Escritores
Qúe pena (Almudena Grandes)
Yo creo, primera persona del presente de indicativo del verbo creer. Yo creo, también del verbo crear. Me levanto todas las mañanas a las siete y media, como los creadores que prefiere Rajoy. No lo hago por gusto, sino por mor de la maternidad, concepto que está muy de moda en este gran mercado persa de ayudas y rebajas donde se celebra la precampaña, y de los horarios de la escuela pública, que ya estaría bien que se pusiera de moda alguna vez. Soy, por tanto, una creadora que cree. En la utilidad de mi voto, por ejemplo. Quizás porque nunca he sido miedosa. Ni en lo que creo del verbo creer, ni en lo que creo del verbo crear. Ahora que ya está claro que la campaña electoral se va a polarizar en una sola dirección, porque la socialdemocracia se va al centro, el centro a la derecha y la derecha a la extrema derecha, yo creo que alguien tiene que ocupar la izquierda, dejar de hacer regalos con el dinero de todos y dedicarse a defender los espacios públicos, que aseguran el bienestar de los más débiles. Yo creo que nada es más útil. ¿Soy ingenua? No. Sé que mi voto vale la cuarta parte que un voto al PSOE o al PP, pero eso no tiene nada ver con la ingenuidad. Eso es sólo injusto.
Yo creo, y creo en la utilidad de las causas justas. Por eso no me afecta que muchos creadores a los que admiro, algunos a los que quiero, y hasta un hermano mayor, anden por ahí poniéndose cejas postizas. Lo que sí me hace daño es que, en lugar de pedir voto a Zapateero y atacar de paso al enemigo, digan que quieran orientar a los votantes de izquierdas que no saben a quién elegir. O sea, que no miran al PP, sino a IU. Desde que lo leí, me siento como una niña bajita, gordita y con gafas, amenazada en el patio por los grandullones del cole, no sea que se me ocurra crecer medio centímetro o ponerme lentillas. Qué feo. Y qué pena.
Almudena Grandes (El país, 19 de Febrero de 2008)
Cara a Cara (Luis del Val)
Mientras los aparatos del PSOE y del Partido Popular afinan sus exigencias, sus soberbias y sus intereses, con objeto de mantener un cara a cara entre sus líderes, el Instituto de Antropología de Leipzig ha descubierto que los únicos mamíferos que llevan a cabo el coito cara a cara, además de los seres humanos, son los gorilas.
Naturalmente, como el Instituto de Antropología no está en campaña electoral, y no se dedica a prometer cosas de dudoso cumplimiento, ha aportado pruebas documentales e incluso ha aparecido fotografiada una pareja de gorilas en el momento del acto sexual, y que recuerda un poco las posturas que una generación de españoles tuvieron que llevar a cabo en el interior del Seat 600, porque en el interior del utilitario no había ningún conserje de hotel que exigiera el libro de familia para poder ocupar una habitación.
Esto del cara a cara no es baladí. Durante la aventura en lo que desde Europa se denominnaba Nuevo Mundo, muy pronto se conoció la manera de fornicar de los españoles como postura del misionero, y es una definición que ha pasado a formar parrte del lenguaje tradicional de la sexología.
Hasta la llegada de los españoles -y sus correspondientes misioneros, que al parecer, no siempre estaban rezando- la manera de fornicar de los aborigenes era similar a la del resto de los mamiferos, y la variación en la postura debió causar pasmo y asombro, que es una situación peligrosa para las hembras, porque las convierte en más vulnerables.
Todas las comparaciones son odiosas, pero la Etología, que es la ciencia que estudia el comportamiento de los animales, arroja bastante luz cuando establecemos comparaciones entre Etología y Antropología. Al fin y al cabo, el cara a cara que esperamos no es otra cosa que el encuentro entre dos gorilas para dirimir quien va a ser designado jefe de la tribu.
Lo único que nos cabe esperar es que este cara a cara no sea un coito perverso a través del cual alguno de los dos consiga jodernos.
Luis del Val
(El Periódico de Aragón, 15 de Febrero de 2008)
El capitoné (Mariano Gistaín)
Hoy lloverá pues. No se puede machacar a los bomberos. Una ciudad que hace eso no merece una Expo. Ni nada. No se puede racanear a unos tipos que se juegan la vida. Están ahí en Valle de Broto, se les ve desde la calle, por las ventanas, esperando el timbre para salir a jugarse la vida, por nosotros. Los obispos no se aclaran. Pasan tanto tiempio amasando ideología rancia, para el rajoyismo que pierden el oremus y la gelocalización bendita. El rajoyismo va dando palos teológicos entre la xenofobia a los camareros y la destemplanza onírica. Meterse con los camareros es suicida. Es extraño que Rajoy no exija la mantilla. Una prenda de tanta solera y raigambre, y la desperdicia. El pijismo peperil no aprovecha los símbolos. El nuevo logo -ayer decían en Twittwe que parece un culo, en pompa- es de tebeo. Eso no hay quien se lo ponga en un pullover.
Hoy va a caer una tromba de agua que nos va a dejar los pantanos a rebosar. Se ponen tobas las nubes, casi a punto de gotear, cluecas de Expo, tobicas como edredones de plumas. Hala, a ver esas rogativas con champán aragonés, o cava, o lo que diga Europa.
El foco de insumisos y heterodoxos leridanos (en sentido estricto, herejes) quieren trampear las sentencias del Vaticano, pero están fuera de la ley. Son maniobras desesperadas, se ve que ya no se les ocurre nada. Ofrecen prestar aquello que no es suyo. Son los últimos coletazos absurdos de un litigio que ya ha terminado. No hay más opción que embalar bien esas piezas y echarlas al camión de mudanzas hacia Barbastro-Monzón, que a su vez tendrá que irlas devolviendo a sus iglesias de origen cuando el vecindario las reclame y arreglen las goteras. Quieras que no, que decía Escartín, esto va a acabar en el camión de las mudanzas. El capitoné bien acolchadico con la bandera de Aragón. Y los clérigos díscolos, en las mazmorras vaticanas, que son más confortables que Guantánamo -tienen hilo musical pero sólo Vivaldi y eso-, y con monos color butano, que se han estandarizado, como todo lo del Imperio. Esta monserga, de Lérida acabará en el capitoné. Habría que mandar ya unos camiones de mudanza a la puerta del museu y dejarlos con el motor en marcha, que el ralentí hace muchos nervios. Y los pilotos parpadeando con el amarillo vaticano. La mudanza la vamos a tener que pagar igual. Así que cuanto antes, mejor.
Mariano Gistaín
(El Periódico de Aragón, 15 de Febrero de 2008)
Miniatura 70 (José Ángel Barrueco)
¿Por qué a la gente le resulta más fácil dar la espalda
que tender la mano?
José Ángel Barrueco
Ilustración: Hombre de espaldas (Pablo Gargallo)
NOTICIAS DE MANUEL VILAS
Esta es la portada de la nueva novela del escritor aragonés Manuel Vilas, que dentro de unos días llegará a los estantes de las librerías. Manolo, además, es noticia porque acaba de obtener el premio de poesía Fray Luis de León. ¡Muchas, muchas felicidades!
Guinda (Félix Romeo)
Ángel Guinda es una persona extraordinaria. LLeva 25 años siendo extraordinario conmigo: desde que yo tenía 14 años y quería ser Rimbaud. Me abría su casa de Zaragoza, que me fascinaba, y me prestaba los libros de su biblioteca... Así devoré, sin entender del todo, buena parte de la poesía mundial. También devoré su poesía, ya ligada a Olifante: me ragaló "Vida ávida", dedicado con su letra picuda.
Ángel era generoso con los libros, pero sobre todo con su tiempo, capaz de gastarlo con un nadie como yo, y esa fue una gran lección, que sigo: si hay un amor o un amigo nada hay más importante.
Yo buscaba los libros que él daba por muertos. Libros como "La senda" o como "Las imploxiones". Eran pequeños tesoros, aunque para él fueran piedras en el riñón, que había que extirpar.
Me encanta la maravillosa risa de Ángel, que es la embajadora de sus ganas de vivir, de disfrutar y de celebrar el mundo. Una vez me contó, hablándome de sus campañas políticas, que en un pueblo le reprocharon que fuera en un deportivo, y él respondió: "quiero la riqueza para todos y no la pobreza para todos".
Con el tiempo he apreciado otras virtudes de Ángel, que entonces no entendía, como el entusiasmo y el trabajo.
Sé, cansado de soportar el cinismo social, y también de contribuir a veces a él, lo difícil que resulta ser entusiasta a partir de una edad. Su entusiasmo por la poesía es maravilloso. Su entuasiasmo por la educación es admirable. Entusiasmo que le ha convertido en el gran poeta que es, capaz de escribir un libro tan hermoso como "Claro Interior".
Ángel ha trabajado sin parar en sus poemas, en sus clases, en sus traducciones, en sus editoriales y en sus revistas. Muchas veces he tenido la sensación de que sus poemas estaban tallados. A la inspiración, sin duda, la ayuda constantemente con la dedicación.
En "Claro interior" todo viene de la vida. Es un libro desnudo que me emociona y que me pone los pelos de punta. Hace unos meses, Ángel nos dio un pequeño susto, porque su salud se desplomó: afortunaddamente, no fue más que un susto.
El susto, creo, le ha venido muy bien a su poesía, escrita para agarrarse a la vida, con el corazón y con las tripas y con una fuerza increíble. "Claro interior" es un libro bello y verdadero.
Félix Romeo (Publicado en Heraldo de Aragón, Domingo 13 de Enero de 2008)
Trozos de un álbum roto (Carlos Castán)
Hay unas cuantas fotografías que no puedo mirar. En la mayoría apenas me reconozco. Algunas están rotas o dobladas por las esquinas, otras parecen haber retenido mi imagen en un instante equivocado y me muestran con el fondo de otro siglo, otro país, otra historia. En general, identifico las camisas o las habitaciones, los paisajes y los rostros de quienes posaron a mi lado, con más facilidad que mi propia mirada, una mirada casi siempre alucinada, que da la sensación de querer, con todas sus fuerzas, salirse del papel, fisgar entre mis cosas y reconocerse en mis ojos.
Carlos Castán
(Fragmento de Trozos de un álbum roto, Museo de la Soledad, Tropo Editores, Zaragoza, 2007)
Escaparates 2 (Mariano Gistaín)
10 centímetros (Ángel Petisme)
No tienes línea de la fortuna le dijo una gitana a Corto Maltés.
La línea de la vida de mi mano izquierda, para mi mosqueo, sigue siendo muy corta, pero la de la fortuna o el destino me la han alargado 10 centímetros hacia las raíces, en sentido contrario. O sea que tengo al destino de kamikaze, agarrado al volante por una carretera blanca como mi piel. Quitarme los puntos y la escayola y llegarme las últimas galeradas de Demolición del arco iris, ha sido todo uno. El asunto de mi operación ha retrasado la salida del libro, que finalmente entra en imprenta el 10 de Diciembre, así que hasta Enero (ése si que es un mes cruel para la poesía) no llegará a las librerías. Y aquí estoy de nuevo escuchando a Elvis Costello, Micah P. Hinson, Moby, Jamie Cullum, mientras corrijo y releo escrupulosamente mis poemas. A veces me pongo la radiolina de Manu Chao. Welcome to Paradise. No puedo trabajar con canciones en castellano, pero Manu, políglota, también me acompaña y dibuja los colores, la sangre y la tristeza del arco iris. Es un defecto ser un perfeccionista en estos tiempos en que todo vale, lo sé, vuelvo a pelearme con las palabras y su secreta musicalidad. Busco el silencio con las luces de la mañana mientras mi perra aterriza su cabeza sobre mi vientre, le encanta el olor a pescado y antibiótico de las pomadas sobre mi muñeca. Busco de nuevo las grietas del lenguaje, los huecos entre las sílabas, el lugar donde las palabras respiran y nos emborrachan como los besos y las lágrimas de la primera vez.
Nunca había tenido una herida tan grande o tan pequeña por fuera. Sólo en el índice de mi mano izquierda conservo una cicatriz de cuando me corté con una navaja de mi padre, peleándome con un trozo de madera o de regaliz de palo (ahora no recuerdo).
No me dan miedo las cornadas, los hematomas y las llagas superficiales porque cierran. "Hay cosas que el tiempo no puede enmendar, aquellas que hieren muy dentro y dejan cicatriz" dice Elijah Wood en El Señor de los anillos. Esas heridas donde no da la luz sí que me preocupan, esos músculos de la memoria no conocen la gimnasia para combatir la atrofia rugosa que los devora.
Yo no sé si el alma pesa 21 gramos como dicen en la película de González Iñarritu, el peso que pierdes cuando palmas. De una cosa estoy seguro: que la distancia entre el sueño y la vigilia, entre el amor y el odio, entre el valor y el pánico, entre la fuerza y la fragilidad es de diez centímetros en mi vida.
10 centímetros es el trecho que nos separa de las cosas perdidas, del hombre o la mujer hermosa que nunca llegamos a besar bajo las estrellas y pudo cambiar nuestras líneas de la mano, de la copa de veneno o la caja de pastillas que nos tentó una madrugada de desesperanza. 10 centímetros de nada o de todo es lo que separa a un fascista de un revolucionario -ambos elegidos en las urnas-. Lo que miden las papeletas que depositamos en las vulvas-urna. 10 centímetros de tiempo lo que tardamos en arrepentirnos cuando se limpian el culo con los programas electorales una vez elegidos.
10 centímetros de hielo, nieve e indiferencia es la distancia que hay entre las personas que se acuerdan de ti cuando la enfermedad te acorrala y los "amigos" que sólo te llaman cuando las cosas van bien. 10 años luz de interés y de olvido. Pero hoy es el séptimo cumpleaños de Violeta del Teide, mi ahijada y me ha pedido que le regale en nochebuena, cuando nos veamos en Zaragoza, un saxo soprano, porque va a aprender a tocarlo. Te lo compraré de chocolate, mi princesa, con nubes de 10 centímetros de azúcar entre el do y el sol, entre el fa y el si, sí. Todas las notas en si bemol como el tono del teléfono cuando los seres queridos de verdad nos reclaman.
Ángel Petisme
Aloma Rodríguez (Nuevo Blog)
CUENTOS DEL DOMINGO: LAS BREVAS Y EL OTOÑO (Antón Castro)
Durante casi un mes he celebrado un rito: tras levantarme, acudía a la higuera y le arrebataba tres o cuatro brevas, verdes, dulces, de ese demorado sabor que se enriquece día a día bajo el sol de agosto. Las brevas eran el fruto dilecto de mi niñez. Me gustan las higueras porque son enrevesadas y sombrías, ofrecen refugio y olor, y bajo ellas he accedido a los primeros misterrios. El del amor, la contemplación de una noche lunada, una conversación ideal de complicidades y secretos mientras algo más allá sueñan las voces de familia. Ahora ya no quedan brevas en casa. O quedan pocas. Han vuelto las palomas, los perros ladran desesperadamente y han llegado las primeras lluvias torrenciales. Veo ahí la higuera, que es un árbol de poetas (de Alfonsina Storni, de Lorca, de Juan Ramón...), y percibo ya el primer vendaval que la azota. Ha entrado el otoño, se cuela con pequeños avisos y cambia la forma de vida. Ahora entramos en otra medida del tiempo y de la luz. Suena el bufido de los aviones, como siempre, y la ciudad vuelve a estar densa de tráfico, descubriendo de nuevo la ira de la lentitud. Zaragoza, tan acogedora y doméstica, ha cambiado. Cambia a cada hora. En circulación en bullicio, en ritmo. Zaragoza se asoma al umbral: desde ahora todo serán prisas, el sinvivir de los días, la urgencia de que todo esté alzado a la hora en punto. Zaragoza necesita una nueva política de comunicaciones, otra concepción del tráfico, más servicios públicos, un nuevo estadio... Cuando pienso en eso, miro la higuera: me relajan sus hojas y las últimas gotas de miel de septiembre.
Anton Castro
(Heraldo de Aragón, Domingo 23 de Septiembre de 2007)
Rentabilizar el polvo (Mariano Gistaín)
Se acabó el calor. Se acabó el verano. Esta ciercera cada año la recibimos peor. Tanto avisar con el cambio climático, tanto repetir el video de Al Gore en los colegios, cada octubre esperamos que llegue de una vez y el cierzo se retrase hasta Todos los Santos. Pero nada, se presenta con su furia habitual en una mañana cualquiera y nos cambia el ánimo. Nos pone de los nervios. Estudios inéditos de universidades semipúblicas e institutos de investigación semiprivados han descubierto que al llegar el cierzo el aragonés tiende a gritar más.
Todo esto afecta al cambio climático pero a corto plazo, que es el que interesa, afecta a la estabilidad emocional de la especie. Los esclavos recién llegados se vengan de los nativos -en su mayoría esclavos- poniendo a tope la radial de cortar baldosas. Las ciencias sólo avanzan para lo que quieren. ¿No podían inventar una baldosa menos terca? Si total, se rompen igual. Basta una raicilla de un árbol esmirriado para que pete el gránulo. ¿Y el láser? El rayo láser se ha quedado en nada, ha sido un bluf. Ni para cortar baldosas vale. Asi que llega el cierzo en plena crisis no comment, que son las peores. Las cifras se camuflan por aquí y porque no hay forma de descifrarla. Las baldosas no han mejorado nada desde los romanos. Bueno, y los baños tampoco. Las baldosas ejemplifican -vaya palabra- el fracaso de la ciencia aplicada, de la tecnología. A lo mejor en USA tienen baldosas guays, aparte de las de Boulevar de la Fama. Cuando llegue la Expo y sus oficinas, Zaragoza estará cubierta de polvo. (La Expo es una cosa de oficinas, ya se ha desvelado).
Habrá que sacar a concurso una contrata gigante de aspiradoras. A ver si lo vamos a dejar para el último día. Antes del 15 de mayo la ciudad ha de estar aspirada. Y todas las baldosas que queden por cortar, que se pongan de cualquier manera. Que el polvo de baldosa es muy persistente. ¿Y qué se va a hacer con todo ese polvo que se recogerá antes de la Expo? ¿Servirá para hacer luz? ¿Será como una especie de biomasa mágica que nos permitirá ahorrar gasógeno? Si el polvo lleva bastante plomo siempre podremos revenderlo a China. Hay que rentabilizar el polvo, que con las oficinas no llega.
Mariano Gistaín
-periodista y escritor-
(El Periódico de Aragón, 28 de Septiembre de 2007)
DARLE AL CIERZO (J.A. LABORDETA)
Cuando en mi tierra se levanta el aire del noroeste y arranca todo, arrebata con ira lo que encuentra a su paso y, desagarradas las nubes de la lluvia, nos deja el paisaje desértico de Los Monegros, todos los de la zona murmuramos por lo bajini al principio: "Ya está aquí el cierzo"; pero cuando lleva unos días atravesándonos la paciencia del tópico, cabreados decimos: "Ya se podía parar esta ciercera".
Nuestra ilusión con este aire es que se llevara de nuestros lares a todos aquellos que nos desestabilizan la paciencia y nos llevan a lugares comunes que nos gustaría que, junto con el polvo terrible de los caminos secarrales, se los llevara lejos, más allá de la mar Mediterránea, que no tiene la culpa de nada.
Con curiosidad esos aliñados petimetres de la polis, la banca, los negocios, los ocios encarecidos y la salvación de las almas están por todos los lados y se agarran a las esquinas de los edificios para que el aire se lleve tan sólo al mendigo de enfrente, a la niña pindonga, al estudiante despistado y a la mujerica que viene azacanada de su rosario de las seis. Mucha gente que se prregunta qué se puede hacer para que desaparezcan. Mi madrre, una mujer campesina, me decía: "Hijo, éstos han echado raíces de polo a polo". Y entonces piensas que la única fuerza capaz de moverlos, desestabilizarlos y que sientan un poco de temor, es convocar a esa ciercera brutal que en los días de enero baja de mala leche por el valle del Ebro. Aunque, visto lo cisto, sólo nos queda seguir dándole al cierzo hasta que el cuerpo aguante.
José Antonio Labordeta
(Público, 26 de Septiembre de 2007)
BLOG DE JOSÉ ANTONIO LABORDETA
Para soportar la vida... (E.M. Ciorán)
Para soportar la vida, hay que ser cínico o bobo. Cuando no se tiene la ventaja de ser cínico o bobo, la vida es una dura prueba a cada instante, una herida incurable.
E.M. Ciorán
(Cahiers, 1957-1972, Tusquets, Barcelona 2000)
El paso del tiempo (Antón Castro)
El paso del tiempo alivia cualquier malestar. Es el mejor bálsamo contra la negra sombra.
Antón Castro
(Fragmento extraido del relato "El jardín después de la lluvia", incluido en "Golpes de Mar", Destino, Barcelona, 2006)
Fragmento de "El aire que me espía" (Carlos Castán)
"Cuando todo el dolor del mundo caía sobre la tierra, yo estaba allí, justo allí debajo. Uno nunca sabe qué pasado le espera ni a partir de un hachazo inesperado quién va a tener que ser, quién ha sido, definitivamente, para el mundo y para sí mismo, ni cual será el recuerdo que le desvele hasta el final de sus días, cuando, como ahora, fuera de la memoria y del sueño nada suceda y todas las despedidas hayan quedado atrás..."
Carlos Castán (De El aire que me espía, IEA, Huesca 2005)
Todo el mundo opina (Jorge Barco)
Llevo un tiempo obsesionado con el agua. Y no tiene nada que ver con la Expo de Zaragoza, a la que no creo que vaya ni tengo, así aquí y ahora, ninguna gana. Zaragoza es una ciudad que no me gusta especialmente. Estuve hace uno o dos años, y la encontré un poco cascada. Se salva que son de allí los Violadores del Verso y Manuel Vilas, o mi querido Antonio Pérez Morte. Si no fuera por ellos, creo que nunca hablaría de Zaragoza, ni siquiera por esos caramelos de a kilo o por la virgen. Y mucho menos por el agua, claro, que últimamente me tiene obsesionado, pero es por otra cosa. A lo mejor influye que ya no fumo, que hoy es el séptimo día sin probar el áspero sabor a nicotina, y ahora me doy cuenta de que era infinitamente más feliz cuando fumaba. Y he sustituido el tabaco por agua, litros y litros de agua, además de chocolatinas, palmeras, bollos de chocolate, caramelos y más agua. Es la ansiedad, que me puede, porque el agua ha sido para mí siempre más alimento para lavavajillas que para humanos, un pobre sustitutivo de la Coca-Cola cuando no tenía de ésta a mano. Insípida, incolora... todos los IN que queráis salvo indolora, porque un chorro a buena presión o a alta temperatura puede prepararnos una avería de cuidado. Y es cierto que estoy obsesionado con el agua, pero con el agua fría, y a ser posible en botella. Hace poco aquí en Jerez hubo una avería enorme, que dejo al 80% de la población sin agua. Esa mañana me levanté, me di una larga y reconfortante ducha, dejé el grifo abierto mientras iba a la cocina, y paseaba por la casa con el rumor del agua siendo tragada. Al llegar al trabajo era la pregunta: "¿Tenías agua?". Y yo: "Pues sí ¿por?". Es extraña la sensación de poseer algo tan sencillo y a la vez valioso, que todo el mundo valora y sin lo que no podrían vivir; es extraño no darle siquiera importancia, cuando los demás están sufriendo por su ausencia. Lo mejor el agua, dijo Píndaro, algo que descubrí a través de González Iglesias. Y en ese momento debo reconocer que no creí mucho ni al uno ni al otro. Pero la gente cambia, y fijaos qué cosas, que llevo un tiempo, sin saber muy bien por qué, obsesionado con el agua.
Jorge Barco (Jerez, 8 de Mayo de 2007)