Los trabajadores... (Marcelino Camacho)
¡Los trabajadores seguimos siendo los parientes pobres de la Democracia!
Cuando uno cae, se levanta y sigue.
Marcelino Camacho
¡Los trabajadores seguimos siendo los parientes pobres de la Democracia!
Cuando uno cae, se levanta y sigue.
Marcelino Camacho
Con el corazón sobresaltado todavía por la ruleta trágica del azar, caminamos hacia la noche pensando en ellas: Ayer a nuestro lado y nunca más. Nunca más sin más motivo, nunca más. Porque sí y ya está, todo vacío. Caminar convirtiendo un sinsentido en oración.
Lo que le pasa a la Historia es la mentira.
Al sin techo le pesa el cielo encima.
Lo que le pasa a la paz siempre es la guerra.
A la economía le pesa la ambición.
Lo que le pasa al Poder es no poder.
A la Religión le pesa el fanatismo.
Lo que le pasa a la vida es la muerte.
A mí lo que me pasa eres tú.
Ángel Guinda
(Poemas para los demás, Papeles de Trasmoz , Olifante, Zaragoza 2009)
Fotografía: Marc Roboud (1967)
Para la mujer más valiente del mundo.
Empieza otra vez la rutina impar
del primer, tercer y quinto día de la semana.
Subo a mi Volkswagen Polo,
pongo las llaves en el contacto.
Arranco. Meto primera.
Acelero y salgo a buscarte.
Surco una avenida llena de imperfecciones
que nadi arregla, doce semáforos
que amenazan con su luz ámbar,
siete rotondas, fósiles de seres
metalizados que nadie logra adivinar
y una pila de caballos de colores
agrietados por el paso gris del tiempo.
Una vez cruzada toda la ciudad,
y tras discutir con aquellos
que se interponían con su torpeza en mi camino,
llego al hospital que tantas veces nos ha visto,
subo a la primera planta y observo el mismo cartel,
Unidad de Hemodiálisis.
Llego a nuestro punto de encuentro.
Tras esperarte diez minutos
apareces al fondo del pasillo,
con la tensión por los suelos
y cansada después de favor
que te ha hecho la máquina,
filtrando cada gota de tu sangre.
Tardo poco, dices, y entras a cambiarte,
cuando sales una sonrisa escondida aflora,
me agarras del brazo y volvemos al coche.
Es viernes, quizás un milagro
rompa esta triste rutina,
sino fuera así ya sabes,
te espero en nuestro lugar de encuentro,
a la misma hora de siempre
Antonio Huerta Orihuela
(Dichosa tarde en escala de grises, La casa del pintor, Sevilla 2010)
La lucha fue para nosotros una forma activa de vivir. Sólo podíamos avanzar así, abriéndonos paso entre las ruinas de una sociedad que no era nuestra por más que nos la quisieran imponer... y luchamos por cambiarla, con más voluntad que eficacia en todas las trincheras, enfrascándonos en cada batalla con el mismo objetivo. Nunca ganamos ninguna porque fuimos críticos; por el contrario al no ser sectarios, cada pequeña victoria también fue la nuestra.
Crecimos deprisa constreñidos por una enseñanza que queríamos olvidar mirando a un futuro que todavía no nos pertenecía. Entramos en los kioskos y en las librerías como animales asustados con sed de saber y supimos de autores y obras que nos cambiaron por dentro para siempre y que jamás olvidaremos.
Escribimos en paredes, plaquettes y sobre algún cuerpo desnudo la caligrafía primera de tanto amor y esperamos la tarde de los viernes como un regalo de Marx o de Dios: Para entonces ya teníamos Triunfo, Andalán, Mundo Obrero, Venceremos... y la esperanza y la ironía intactas. Ignorábamos el tremendo peso de todas las putadas con las que el tiempo acaba cargando las mochilas rojas de los chicos buenos.
A veces vivo un poco
y ostento la evidencia
como un coleccionista.
Algún trofeo
rutila en las escarchas de mi nombre
y emerge la que era
en el engaño del verbo flagelado.
Mi intemperie
descansa un instante
en el pedestal de hierba de sus ojos,
hasta volver,
crucificada,
a la oración unitaria de la casa.
(Teresa Palazzo Conti, poeta argentina)
Tu bronca voz cruza la noche desde el lejano fondo de mi tiempo.
Viene de lejos cantándole al paisaje, al paisanaje,
por el camino del polvo.
Tu voz, nuestra voz, vuelve de nuevo, una vez más hasta nosotros,
con la constancia pertinaz del eco
y atraviesa la arboleda para barrer, con la fuerza del cierzo,
la sucia hojarasca de días pretéritos.
Tu voz desbordante brotando, siempre, con la incontenible fuerza del mar de amor,
del mar y el amor, del agua y el fuego,
para romper la distancia y derribar los anchos muros del silencio.
Cantarás, cantaremos a la libertad, a César Vallejo...
y un numerosísimo coro de campesinos, pastores y leñeros,
de alumnos y maestros, de jóvenes y viejos,
entonarán tus melodías y darán vida a tus versos.
Algunos viejos árboles que plantamos ya murieron:
¡Acabaron con ellos las continuas, duras heladas de tanto invierno!
¡Aún nos queda, José Antonio, el jardín de la memoria y de los sueños!
Antonio Pérez Morte
(Incluido en "José Antonio Labordeta creación, compromiso, memoria Rolde/ Sgae, Zaragoza 2008 )
"Mira, Antonio, lo mejor que he conseguido, después de todo, son este par de criaturas maravillosas que son mis nietas, estas mellizas que me tienen loco y que son tan distintas que no es que no parezcan hermanas, ni siquiera parecen primas"
José Antonio Labordeta
Un día, durante una prueba de sonido, en San Mateo de Gállego, un grupo de niños no paraban de dar vuelta alrededor de su micrófono. Él después de advertirles varias veces sin resultado les dijo: "Oir, majos, dejar de dar vueltas a los cables que esto os va a dar un leñazo que os va a dejar secos." Los críos, claro está, pararon en el acto.
"José Antonio Labordeta, tímido y tierno, tuvo que vencer su timidez para acercarse, todavía más, a sus gentes. Un día me dijo que estaba cansado de tanta mitificación hacia él y sus canciones: Se rebeló y con esa actitud consiguió que todos, no sólo los aragoneses sino también los españoles de cualquier signo, ganasen para siempre a uno de los suyos y perdiesen la posibilidad de crear un mito"
SOBRE ESTE PAPEL INMACULADO
dejo gestos de amor y de agonía,
números para el tendero
e interminables listas de objetos inútiles
que nunca adquiero.
Dejo cartas que se quedan aquí
sobre la palidez del entramado
mientras el receptor espera
una sola palabra para saber que vivo
todavía.
Sobre este papel
me invento trozos de mis otras vidas
y, al final,
no sé muy bien si soy el invento,
el inventor o el inventado.
Sobre este papel
escribo cruz y raya y lo deshago
dejando en su destrozo
mi soberbia crecida inutilmente.
José Antonio Labordeta
(Jardín de la memoria, Batlló Editor, Barcelona, 1985)
Déjame mirar
a través de tus ojos
un poco más:
¡Todavía soy aquel adolescente!
Nunca he sabido qué me duele. No he sabido ponerle palabras a este vago estupor de existir y resistir. Intento reinventarme a cada hora. Hago acopio de felicidad: si no la atisbo, la creo, la busco afanosamente en cualquier sitio, en cualquier objeto, en un jirón de nubes negras, en los almendros que muestran sus flores deslumbrantes cuando se despereza marzo. Me fajo como un púgil o un erizo furioso contra el airado descontrol de la soberbia. Sueño que la felicidad que ansío está en todo: en cuanto me ve al pasar, en la cigüeña que despliega sus alas en el torreón, en medio de la corriente, en el pato que anda, vuela y nada en el Canal antes de ocultarse bajo el tronco de un gran abedul. Nunca he sabido qué me duele, pero percibo un agobio dentro, un cosquilleo de rabia, una perplejidad de metales en la lengua y en la sangre. Vivir, a veces, es abandonarse, prescindir de la impostura, despojarse de la ambición y del vértigo: dejarse ir, hacia la inalcanzable montaña de nieve, con las manos en los bolsillos...
Antón Castro
(Ediciones Olifante, Zaragoza, 2010)