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CULTURA -TAMBIÉN EN SABIÑÁNIGO- : LA PARIENTE POBRE.

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Sabiñánigo 29 de Enero, Auditorio de la Colina, 12:19 horas. Un niño de diez años llega corriendo, en ayunas, (se le han pegado las sábanas), ilusionado y dispuesto a disfrutar de un concierto de cuerda pulsada.

Un minuto antes la taquillera (todavía quedaban localidades libres) ha cerrado.   El niño pregunta al portero y éste le exije el tiket de entrada que no lo lleva;  el  niño le cuenta lo sucedido, pero da igual.  El niño quiere darle el dinero al portero,  pero el portero no cobra,  el  portero  sólo recoge  el tiket de los adultos  que continúan llegando tarde. 

El portero recoge los tikets de aquellos que poco después abandonan la sala para fumar en el hall.  El niño no entiende que no le dejen pasar habiendo asientos libres y siendo un acto municipal. El niño quiere pagar, pero no... 

El niño llega a casa disgustado, el padre enfermo, también se disgusta y abandona la cama.   Vuelve de nuevo con el niño al auditorio: Ahora es el alcalde el que sale a fumar y el que se felicita a si mismo, en voz alta, por la asistencia  al local y por esta actividad que podrá contabilizar en sus activos al final de ejercicio. 

Los ciudadanos estamos entre dos frentes, el de aquellos que nunca apostaron por la cultura, porque es más fácil manejar a una sociedad analfabeta, y el de quienes utilizan  la  cultura  de  forma  arbitraria y sin preocuparse de los resultados,  para rentabilizar una labor política. No sé qué grupo de los dos me da menos grima.

30/01/2012 02:04. Autor: Antonio Pérez Morte #. Sociedad No hay comentarios. Comentar.

Despedida (Salvador Iborra)

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 Adiós pequeña y dulce amiga. De todas las cosas posibles,
 cuánta vida te pierdes y cuánta me dejas, cuánta vida,
 cuántas noches de cuerpos compartidos y de tiempo infinito,
 cuántas ciudades y libros para comentar y recorrer juntos,
 cuántas batallas para afrontarlas con una mano en la espalda,
 con un confío en ti, en el momento justo en qué tú no confías,
 ahora que ya no puedes conscientemente causar más dolor del que causas,
 ahora que por dentro estás hecha de sombras y restos de un sueño,
 ahora que dudas preocupada todavía de mi fuerza,
 con la luz apagada mientras camino sin sonreír,
 puedes recordarme y volver a esta página si de tanta
 soledad alguna noche tiemblas y sudas con la piel helada,
 y tienes miedo, ven a estos ojos que vuelven lentamente
 de la duda,  acuérdate  de mi corazón corsario,
 que quién tanto te  ha amado no puede dejar nunca de hacerlo,
 sin más pronóstico amenazante que el tiempo y la distancia.

 Salvador Iborra

 Traducción-Versión en castellano: Antonio Pérez Morte

21/01/2012 19:25. Autor: Antonio Pérez Morte #. Poetas No hay comentarios. Comentar.

ORIGAMI

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Aquí podéis adquirir los últimos ejemplares,
de la primera edición de:

"Escombros" 

Antonio Pérez Morte

con prólogo de José Ángel Barrueco

http://www.editorialorigami.com/tienda

 

21/01/2012 13:49. Autor: Antonio Pérez Morte #. Libros No hay comentarios. Comentar.

La autopista (David González)

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ya que tanto insistes
en que me lo corte
voy a explicarte
y será la primera
y última vez que lo haga
por qué llevo el pelo largo

llevo el pelo largo
porque el ejército estadounidense
ofrecía una recompensa
de dos dólares
por cada cabellera de indio
que se le entregara
y los que la cobraron
así como los soldados
y mandos superiores
del ejército estadounidense
llevaban el pelo corto
o muy corto

llevo el pelo largo
porque el ejército franquista
en la corrada de la casa en la que nací
le rapó la cabeza
a una de las mujeres de mi familia
cuyo hombre
acababa de ser fusilado
por negarse a defenestrar
niños de pecho republicanos
y los soldados que le raparon la cabeza
así como el resto de las tropas
y mandos superiores
del ejército franquista
incluido el puto francisco franco
llevaban el pelo corto
o muy corto

llevo el pelo largo
porque en el campo de concentración de mauthausen
los deportados españoles
como ramiro santisteban
el superviviente octogenario que me lo contó
a los deportados españoles
una vez a la semana
los sábados
les hacían lo que entre ellos se conocía
como
La Autopista
esto es
les rapaban el pelo al cero
desde la frente hacia atrás

la autopista

y más adelante
cuando hitler estaba perdiendo la guerra
con ese pelo
se forraban las botas de los soldados alemanes

con ese pelo

y todos esos soldados alemanes
como también los que los sábados colaboraban
en el mantenimiento de la autopista
juntos con sus respectivos mandos superiores
el hijo de la gran puta del fuhrer a la cabeza
y junto con el resto del pueblo alemán
llevaban el pelo corto
o muy corto

llevo el pelo largo
porque en la tercera galería
de la cárcel provincial de oviedo
la galería de los menores
los que mandaban en ella los kíes
en cierta ocasión me dijeron:

o te cortas el pelo tú
o te lo cortamos nosotros

y encendieron sus mecheros

y tanto ellos
como los funcionarios de prisiones
cuyo trabajo consistía precisamente
en evitar que se produjeran hechos como ése
llevaban el pelo corto
o muy corto

llevo el pelo largo por otra razón también:
muchas de las mujeres que conozco
me aseguran que con él así de largo
estoy mucho más guapo
y aparento muchos menos años de los que tengo

así que en vez de estar dándome la brasa a todas horas
con que a ver cuando voy a que me corten el pelo
mejor te callabas la puta boca eh
y te dejabas
crecer el tuyo.

David González  (ALGO QUE DECLARAR, BARTEBLY EDICIONES, 2007)

17/01/2012 15:14. Autor: Antonio Pérez Morte #. Poetas No hay comentarios. Comentar.

Insomnio (Jorge Espina)

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Hace un par de horas que he cenado.
No puedo dormir.
Abro el mueble de cocina y cojo una cucharilla.
Abro la nevera y cojo un yogurt desnatado,
Cierro.
Como el yogurt y abro la nevera.
Saco la mermelada y la unto en pan de molde.
Cierro la nevera.
Abro el congelador.
Lleno una tacita con helado de almendras.
Cierro el congelador, abro la nevera...
Esta tarde ha venido a visitarme.
No quiere que su madre la vea así.
Mil imágenes de su infancia amarradas a mi memoria.
Su voz llamándome desde la habitación de al lado.
-¡Papaaaá, quiero agua!
Yo levantándome de mi cama,
Yo caminando a oscuras por el pasillo,
Yo encendiendo la luz de la cocina,
Protegiéndome los ojos con el antebrazo.
-¡Papaaá, quiero pis!
Yo caminando con ella hacia el servicio,
Yo acompañándola de nuevo a la habitación,
Yo tapándola con las sábanas.
-¡Papaaá, teno hambre!
Yo entrando sigilosamente en su habitación:
-Duérmete mi vida que vas a despertar a mamá.-
Yo contándole un cuento,
Yo bostezando,
Yo quedándome dormido.
-¡Papá no te duermas porfa!
Yo sobresaltado,
Yo haciendo esfuerzos por no dormirme,
Yo terminando de contar el cuento,
Yo emocionándome al verla dormir como un angelito,
Yo secándome los ojos al salir de su habitación.
Inclinada sobre la taza del váter.
Su frente reposando en la palma de mi mano,
Expulsando mucosidades
Lágrimas,
Alcohol,
Palabras inconexas...
Vomítalo todo cariño,
También los recuerdos.
Le acerco una toalla.
Un vaso de agua para que se enjuague la boca,
Un beso en sus cabellos,
Una tímida caricia.
Cenamos juntos sin apenas dirigirnos la palabra,
Nos sentimos incómodos y extraños.
De no habérselo pedido
Se habría ido con su madre sin darme un beso.
Abro el mueble de cocina y cojo una cucharilla.
Abro la nevera y cojo un yogurt desnatado.
Cierro...
Tengo ganas de beber,
Ganas de orinar,
Ganas de comer,
Ganas de que me cuenten un cuento.
Bebo un Jack Daniel’s y me concentro en mi respiración.
Respiro de forma honda y pausada y me duermo.
Recordando
El increíble y maravilloso olor
De unos pañales sucios




"Reverdecer", de Jorge Espina. Baile del Sol, 2010.

16/01/2012 17:14. Autor: Antonio Pérez Morte #. Poetas No hay comentarios. Comentar.

Verano del 75 (Félix Romeo)

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Era el siglo pasado. El verano de 1975. El último julio de Francisco Franco y su último agosto. Yo tenía siete años. Dormía en un colchón, extendido en el suelo, en una de las habitaciones del piso de Castellón que mis padres y mis tíos habían alquilado para pasar juntos treinta días de vacaciones, en un edificio alto de un ensanche reciente. Era la primera vez que lo hacíamos y sería la última vez que lo haríamos. Castellón era un lugar extraño para veranear, no era como hacerlo en Salou o en Benidorm o en Sitges o en las Islas Canarias o en un pueblo del interior, en un país lleno de pueblos que habían ido quedándose vacíos. Éramos muchos en el piso, que era más grande que el piso en el que vivíamos en Zaragoza y que el piso en el que vivían mis tíos y mis primos en Aranda de Duero, y no había un lugar en el que se pudiera estar verdaderamente solo, ni siquiera en el baño, pero yo me sentía completamente solo entre tantos padres, madres, primos, hermanos, cuñados, sobrinos, hijos. El piso estaba lejos de la playa, junto a una plaza parque rodeada por unas palmeras muy altas y en la que por la noche, cuando huíamos a buscar la brisa, que a menudo no llegaba, atrapada en el laberinto de edificios, había vendedoras de altramuces, cuyo sabor, agua con sal, me gustaba. Las ventanas había que tenerlas cerradas para que no se llenara todo de arena y de moscas. Las persianas tenían que estar siempre bajadas para evitar que entrara el calor en el piso.

Plaza de toros de Castellón

Era de noche. Hacía calor. Los focos que iluminaban el ruedo añadían calor seco al calor húmedo de Castellón. El olor de los animales era muy intenso y sólido: se quedaba en el cerebro, agarrado con ganchos. Los tendidos estaban casi vacíos. Solo en la zona en la que estábamos sentados había algo más de público, pero disperso, sin forma. Se podía oír con claridad la respiración de los enanos cuando estiraban con fuerza la cola de un toro, que se movía con fatiga. Era un toro negro y flaco y viejo. Otro toro corneó al Bombero Torero, que empezó a sangrar abundantemente. Mi padre me dijo que no era sangre de verdad, que era una broma que formaba parte del espectáculo. Luego el Bombero Torero volvió a entrar en la arena, con un aparatoso vendaje en la mano, manchado de rojo, que no le impedía seguir dando pases con la muleta a otro toro igual de negro e igual de flaco que embestía cabeceando al aire. Eran los mismos lances taurinos que había dibujado Goya. Eran los mismos enanos que había pintado Velázquez, y seguían ahí, como entonces, y es posible que fueran descendientes de aquellos bufones, Sebastián de Morra, el de la perilla, Juan Calabazas, apodado Calabacillas, el de la mirada estrábica, moviéndose para hacer reír a sus espectadores: ya no hacían reír a los reyes y a la corte española, porque ya no había reyes ni corte, pero seguían intentando hacer reír a una clase media que estaba de estreno, asombrada de la distancia que habían logrado poner entre sus padres y ellos, entre los terrones y los trajes. Dos enanos se subieron encima de un toro y caminaron por su lomo, imitando los gestos de un equilibrista sobre el alambre. El toro no se movió en ningún momento, como si estuviera disecado, pero volvió a los corrales trotando, con un paso distinguido, diferente al de los otros animales. Mi padre y mi madre se reían con el Bombero Torero y con sus enanos, pero yo no conseguía reírme con las volteretas y con los revolcones. No me sentía bien por ello, me molestaba no entender el espectáculo y me parecía que esa incomprensión estaba empezando a fabricar un camino que me alejaba de la vida de los otros. Los enanos iban vestidos con minúsculos trajes de torear, cuyos dorados brillaban cuando los focos les iluminaban. Años después, vi en casa de mi amigo Ángel Golet Peg docenas de maniquíes con trajes de torear: su padre era mozo de espadas y ganaba un dinero extra alquilando trajes de torear a los chavales que soñaban con ser toreros, y que escasísimas veces llegaban a tomar la alternativa. Al acercarme a los maniquíes, vi los costurones zurcidos y las abundantes manchas de sangre, ya desleídas, sobre las chaquetillas rosas y azules. La sangre se resiste al agua y al jabón. Los enanos se inclinaban hacia adelante y se quitaban las monteras y las lanzaban al aire y las recogían con cabriolas. El olor de los animales, más caliente y más sólido conforme la noche avanzaba, se enganchaba cada vez con más fuerza en mi cerebro y no sabía cómo sacarlo de allí. Los animales formaban parte de la compañía del Bombero Torero, y aquí me gustaría ahora anotar sus nombres, como si hubiera llegado a saberlos alguna vez. Los enanos se marcharon del ruedo en un camión de bomberos de miniatura, mientras hacían sonar con fuerza unas campanas. Aplaudimos. Las luces que iluminaban la arena se apagaron.

Avenida del Mar de Castellón

Entre nuestro piso y la playa del Grao había varios kilómetros de separación, pero algunas mañanas los recorríamos caminando, siguiendo la Avenida del Mar durante más de una hora. Atravesábamos el centro de Castellón y luego avanzábamos por zonas industriales, con talleres mecánicos y naves industriales, y aun pequeñas zonas agrarias, que habían quedado encerradas, sembradas de verduras sucias, y antes de llegar a la arena entrábamos en el barrio de pescadores del Grao, construido con casas pequeñas y apiñadas, que tenían sillas bajas de enea en las puertas.

Museo de Ciencias Naturales el Carmen de Onda

Era una construcción anexa a un convento, donde todavía vivían unos monjes, aunque no se notaba su presencia. Había varias salas en las que se amontonaban vitrinas acristaladas: con fósiles, con mariposas, cientos de mariposas, con serpientes, con insectos, con huesos que componían esqueletos incompletos, con animales disecados, como los de los escaparates de las tiendas de taxidermia, pero las salas del Museo de Ciencias Naturales el Carmen no tenían el olor químico que salía de las tiendas de taxidermia, con animales hechos de papel maché o de algún otro material ligero y que no guardaban ninguna proporcionalidad con su verdadero tamaño. Algunas de las vitrinas eran grandes diaporamas y representaban a los animales en su hábitat: reproducían una escena apacible de su vida en la naturaleza. Me quedé fascinado por uno de los animales, que no estaba en una vitrina sino en una campana de cristal, quizá porque era imposible recrear en un diaporama una escena pastoril que nunca se había producido, situada en una estantería muy alta que resultaba difícil de ver: un cordero completamente blanco, de una lana rígida, que tenía dos cabezas, las dos con cuello. Además de disecado, el animal, o los animales, porque no compartían el cerebro, parecía haber sido reducido con la técnica que los jíbaros utilizan para reducir cabezas humanas. Una de las cabezas del cordero miraba hacia la derecha y otra de las cabezas miraba hacia la izquierda, pero esa simetría, que quitaba realismo a la anomalía cierta de la mutación natural, parecía habérsela dado el taxidermista jíbaro. ¿Habrían nacido también niños con dos cabezas? ¿Se dejaba que vivieran? ¿Lograban vivir durante mucho tiempo? ¿Necesitaban comer las dos cabezas? ¿Sería una cabeza la de una hembra y la otra cabeza la de un macho?

Manicomio de Jesús de Valencia

Mi padre y mi madre iban a Valencia a ver a una prima de mi padre, Marieta, que estaba ingresada en un centro psiquiátrico, desde poco después de la Guerra Civil, que era la medida del tiempo todavía entonces. Mi madre había nacido durante la guerra y su primera fotografía fue tomada en el frente, probablemente en Guadalajara, donde mi abuelo luchaba en el ejército de los sublevados. Mi madre decía “como llegue una guerra sabrás lo que es bueno”. Mi madre hablaba del miedo que causaban los maquis y de los secuestros exprés que realizaban. No sabía nada de Marieta, pero les propuse sumarme a la visita, y mis padres accedieron a que fuera con ellos. ¿Van hoy los niños de siete años a los manicomios? ¿Hay todavía manicomios? ¿Hay locos que ingresen en un manicomio y ya no vuelvan a salir jamás? En el asiento trasero del coche, un Renault 6 blanco, me pegué a la ventanilla, que estaba subida para evitar que entrara el calor, y miré el paisaje durante todo el trayecto. Los árboles y los pueblos que cruzábamos y las lomas y el cielo y los coches descapotables, dos, uno, con matrícula extranjera, conducido por una mujer, y, a veces, algún pájaro que se movía rápidamente para tratar de espantar el hambre. Marieta se alegró mucho de vernos. Su sonrisa era enorme y no guardaba en ella nada oscuro. Mis padres habían hecho su viaje de bodas a Valencia en 1958, y desde entonces, diecisiete años antes, no se habían vuelto a ver, pero para ella el tiempo no seguía la misma dirección que para nosotros. Estábamos en el jardín del manicomio, que se llamaba de Jesús, sentados ellos tres en un banco de piedra, junto a un seto verde, y yo de pie, y hablábamos como si no hubiera una frontera entre Marieta y nosotros. Marieta, lo supe muchos años más tarde, había tenido una vida en este lado en el que ella ahora ya no estaba y en el que ella no volvería a estar jamás, y había viajado y se había enamorado y se había casado y en un grave problema económico, quizá relacionado con el almacenamiento ilícito de productos en la posguerra o con el estraperlo que había terminado en juicios y cárcel, y es posible que todavía estuviera cumpliendo su condena en ese manicomio de Valencia, había estado en el origen de su enajenación. No vi a otros locos en el manicomio de Jesús, ni en el jardín ni asomados a las ventanas. No vi locos hasta veinte años después, todavía en el siglo pasado, en el manicomio de Mondragón, adonde fuimos con un equipo de televisión para grabar una entrevista a Leopoldo María Panero: cientos de locos que caminaban por un patio no muy grande y atestado, locos con la mirada perdida, desaseados, todos hombres, alcohólicos, solteros, según me dijeron, vestidos con trajes oscuros y que se acercaban a tocarme para comprobar que no era una imagen que existiera solamente en su cabeza y que al comprobarlo se quedaban durante un instante a mi lado esperando algo que yo ignoraba y al no obtenerlo volvían a caminar recuperando la dirección trazada con anterioridad. También nos sentamos en un banco con Leopoldo María Panero, que solo quería fumar, un cigarrillo tras otro, y beber Pepsi-Colas, como el loco investigador de las novelas policiacas de Eduardo Mendoza, y no quería responder preguntas, si acaso recitar sus poemas llenos de sapos: “Tengo cinco poemas / escritos contra mí mismo / contra mi máscara y deseo / de ser verdad, como la muerte, / como el sapo obsceno de la muerte / que escupe aún un tardío poema / un poema ya para nadie / la imagen del lector contra / treinta monedas”. Marieta preguntaba a mi padre y a mi madre por personas que habían muerto mucho tiempo atrás. Mi padre y mi madre le respondían diciendo que esos muertos estaban muy bien, e inventaban la prolongación de sus vidas fantasmas. A mí me confundía Marieta con un primo suyo, con el que había estado muy ligada de niña, que también había muerto, y me hablaba de un río en el que yo no había estado pero del que notaba el contacto con sus aguas en mis pies. Yo no le llevé la contraria, movía la cabeza asintiendo. Josep Carles Laínez vivía en el barrio del manicomio de Jesús de Valencia y ha escrito que “a los locos los dejaban salir muy de vez en cuando, y pululaban por el barrio”. ¿Si hay ahora manicomios y si hay locos en ellos, los dejan salir por las calles? ¿Hay niños que los miran? Marieta me acarició la cara y quiso darme un caramelo, se rebuscó en los bolsillos de la chaqueta de algodón fino que llevaba, pero no tenía caramelos, y de repente perdió el interés en nosotros, dejó de hablar, se levantó y se dirigió hacia una puerta, donde la esperaba una monja, que la envolvió en sus brazos como si se tratara de un animal herido. Levantamos las manos para despedirnos. Salimos, cruzando una puerta de hierro. Pregunté a mi padre por todos los muertos que habían resucitado y fue mi madre la que me respondió. Me habló de la necesidad ocasional de la mentira y de sus beneficios. Sin embargo, yo, de momento, no tenía que practicarla: yo tenía que seguir diciendo siempre la verdad. Siempre. Anocheció mientras regresábamos a Castellón, muy despacio, en una carretera llena de camiones. Cuando mi padre aparcó el coche cerca de la gran plaza parque en la que estaba nuestro piso, mi madre me despertó sin violencia, como tantas veces hacía para que yo fuera al colegio, diciendo en un susurro mi nombre: Félix, Félix.

Lonja de pescado del Grao de Castellón

El suelo mojado y continuamente remojado por unos operarios que llevaban una larga manguera y botas altas de goma verde. El olor a pescado suspendido en el aire y el olor a sangre fresca de pescado suspendido en el aire. Las cajas llenas de sardinas. Los pulpos. Los atunes. Los vendedores subastando los lotes. Uno de ellos me pidió que me acercara. Llevaba un delantal de rayas horizontales negras y verdes. Cuando llegué, cogió mi brazo, como si fuera un ventrílocuo y yo su muñeco, e hizo que mi mano acariciara el lomo de un pescado, siguiendo solo una dirección. Diles que es más suave que la seda, me dijo. Y yo, que todavía no podía mentir, pero que todavía no reconozco el tacto de la seda, decido decir mi primera mentira benéfica y digo que sí. La gente se rió. El vendedor cogió el pescado y me lo entregó. Lo cogí por la cola y cuando regresé al lugar en el que me esperaba mi padre, me dijo, mientras se sonreía: la pesca ha sido tan buena que ha merecido la pena madrugar. Por la noche, después de volver de la playa, mi madre preparó el pescado y me lo sirvió entero en un plato para mí. Tenía muchas espinas: algunas se me clavaron en la boca.

Desierto de Las Palmas, Benicàssim

La distancia entre Castellón y el Desierto de Las Palmas, junto a Benicàssim, es de poco más de diez kilómetros, pero parecía que lleváramos horas en el coche. ¿Éramos también nosotros figuras dentro de un diaporama? ¿Éramos una representación de la vida y no la propia vida? Cuando nos estábamos acercando vimos humo que se elevaba hacia el cielo, que estaba gris, la razón por la que habíamos cambiado el día de playa por la excursión pedagógica, y cuando nos estábamos acercando todavía más vimos las llamas y vimos cómo ardían las copas de los árboles. Cuando empezábamos a alejarnos el olor y el calor del incendio entraron en el coche. Mi madre sacó de su bolso un bote de plástico rosa lleno de colonia, empapó su pañuelo y me lo dio para que me lo pusiera cerca de la cara. Cuando estábamos más lejos, el pañuelo apretado en mi nariz, me giré completamente para mirar el fuego a través del cristal trasero del Renault 6 blanco. El humo iba ganando espacio y consistencia en el cielo. Las llamas eran de un naranja intenso.

Félix Romeo (Letras Libres, Julio de 2011)

15/01/2012 00:10. Autor: Antonio Pérez Morte #. Escritores No hay comentarios. Comentar.

Índigo (Pablo Guerrero)

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                                 Para José Antonio Labordeta

 

Siento un poema, el que voy a escribir.
Miro un cuadro. Paso, despacio, sus hojas.

Acaricio un rostro, tersura de la arena.

Una ribera de astros entre jirones rojos.
Está al llegar la noche.

Pero aún en la calle vemos lo que tanto perdura,
gente desconocida que respira luz blanca,
el índigo veloz de las auroras vivas.

 

Pablo Guerrero

14/01/2012 23:21. Autor: Antonio Pérez Morte #. Poetas No hay comentarios. Comentar.

POEMA PARA TENER CASTILLA (Joan Gonper)

Nadie recuerda nada;

una voz un instante

en medio de la tierra.

 

Joan Gonper (de Teoría de la Presencia Celya, Salamanca, Septiembre de 2004)

 

14/01/2012 18:43. Autor: Antonio Pérez Morte #. Poetas No hay comentarios. Comentar.

Los inmortales (Manuel Vilas)

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No me llames Miguel, llámame Saavedra, mi segundo apellido, es el que uso desde hace unos cuan­tos años, demasiados años, me gusta mucho Saavedra, pero aún me gusta más SA a secas, llámame SA, y cuan­do lo escribas, pon la «a» con mayúscula para que no se confunda con el pronombre «se», tan frecuente en el español; ese «se» que, por otro lado, vuelve locos a los gramáticos porque tiene usos variopintos y oscuros; me cae bien ese «se», tan español, y en el fondo tan brutalmente latino; es increíble la cantidad de funcio­nes gramaticales que tiene encomendadas ese pronom­bre «se»; yo diría que es la palabra más enigmática del español; me gusta cuando aparece con valor reflexivo, pero también en las llamadas pasivas con «se», donde ya no hace de pronombre, y también en las impersona­les del tipo «En España se bebe mucho», donde tam­poco es pronombre. Nadie sabe muy bien qué es o en qué se convierte cuando no hace de pronombre, una especie de criatura gramatical enigmática y maligna. Es fascinante. El «se» es una criatura mutante. Por eso, llá­mame SA, y la «a» con mayúscula, una buena A, gran­de y firme, para que no haya colisión con esa superpa­labra. El español es una lengua inventada por el Diablo. Todos somos seres inventados por el Diablo, o por Dios, y su mismísimo hijo Jesucristo, da lo mismo.


MANUEL VILAS, Los Inmortales   -fragmento- , Alfaguara 2012, págs. 16-17.
11/01/2012 12:19. Autor: Antonio Pérez Morte #. Libros No hay comentarios. Comentar.

Fingir el sueño (José Ángel Barrueco)

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leía mucho por las noches
como ahora, como siempre

al oir el portazo de mi padre
tras regresar a casa del trabajo,
cerraba el libro, apagaba la luz y fingía el sueño

unos minutos después sentía
el movimiento de la manija de la puerta
una mano giraba el pomo:
despacio
muy despacio
en silencio casi absoluto

abría un ojo y notaba la luz filtrándose
en el cuarto desde el exterior

en la rendija entre la puerta y la jamba
asomaba su cara como una aparición fantasmagórica

¿estás dormido?

pero yo no contestaba
fingía un sueño profundo
aguantaba la respiración

alguna vez respondí,
y eso supuso varas horas
de monólogo o, lo que era peor,
alguna bronca, algún desahogo
sobre su trabajo, su madre o la mía
y los disgustos que le daban

en la distancia,
ahora veo que
no hay nada
tan triste en la noche
como un hijo fingiendo
su sueño para no hablar con su padre.

 

JOSÉ ÁNGEL BARRUECO

(Incluido en el poemario inédito Le aplastaré con mis versos)

05/01/2012 01:29. Autor: Antonio Pérez Morte #. Escritores No hay comentarios. Comentar.

Un sueño martillea (Ángel Guinda)

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UN SUEÑO MARTILLEA  la red de mis neuronas: un niño cruza el mundo con un féretro al hombro, y ese niño soy yo.

Ángel Guinda

(Espectral,  Ediciones Olifante, Zaragoza 2011) 

 

 

 

 

 

05/01/2012 01:26. Autor: Antonio Pérez Morte #. Poetas No hay comentarios. Comentar.

¿e agora, quê? (antonio pérez morte)

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¿e agora quê, leitor?
sós tu e eu,
desconhecidos.
unidos por um livro
no qual não sei que procuras,
no qual eu ando perdido.

 

-antonio pérez morte-
(¿y ahora, qué?, trad. menino mau)

13/12/2011 00:56. Autor: Antonio Pérez Morte #. Poemas propios No hay comentarios. Comentar.

¿No me recuerdas? (Jorge Barco)

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Acaso haya cambiado en estos años
tanto que ni yo me reconozca.
No sé,
tal vez fue un sueño ayer el conocerte,
que habláramos bajo la lluvia del otoño,
sentir mi corazón cómo latía,
oír tu nombre y no querer saber tus años...
Hoy la ropa ya te queda estrecha, a la altura 
del pecho, y los niños hacen cola
para hablarte. Acaso haya cambiado
en estos años tanto que ni yo mismo
me reconozca, pero he llegado lleno
de recuerdos, de lo que no pudo ser,
de todo aquello; y por mi corte de pelo,
la barba, la poca luz del disco-pub o
el ciego que traías, por algo, no me has reconocido.

Tu prima se acerca y dice: perdónala,
está un poco borracha.
Y yo pido otro whisky para intentar
olvidarte.

                                    (JORGE BARCO)

12/12/2011 21:51. Autor: Antonio Pérez Morte #. Poetas No hay comentarios. Comentar.


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