantasmas. A mí me confundía Marieta con un primo suyo, con el que había estado muy ligada de niña, que también había muerto, y me hablaba de un río en el que yo no había estado pero del que notaba el contacto con sus aguas en mis pies. Yo no le llevé la contraria, movía la cabeza asintiendo. Josep Carles Laínez vivía en el barrio del manicomio de Jesús de Valencia y ha escrito que “a los locos los dejaban salir muy de vez en cuando, y pululaban por el barrio”. ¿Si hay ahora manicomios y si hay locos en ellos, los dejan salir por las calles? ¿Hay niños que los miran? Marieta me acarició la cara y quiso darme un caramelo, se rebuscó en los bolsillos de la chaqueta de algodón fino que llevaba, pero no tenía caramelos, y de repente perdió el interés en nosotros, dejó de hablar, se levantó y se dirigió hacia una puerta, donde la esperaba una monja, que la envolvió en sus brazos como si se tratara de un animal herido. Levantamos las manos para despedirnos. Salimos, cruzando una puerta de hierro. Pregunté a mi padre por todos los muertos que habían resucitado y fue mi madre la que me respondió. Me habló de la necesidad ocasional de la mentira y de sus beneficios. Sin embargo, yo, de momento, no tenía que practicarla: yo tenía que seguir diciendo siempre la verdad. Siempre. Anocheció mientras regresábamos a Castellón, muy despacio, en una carretera llena de camiones. Cuando mi padre aparcó el coche cerca de la gran plaza parque en la que estaba nuestro piso, mi madre me despertó sin violencia, como tantas veces hacía para que yo fuera al colegio, diciendo en un susurro mi nombre: Félix, Félix.

Lonja de pescado del Grao de Castellón

El suelo mojado y continuamente remojado por unos operarios que llevaban una larga manguera y botas altas de goma verde. El olor a pescado suspendido en el aire y el olor a sangre fresca de pescado suspendido en el aire. Las cajas llenas de sardinas. Los pulpos. Los atunes. Los vendedores subastando los lotes. Uno de ellos me pidió que me acercara. Llevaba un delantal de rayas horizontales negras y verdes. Cuando llegué, cogió mi brazo, como si fuera un ventrílocuo y yo su muñeco, e hizo que mi mano acariciara el lomo de un pescado, siguiendo solo una dirección. Diles que es más suave que la seda, me dijo. Y yo, que todavía no podía mentir, pero que todavía no reconozco el tacto de la seda, decido decir mi primera mentira benéfica y digo que sí. La gente se rió. El vendedor cogió el pescado y me lo entregó. Lo cogí por la cola y cuando regresé al lugar en el que me esperaba mi padre, me dijo, mientras se sonreía: la pesca ha sido tan buena que ha merecido la pena madrugar. Por la noche, después de volver de la playa, mi madre preparó el pescado y me lo sirvió entero en un plato para mí. Tenía muchas espinas: algunas se me clavaron en la boca.

Desierto de Las Palmas, Benicàssim

La distancia entre Castellón y el Desierto de Las Palmas, junto a Benicàssim, es de poco más de diez kilómetros, pero parecía que lleváramos horas en el coche. ¿Éramos también nosotros figuras dentro de un diaporama? ¿Éramos una representación de la vida y no la propia vida? Cuando nos estábamos acercando vimos humo que se elevaba hacia el cielo, que estaba gris, la razón por la que habíamos cambiado el día de playa por la excursión pedagógica, y cuando nos estábamos acercando todavía más vimos las llamas y vimos cómo ardían las copas de los árboles. Cuando empezábamos a alejarnos el olor y el calor del incendio entraron en el coche. Mi madre sacó de su bolso un bote de plástico rosa lleno de colonia, empapó su pañuelo y me lo dio para que me lo pusiera cerca de la cara. Cuando estábamos más lejos, el pañuelo apretado en mi nariz, me giré completamente para mirar el fuego a través del cristal trasero del Renault 6 blanco. El humo iba ganando espacio y consistencia en el cielo. Las llamas eran de un naranja intenso.

Félix Romeo (Letras Libres, Julio de 2011)

Fingir el sueño (José Ángel Barrueco)

Fingir el sueño   (José Ángel Barrueco)

leía mucho por las noches
como ahora, como siempre

al oir el portazo de mi padre
tras regresar a casa del trabajo,
cerraba el libro, apagaba la luz y fingía el sueño

unos minutos después sentía
el movimiento de la manija de la puerta
una mano giraba el pomo:
despacio
muy despacio
en silencio casi absoluto

abría un ojo y notaba la luz filtrándose
en el cuarto desde el exterior

en la rendija entre la puerta y la jamba
asomaba su cara como una aparición fantasmagórica

¿estás dormido?

pero yo no contestaba
fingía un sueño profundo
aguantaba la respiración

alguna vez respondí,
y eso supuso varas horas
de monólogo o, lo que era peor,
alguna bronca, algún desahogo
sobre su trabajo, su madre o la mía
y los disgustos que le daban

en la distancia,
ahora veo que
no hay nada
tan triste en la noche
como un hijo fingiendo
su sueño para no hablar con su padre.

 

JOSÉ ÁNGEL BARRUECO

(Incluido en el poemario inédito Le aplastaré con mis versos)

-fragmento- (félix romeo)

-fragmento-                        (félix romeo)

"Tendría que saber cosas que no quiero saber."

                                                  félix romeo   (amarillo)

La semana de Antonio Pérez Morte en Crepusculario Siglo XXI

La semana de Antonio Pérez Morte en Crepusculario Siglo XXI

http://crepusculariosiglo21.blogspot.com

 

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Félix (Aloma Rodríguez)

Félix  (Aloma Rodríguez)
Félix Romeo era la alegría que llegaba en forma de helado, de brindis ruidoso, de canción desentonada pero entusiasta; de caja de bombones, de regaliz o de libro. Siempre era torrencial y vehemente, como cuando defendía la libertad, algo que ha hecho con voluntad férrea en las páginas de HERALDO. Pasaba muchas horas en piscinas, de amigos, públicas y en una pequeña balsa que construyó este verano en la casa que compartía con Lina Vila.
A Félix Romeo le gustaban muchas cosas y todas le gustaban mucho. Disfrutaba de la belleza, de las ciudades, de los paseos, de un café solo con hielo en una terraza, de los pistachos, de la risa a carcajadas y del amor en todas sus formas. Le gustaban mucho los diccionarios, ir al cine y las granadas. Señalaba todas las referencias aragonesas que aparecían en los libros que leía, que eran muchos, y tenía el don de hacer sentir especial a cada uno de sus amigos. Era un torpe pero esforzado jugador de waterpolo y un estupendo inventor de chistes.

Condensaba muchas vidas en una sola: el tío ideal, el hermano mayor, el hijo adorado, el crítico audaz, el analista político lúcido, el escritor moderno y sorprendente, el polemista con argumentos, el mejor amigo, el cómplice, el que hacía reír, el descubridor de cantantes, escritores, revistas, etc. Era una bisagra siempre engrasada y dispuesta a conectar a un traductor con un editor, o a un escritor con una editorial. Su generosidad no tenía límites. Por eso, nuestro mundo va a ser un poco más pequeño ahora que él ya no está para ensancharlo, para hacernos repensar el mundo y nuestras ideas o para recomendarnos el disco de un cantautor que acababa de escuchar, como Rafael Berrio. Félix se ha ido cuando las granadas empiezan a estar maduras, cuando el otoño llega para instalarse. Ni siquiera la fuerza del cierzo zaragozano va a poder llevarse la tristeza que invade la ciudad, de la que era un absoluto enamorado y un gran embajador. Félix usaba a menudo una cita de Salman Rushdie, de ‘Pásate de la raya’: «para demostrar que el fundamentalista se equivoca, tenemos que saber primero que se equivoca.

Tenemos que estar de acuerdo en qué es lo que importa: besarse en público, los bocadillos de jamón, la divergencia de opiniones, la última moda, la literatura, la generosidad, el agua, una distribución más justa de los recursos mundiales, las películas, la música, la libertad de pensamiento, la belleza, el amor. Esas serán nuestras armas». Félix Romeo era un auténtico defensor del placer y de la alegría, y para demostrar que no se equivocaba tenemos que besarnos, bailar, cantar, disfrutar de las cenas con los amigos y ser todo lo felices que podamos. Ese será nuestro homenaje.
 
 
*Columna publicada el domingo 16 de octubre en el suplemento “Heraldo Domingo” de Heraldo de Aragón.

La foto está tomada en 2008, durante un viaje en tren de Zaragoza a Teruel, y me gusta mucho porque está escribiendo.
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